6. Adri
Adri
¡Odio a Marcos! Soy consciente de que quiere proteger a su hermana, pero pegándose como una lapa a su culo solo va a conseguir que corra hacia el otro lado.
Además, cada vez que intentaba acercarme notaba su mirada reprobatoria y, a la tercera vez que me ha mirado así, he decidido desistir.
Ahora, en cuanto he perdido su coche de vista, he dado media vuelta con la esperanza de encontrarla de camino a casa.
Soy un cabrón con suerte, porque la tengo sentada justo a mi lado. ¡Chúpate esa, Marcos!
La canción de Girasoles, de ERRE, empieza a sonar por los altavoces y Lucía sube el volumen mientras tamborilea con los dedos en su pierna.
La tensión que había hace un momento cuando mi prima se ha bajado se disipa y llegamos a la puerta de su casa entre los acordes de la canción.
Aparco el coche, apago el motor y espero a que se acabe la canción para hablar.
—¿Lo has pasado bien esta noche? —pregunto girándome para tenerla de frente.
—Sí, pero la próxima vez podrías venir sin mi hermano —demanda haciendo el mismo movimiento para encararme—. No se ha separado de mí en toda la noche.
—Lo he notado.
—No tengo dieciséis años, Adri —suplica—. No necesito que os peguéis con nadie por mí. Tampoco lo necesitaba entonces.
—Dale unos días —le pido poniéndole un mechón rebelde detrás de la oreja—. Cuando le he dicho dónde estabas se ha asustado de verdad. No puede evitar querer protegerte, aunque hayan pasado los años.
—Ya no me afecta lo que opine o diga la gente sobre mí —promete—. Me acepto y me quiero como soy, y ningún insulto va a cambiarlo.
—Me encanta escuchar eso. —Una sonrisa tímida asoma en su boca y le respondo con otra—. Deberías ir a dormir ya.
—Lo sé, pero me da pereza salir. —Suspira y hace una mueca—. He vuelto a dejarme la chaqueta en casa.
—No pienso dormir en el coche, así que si no sales pronto te llevo a mi casa —amenazo, aunque mi maltrecho corazón da un vuelco ante esa idea.
—Estoy segura de que has hecho cosas peores en el coche —suelta y se tapa la cara llena de vergüenza—. ¡Perdón!
—No pidas perdón, tienes razón. ¿Quieres que te las enseñe? —le digo con una sonrisa de medio lado que provoca que se sonroje aún más, y eso que no creía que fuera posible—. Espera.
Paso medio cuerpo entre los asientos ante su mirada curiosa y cojo la mochila de deporte que me he preparado antes para el partido de mañana. Saco una sudadera y se la tiendo. Me sonríe y se la pone, metiendo las manos en el bolsillo delantero.
—Bonita forma de echarme del coche —bromea, aunque no hace ningún movimiento que me indique que vaya a bajarse.
—Me la puedes devolver si quieres.
—¡Ja! Que te lo has creído, esta sudadera ya tiene nueva dueña.
—Y ¿te acordarás de cogerla o te la seguirás dejando en casa?
—me burlo y me saca la lengua—. Si vuelves a hacer eso te demostraré qué más cosas he hecho en el coche —sentencio y se sonroja, aunque percibo un pequeño movimiento en la comisura de sus labios que me indica que le ha gustado la idea. O igual lo que noto son mis ganas.
—¿Cuándo tenéis el siguiente partido? —pregunta cambiando totalmente de tema.
—Mañana, a las siete. ¿Te… —Carraspeo y reformulo la pregunta para disimular mi deseo de volver a verla mañana—. ¿Vas a venir o solo tuvimos el honor de verte en el primer partido?
—Me encantará volver a verte con pantalón corto —bromea—. No he vuelto a ir porque no me daba la vida. Por cierto, gran idea lo de hacer abanicos.
—Gracias —susurro ante su mirada de admiración—. Para este invierno he encargado unas mantas.
—Tu madre lo agradecerá —dice riendo—. Aún recuerdo su cara cuando Cristóbal le ofreció aquella sudadera tan fea el día que se quejó del frío.
—El pobre hacía lo que podía con lo que tenía —justifico.
—Tú también —espeta seria—, y mira todo lo que estás haciendo. Solo cuando sacas la cabeza del culo puedes ver otras realidades.
—Eso es bastante difícil de hacer y más cuando crees que todo funciona bien y no hay nada que cambiar.
—Lo sé —murmura bajando la vista y aprovecho que el gesto ha soltado el mechón de pelo rebelde para volvérselo a colocar rozando su mejilla. Un temblor por su parte me indica que la sudadera no le ha quitado el frío.
—Venga, a dormir. Mañana hay que madrugar.
—No juegas hasta las siete de la tarde, te da tiempo a dormir y descansar —se queja acomodándose en el asiento como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Me gusta ver que ella tiene tan pocas ganas de irse como yo de que lo haga.
—Soy el presi , tengo que estar a las diez de la mañana allí.
—¡Hala!
—Y tengo suerte de que no sea a las ocho.
—Entonces me voy —claudica incorporándose y se acerca a mí para darme un beso en la mejilla—. Buenas noches, Adri. Nos vemos mañana.
—Buenas noches, Lucía.
Sale del coche y va hacia su portal rebuscando en el bolso.
Una vez abre la puerta, se gira para despedirse con la mano.
Cuando la puerta se ha cerrado del todo arranco y me voy a casa.
Me gustaba mucho más la idea de que viniera conmigo, pero es algo que solo podré imaginar, como todo lo relacionado con ella.
Estoy medio dormido en el sofá que tengo en el despacho cuando llaman a la puerta y la cabeza de Marcos asoma. Suelta una carcajada nada más verme y se deja caer en uno de los sillones que tengo delante.
—No tenemos edad para salir —se justifica cogiendo una botella de agua de la mesa baja que hay frente a mí y bebiéndose la mitad.
—Habla por ti —me defiendo incorporándome y cogiendo otra botella—. Yo llevo aquí desde las diez, tengo derecho a descansar un rato.
—Claro, porque tu cansancio no tiene nada que ver con nuestra salida de anoche. Y supongo que también quieres que crea que tu insistencia por ir a La Pérgola no tiene nada que ver con mi hermana, ¿no?
—¿Qué insistencia? Solo dije que iba a ir porque mi prima me había invitado, que había salido con tu hermana, y tú te acoplaste. Por cierto, como sigas jugando a ser su guardaespaldas te va a mandar a la mierda muy rápido. Aunque supongo que no te estoy diciendo nada nuevo.
—Lo sé, pero no puedo evitarlo. ¿Viste las miradas lascivas que le lanzaban algunos?
—Vi muchas más que tú, te lo aseguro —le explico—. Pero tu hermana está muy buena, es normal que levante pasiones allá donde va. No creo que sea por su condición de bisexual, no te preocupes. Y si lo es, ¿qué más da? Lucía ya puede librar sus propias batallas.
—No me gusta que hables así de ella.
—¿Así cómo? ¿Que sabe luchar sola?
—No, que está muy buena. —Ruedo los ojos—. No hagas eso, mi hermana es intocable.
—Marcos, mírame —le pido y, cuando lo hace, prosigo—: Tu hermana y yo nunca tendremos nada, solo somos amigos y te agradecería que dejases de mirarme como si fuera un ogro cada vez que me acerco.
Sé lo que es volver aquí después de tanto tiempo fuera y, aunque aún no lo sepa, va a necesitar ayuda también con eso.
Solo pretendo estar ahí para ella si quiere.
Además, yo no tengo pareja ni hijos ni cargas y ella tampoco, por lo que nos es más fácil quedar y estar disponibles.
—Por mucho que me duelan las palabras que acabo de decirle y por mucho que desearía que no fuera así, la realidad es que siempre he sido consciente de que Lucía solo sería mía en mis sueños.
Ser su amigo y su apoyo es mucho más de lo que tenía hace dos meses, puedo conformarme con eso.
—Vale, perdona. Sé que solo la ves como a una hermana pequeña, pero no puedo evitar querer protegerla a toda costa.
—Pues te pones una goma en la muñeca y, cuando te pase, te das golpes con ella hasta que te calmes —le aconsejo y se ríe.
—Alba me ha dicho lo mismo hace un rato.
—Tu mujer siempre me ha caído mejor que tú —le recuerdo.
—Hablando de hacerla mi mujer, he pensado en pedírselo al acabar su partido con las niñas la semana que viene —me explica ilusionado y suspiro.
—¿De verdad crees que Alba va a pasarlo bien si se lo pides delante de todo el pabellón después de un partido?
—No…, pero quiero que sea especial y todo me parece una mierda. —Suspira—. Dame alguna idea —me pide.
—Yo la llevaría al Calar Alto. La sentaría entre mis piernas a ver el atardecer abrazados y, cuando estuviera relajada, sacaría el anillo y se lo pediría. Solos y sin nadie más que ella y yo, y con la luna dándonos la bienvenida al resto de nuestras vidas. Eso haría.
—Eso es muy bonito y específico. —Marcos corta mis pensamientos, que se han imaginado la cara de Lucía llorando de emoción entre mis brazos, diciendo que sí, y sacudo la cabeza para volver a la realidad—. ¿Tenías planeado pedírselo así a la tóxica?
—No —sentencio—. Ella era más de ser el centro de atención en mitad de un pabellón.
—Mi abuela decía que tenía que ser la novia en la boda y el muerto en el entierro.
—Tu abuela siempre fue una mujer muy sabia.
—En todo caso, pensaré otra cosa para pedírselo.
—Se acabará cansando y tomará ella la iniciativa —bromeo porque sé que Alba está deseando casarse y tener hijos—. En fin, debería ir al pabellón, a ver qué tal va el partido.
—Por supuesto —dice poniéndose de pie—, el presi no puede faltar.
Se escabulle rápido por el pasillo y me pierdo en mis pensamientos antes de llegar a la locura que me espera al salir de mi refugio.
Me alegra haber hablado con Marcos y dejar las cosas claras con respecto a Lucía.
Como mínimo, podré acercarme a ella sin necesidad de que me mate con la mirada.
Ser su amigo no es todo lo que quiero, pero es a lo máximo a lo que puedo aspirar.