Serie Siempre: Colección completa 7. Lucía
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7. Lucía

Lucía

No debería sorprenderme que todo el mundo quiera saludarme ahora que he vuelto a vivir aquí, pero me satura un poco no poder dar ni dos pasos dentro del pabellón sin explicarle a alguien que he conseguido una plaza en el colegio, una fija, por lo que he vuelto para quedarme.

Cuando Alba, que está concentrada en el final del partido que se está disputando en este momento, se percata de que he llegado, me abraza y me tiende un cucurucho de pipas.

—¿Adri permite comer pipas en las gradas? —pregunto incrédula—. Aún recuerdo la bronca de Cristóbal el día que nos pilló haciéndolo. De hecho, creo que fue viendo un partido tuyo.

—¡Claro! Siempre que lo hagas con esto —contesta riendo, me tiende una papelera pequeña con el logo del equipo y se coloca otra igual entre las piernas—. Pero ve con cuidado, porque hizo pocas y están cotizadas. Como te descuides, te la roban.

—¿Echas de menos jugar o con entrenar a las niñas tienes suficiente?

—la interrogo después de que me ignore durante cinco minutos para observar el ir y venir del campo.

Adri no está, pero imagino que se estará cambiando para su partido.

Me hubiera gustado verlo con el traje de presi , o puede que sea de los que van en chándal.

Cristóbal llevaba uno de cuando jugaba que estaba tan gastado que no servía ni para donarlo, pero nadie consiguió que lo cambiase, ni siquiera la amenaza de divorcio de su mujer.

—Sí, lo echo muchísimo de menos —suelta Alba de forma rotunda, sacándome de mis pensamientos—. No pasa nada, este año no podrá ser —sentencia de forma enigmática y alzo una ceja interrogante, pero me ignora. Cuando creo que no va a añadir nada más, susurra—: Estoy embarazada.

Controlo un grito de júbilo y los ojos se me llenan de lágrimas por la emoción, ¡voy a ser tita!

La abrazo fuerte y acabamos las dos llorando en silencio y haciendo muecas de alegría sin emitir ni un solo sonido.

Muevo las piernas, evitando dar golpes en el suelo para no llamar la atención del resto de espectadores, y vuelvo a abrazarla cuando me tranquilizo.

—Estoy muy feliz por vosotros —le aseguro cuando consigo controlarme.

—Tu hermano aún no lo sabe. —La miro extrañada, eso no es propio de ellos—. Tuve un falso positivo en julio, a los pocos días de hacerme el test me bajó la regla y nos llevamos un chasco importante. Llevamos desde el verano pasado intentándolo, esta vez quería asegurarme antes de decirle nada.

—Claro —admito con una sonrisa—. Y ¿cuándo piensas decírselo?

—He reservado una habitación en El Puerto de Santa María para el fin de semana que viene y lo llevaré al restaurante donde nos conocimos. Allí se lo diré.

—¡Qué romántico! —exagero un poco el tono para que suene lo más cursi posible, como siempre que intento meterme con ellos por lo empalagosos que son, aunque solo sea un intento de camuflar la envidia que les tengo.

—Anda, calla, que ya salen —me interrumpe Alba y me centro en la salida de los vestuarios.

Adri sale junto a mi hermano, que le está explicando algo que no debe importarle mucho, pues tiene la vista clavada en mí.

Alza su mano a modo de saludo y le devuelvo el gesto.

Abro el bolso y le enseño su sudadera, lo que provoca que se ría y Marcos se dé cuenta de que lo está ignorando.

Sigue la mirada de su amigo hasta nosotras y niega con la cabeza, pero no le dice nada, como normalmente haría. Esto es nuevo.

Marcos se acerca a Alba para tener una pequeña conversación llena de carantoñas y monerías que son la envidia de las mujeres de otros jugadores y de las que no tenemos pareja.

Adri me mira y rueda los ojos señalándolos mientras finjo que mis dedos son una pistola y me vuelo los sesos para acabar los dos riendo.

Maite se deja caer a mi lado y la miro atónita, nunca jamás ha venido a ver ningún partido: ni mío, ni de sus hermanos, ni de su ex, por mucho que todos se lo pidiéramos en su momento.

¿Qué pinta aquí? Se encoge de hombros y se centra en el campo, lo que me dice que no piensa dar ninguna explicación.

El partido empieza y, con él, los ruidos típicos que me transportan a mi niñez: los tenis chirriando en el suelo, los gritos de los entrenadores y jugadores, los aplausos de ánimo, los pitidos del árbitro…

Tan concentrada estaba que mis ojos han viajado solos al banquillo, donde el objeto de mis deseos desde niña está sentado, con la mirada fija en sus compañeros.

Su pelo moreno, mal peinado hacia atrás con los dedos, su barba de una semana y sus ojos casi negros me atraen como la luz a las polillas, aunque si fuera hacia él estoy segura de que moriría quemada.

Se humedece los labios con la lengua justo antes de silbar y me pierdo en esa boca que tantas veces ha recorrido mi cuerpo en sueños.

Sigo sus movimientos cuando entra a jugar y empieza a correr y fintar, consiguiendo un pase de gol.

La grada celebra el punto a favor y Adri me mira, por lo que me pilla en mi peculiar obsesión por él.

En lugar de molestarse, me guiña el ojo y me sonríe justo antes de concentrarse en el partido de nuevo.

Me encanta observarlo moverse, se nota que está en buena forma, pero es en el momento en que levanta su camiseta para limpiarse el sudor cuando me quedo sin aliento.

Tiene un cuerpo fibrado, sin exceso, pero en el que se marca una tableta bien definida que recorrería con mi lengua trazando cada hendidura.

Lo tumbaría en mi cama, quizá hasta lo ataría al cabecero para que se estuviera quieto, sin camiseta y con esos pantalones de deporte que me vuelven loca.

Lo besaría lentamente, hundiendo mis manos en ese pelo que no para de intentar alejar de su frente, para bajar despacio por su cuello, donde le daría ligeros mordiscos que le provocarían pequeños jadeos.

Seguiría recorriendo su cuerpo con mi lengua, por sus pectorales y abdominales hasta llegar a la cinturilla del pantalón para volver a subir, y suspiraría frustrado sin poder moverse por las ataduras.

Volvería a besarlo con pasión y desataría sus manos para sentirlas en mi nuca y en mi culo, atrayéndome hacia él para salvar la poca distancia que habría entre nosotros.

Metería la mano por dentro del pantalón y los calzoncillos para alcanzar…

—¡Piii!

—¡Se acabó! —celebra Maite sacándome totalmente de mis pensamientos y empiezo a abanicarme como si no hubiera un mañana.

—La primera parte —le recuerda Alba riendo y mi amiga hace un puchero—. ¿Os apetece tomar algo?

—Me apunto —contesta mi amiga levantándose y las sigo cuando emprenden el camino hacia el bar.

Echo un último vistazo al campo, que me regala una visión del culo de Adri entrando a la zona de los vestuarios. Como siga viniendo a verlos jugar, voy a morir de una combustión espontánea. Lástima que mi imaginación sea a lo máximo que puedo aspirar con él.