Serie Siempre: Colección completa 5. Lucía
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5. Lucía

Lucía

¿Por qué está sonando la alarma? ¡Es sábado!

Para un día que puedo dormir hasta tarde, la alarma del móvil no para de sonar y por más que le doy, no se apaga.

¿No la desactivé? Me levanto para ver por qué no cesa en su fin de despertarme cuando me doy cuenta de que no es el móvil lo que suena, sino el timbre de casa.

Me tapo la cara con la almohada, a ver si la persona más insistente del planeta me deja en paz y puedo volver a mi sueño de nuevo, pero no lo consigo.

Suspirando con resignación me arrastro hasta la puerta y la abro para dejar pasar a un torbellino que no para de hablar. Tenía que ser Maite, cómo no.

—¿Estás sorda o qué? ¡Llevo diez minutos tocando a la puerta!

He estado a punto de llamar a los geos para derribarla —espeta de forma atropellada mientras la sigo en silencio hasta el sofá y me acurruco con un cojín—.

¿Estabas durmiendo? ¡Son las doce! Y estoy totalmente segura de que ayer te fuiste a dormir a las nueve, como si te conociera…

—No, anoche a las nueve estaba cenando con Adri, a solas —la interrumpo con la frase exacta que sé que hará que se calle, al menos unos minutos—. Como entenderás, después de eso me costó dormirme, así que sí, estaba durmiendo, ya puedes perdonarme la vida por no abrirte la puerta.

—¡A la mierda los diez minutos de mi vida perdidos! Si lo hubiera sabido, habría esperado horas. ¡Cuéntamelo todo! ¿Te costó dormir porque tenías compañía? —interroga subiendo y bajando las cejas y suelto una carcajada mientras niego—. Sosa…

—Sí, ese adjetivo es el que más me define —bromeo y Maite me lanza un cojín—. Nos encontramos por casualidad, fuimos a tomar algo y acabamos cenando. No hay mucho que contar más allá de que si vuelve a pasar debería beber menos cerveza, pero no creo que eso ocurra, así que…

—Sí deberías, sí. Eres incapaz de beber más de tres cervezas sin empezar a decir tonterías —se burla riendo—. ¿Cuántas cayeron?

—Siete cada uno.

—¡Dime que le confesaste que llevas desde niña enamorada de él y que ninguna otra persona le llega ni a las suelas de los zapatos!

—¡No! —grito tapándome la cara y mi amiga se empieza a reír. Es la única que lo sabe y la que se ha pasado toda la vida soportando mis suspiros por él—. Le conté la venganza con la vecina, aunque no había bebido cuando lo hice.

—Bueno, es Adri. —Se encoge de hombros—. Mi primo nunca ha tenido problemas con que seas bi, al contrario, te ha defendido siempre de los que te llamaban viciosa.

—Y puede —confieso al fin—, porque no estoy segura de que me oyese, que le llamase «mi príncipe».

—¿Qué tienes, diez años? —pregunta indignada—. «Mi príncipe», mira que eres moñas.

—También tuve que cogerme a él porque me costaba andar recta. Y porque tenía frío.

—Y claro, eso te molestó mogollón, ¿verdad? —Suelta una carcajada que callo con un cojín en su cara—. El cojín no va a cambiar el hecho de que estés en una nube por la noche de ayer, ¿o me equivoco?

—No, pero es Adri. Es raro. No esperaba esto al volver. Lo que me recuerda: ¿por qué no me contaste que había vuelto a vivir aquí?

—¿No te lo dije? ¡Claro que te lo dije! —Niego con la cabeza y pone una mueca de «mierda»—.

En mi cabeza te lo había contado, lo siento.

De todas formas, al principio no dijimos nada porque pensábamos que sería algo temporal, que la zorra de su ex volvería y se iría con ella.

Después…, yo no estaba como para preocuparme por nadie más.

—¿De verdad Adri estaba tan mal? —Omito hablar de su ruptura, ahora que parece que está mejor prefiero no remover el pasado.

—Era un cascarón vacío, sin vida. —Su semblante se torna serio, demasiado incluso para ella—.

Un alma en pena. Mis tíos lo han pasado muy mal, toda la familia.

—Suspira y sonríe—. Pero, por suerte, ya no está así y, aunque no sea el mismo de antes, está mejor.

Y estoy segura de que ahora que estás tú aquí, se acabará de recuperar del todo.

—Sí, seguro que yo soy la cura para todos sus males —ironizo rodando los ojos—. Lucía Pérez, maestra de educación infantil y curandera.

—Solo digo que molaría.

—Olvídalo, tu primo nunca ha querido nada conmigo.

—Muy bien —contesta encogiéndose de hombros—. ¿Te vistes y vamos a comer? Me muero de hambre.

—Es lo más inteligente que has dicho desde que has llegado —digo levantándome y dirigiéndome al baño.

No, yo no seré la cura de Adri, aunque me muera de ganas por serlo.

La tarde ha transcurrido sin más interrupciones.

Después de comer nos hemos ido cada una a su casa a echar la siesta para estar más despejadas por la noche.

Hemos cenado entre risas todas las amigas del colegio como hacía años que no pasaba y ahora estamos atravesando las puertas de La Pérgola.

El estómago me da un vuelco ante la expectativa de encontrarme a Adri de nuevo.

Pido una copa e intento seguir la conversación de la mesa, pero mis ojos no paran de buscarlo entre la gente.

Me centro en la charla banal de Isa, que está contando algo que le ha pasado esta semana en el trabajo y Maite se acerca para susurrarme:

—La persona que llevas buscando toda la noche acaba de entrar.

—Señala con la barbilla al chico que me está sonriendo desde la distancia con Marcos y Alba pegados a su culo, cómo no—.

¿De verdad crees que no tienes ninguna posibilidad con él?

Hacía años que no venía, le dices que tú estarás y aparece.

Si eso no significa nada, que baje Dios y lo vea.

—No quiero crearme falsas esperanzas —confieso a mi amiga, que asiente—. Además, viene con mi hermano, seguro que es para controlarme.

—¿Tu hermano no cambiará nunca? Compadezco a Alba si algún día tienen hijas, pobres niñas…

Dejo de escucharla cuando el grupo de amigos de mi hermano nos rodea para saludarnos. Noto unas manos firmes en mi cintura, se acerca a darme un beso en la mejilla y aprovecha para susurrarme al oído:

—Estás preciosa. —Antes de que pueda contestar, me suelta para ir a saludar a Maite, que lo abraza feliz.

Él sí que está guapo con esa camisa azul marino remangada por encima de los codos y los vaqueros estrechos que le hacen parecer aún más alto, si es que eso es posible.

Ponen una canción que no había escuchado nunca y la locura se desata en la mesa, arrastrándome hasta la pista de baile.

Miro a Adri, que nos sigue de cerca y sonrío.

¿Por fin hoy será el día que baile con él?

Marcos se ha pasado la noche entera pegado a mi culo, incluso ha ignorado a Alba, que estaba con las otras parejas de sus amigos, así que Adri no ha vuelto a acercarse.

Creo que mi cuñada se ha dado cuenta de mi mosqueo, porque ha alegado que se encontraba mal para irse antes que nadie y al menos la última media hora he podido bailar en libertad, qué pena que Adri se haya ido con ellos.

Cuando salgo del local, ni siquiera siento el frío de la frustración que tengo.

¿No puede entender que no necesito un guardaespaldas?

Estoy tan cabreada que no noto el coche que se para junto a nosotras.

—¿Les gustaría a estas bellas damas que las acerque a casa? —suelta la voz aduladora de Adri. Cuando me giro para mirar, mis amigas ya están sentadas en la parte de atrás del coche. ¡Anda que han tardado!—. ¿Subes?

Asiento y entro. Una vez me pongo el cinturón, arranca y emprende el camino a casa de Isa, que es la que vive más cerca.

Ellas van charlando alegres sin percatarse de mi tensión interna ni de las miradas de reojo que noto por parte de Adri, que va sonriendo con algunas burradas que sueltan.

Cuando Maite se baja, me guiña un ojo y me doy cuenta de que nos hemos quedado solos en el coche.

Una vez se asegura de que su prima está dentro de casa, mete primera y emprende la marcha.

Si ahora mismo condujese a cualquier otro sitio, ni siquiera me quejaría, solo me acomodaría en el asiento y me dejaría llevar.

Qué fácil sería…, pero la vida no es una novela romántica y Adri nunca ha sido para mí.