4. Adri
Adri
¡No me puedo creer que vaya a cenar con Lucía!
Estoy tan nervioso que he tenido que ir al baño nada más llegar al bar para mojarme la cara.
Después de respirar tres veces y conseguir controlar el temblor de las manos, he vuelto a la mesa.
Parezco un adolescente con su primera novia.
No paro de darme ánimos, pero mi propia mente me boicotea.
Esto va a ser un desastre, debería pensar antes de hablar, pero cuando ha dicho lo de la cena no he podido evitar querer alargar el tiempo con ella.
El camarero nos deja las dos cervezas en la mesa y damos el primer trago sin decir nada.
Absolutamente nada de nada. ¿He dicho desastre ?
Esto va a ser una hecatombe de dimensiones épicas.
La miro de reojo y la pillo haciendo lo mismo; va a beber de su cerveza, pero se empieza a reír, me contagia su risa y brindamos.
—Acabo de darme cuenta de que es la primera vez que estamos solos —comenta como si nada un dato del cual yo era muy consciente—. No debería ser tan raro, me conoces desde que era una chiquilla.
—Igual sería más fácil con ella —bromeo—, aunque entonces no deberías beber cerveza.
—Intenta quitármela —me amenaza señalándome con el botellín—. No sé por qué te sería más fácil, me ignorabas.
—No te ignoraba —protesto y alza una ceja—. Es solo que no me gustaba jugar con Barbies.
—O igual es que no te gustaba que te ganase al Jenga. —Sonríe antes de beber y le lanzo una mirada de odio que no engaña a nadie—. Siempre has tenido mal perder.
—Tu hermano es peor. —Cambio de tercio para no admitir que la dejaba ganar porque me encantaba su cara de felicidad cuando lo hacía.
—¡Y que lo digas! —Bufa y apura la cerveza. Miro la mía y aún queda más de la mitad. Sí que ha cambiado, sí—. ¿Sabes que en mi casa está prohibido jugar al Monopoly? ¡Al Monopoly! ¿Cómo se puede enfadar alguien jugando al Monopoly?
—Porque hay dinero de por medio.
—¡Dinero de mentira! —Hace un gesto para pedir dos cervezas más—. Y ¿sabes lo peor? Cuando empezó con Alba la dejaba ganar.
—Sigue haciéndolo —le explico y resopla cruzándose de brazos como cuando era una niña. Sonrío al verla, está preciosa—. A ti también te dejaba ganar, hasta que un día le dijiste a la chica que le gustaba que era malísimo jugando al cuatro en raya y decidió no hacerlo más.
—¿En serio? ¡Qué vengativo es!
—Mira quién fue a hablar —bromeo y se lanza a taparme la boca, la cual cubre con su mano mientras me pide silencio con su dedo en los labios.
—¡Calla! —murmura—. Que aquí conocen a mis tíos.
Poso mi mano sobre la suya, entrelazando nuestros dedos ante su mirada expectante, y beso su palma. Sin soltarla, me acerco a su oído.
—Tranquila, tu secreto está a salvo conmigo, V —susurro haciendo referencia a V de Vendetta , nuestra película favorita.
—Si yo soy V —comenta intentando aparentar normalidad, aunque tiene la voz tomada—, ¿tú eres Evey?
—Seguramente. ¿Crees que me quedaría bien si me rapase el pelo?
—Para mí seguirías siendo guapo, pero sería una pena, me gusta tu pelo. —Se me eriza la nuca ante sus palabras susurradas al oído y aprieto ligeramente su mano—. Te queda bien la barba.
—Aquí tenéis, chicos —interrumpe el camarero y nos separamos de forma abrupta. Lucía se suelta de mi agarre y le sonríe antes de que se vaya.
—A mí aún me queda —me quejo enseñándole mi botellín.
—Eres un lento —se burla.
—Nunca he tenido queja. —La miro mientras le regalo una sonrisa de medio lado que hace que se sonroje hasta las orejas. Es tan adorable—. ¿Me cuentas qué tal tu primer mes de trabajo? ¿Ya estás deseando que llegue navidad?
—¡Peor! Estoy deseando que llegue julio —bromea y empieza a explicarme cosas del colegio, sus niños y su trabajo. Me pasaría horas escuchándola.
El cambio en el tema de conversación ayuda a que no estemos incómodos y a que no vuelva a intentar tocarla, aunque no he podido evitar buscar su roce más de una vez de forma deliberada. Cuando nos damos cuenta es hora de buscar un sitio para cenar y la mesa está llena de botellines.
—¿Te sigue apeteciendo ir a cenar? —tanteo.
—¡Claro! —contesta, algo más alegre de lo que debería. Creo que no tendríamos que haber bebido tantas cervezas, tiene las mejillas sonrojadas desde hace una hora—. Me muero de hambre.
—¿ Pizza ?
—Me has leído el pensamiento —dice con una sonrisa, pero se levanta demasiado rápido y se tambalea tanto que casi se cae—. No podemos ir muy rápido.
—¡Vaya! ¡Y yo que quería hacer una carrera hasta el restaurante!
—No seas tonto.
—Anda, cógete a mí —le ofrezco al salir del local.
Entrelaza su brazo con el mío y apoya la cara en mi bíceps, cogiéndolo también con la otra mano. He muerto y estoy en el cielo. Beso su cabeza en un alarde de valentía que seguramente tiene que ver con toda la cerveza que llevo en el cuerpo y oigo cómo suspira y murmura:
—Mi príncipe.
Empiezo a andar con ella pegada a mí. Sin embargo, me obligo a serenarme, yo nunca he sido un príncipe, me pega más el papel de villano.
La cena ha transcurrido sin más incidentes.
El camino nos ha despejado lo suficiente a los dos como para volver a ser los mismos de siempre al llegar.
Además, nos hemos decantado por acompañar la pizza con agua, cosa que ha ayudado.
Hemos hablado de mi trabajo en el club y comentado anécdotas de Marcos jugando, ningún tema conflictivo.
Tampoco he vuelto a acercarme, ni a besarle la mano, por mucho que lo desease.
Cualquier persona que nos haya visto habrá deducido que somos dos amigos compartiendo una pizza . Fin. Así es como debe ser.
Bueno, hemos discutido sobre quién pagaba la cuenta, pero se ha quedado sin argumentos cuando el camarero ha preferido coger mi billete de cincuenta euros frente a su tarjeta de crédito. Me he llevado un manotazo en el brazo por mi sonrisa de suficiencia, pero ha merecido la pena.
—¡Ostras, qué frío! —exclama nada más salir y vuelve a cogerme del brazo sin necesidad de ofrecérselo—. Había olvidado que por las noches baja tanto la temperatura.
—Pareces nueva —bromeo y me saca la lengua—. Vamos rápido si quieres, así no te congelas.
—No, está bien, estás calentito, me apetece dar un paseo. —Trago saliva antes de que otras partes de mi cuerpo sí se calienten y empiezo a andar—. Puedo aguantar.
—Como quieras.
Damos varios rodeos hasta llegar a su casa mientras me cuenta historias de terror que se ha encontrado en otros colegios en los que ha trabajado.
Espero que eso no le pase aquí o se volverá a ir.
Cuando llegamos al portal, se sube al escalón y me encara.
Meto las manos en los bolsillos para que no vayan directas a sus caderas y ella imita el gesto.
—Gracias por invitarme a cenar. Me lo he pasado muy bien.
—De invitarte nada, ahora me debes una cena —espeto intentando sonar serio, pero no lo consigo porque se ríe mientras asiente—. ¿Mañana? —bromeo… o no.
—Me encantaría, pero no puedo. He quedado con estas para cenar e ir a La Pérgola. ¿Nos veremos allí? —Me mira con un deje de esperanza en los ojos, o puede que sean imaginaciones mías.
—Hace mucho que no voy, pero podría pasarme un rato.
—Genial, ¿me avisas si vas? ¿Tienes mi número? Es el de siempre. —Asiento y se hace el silencio, voy a romperlo, pero ella se adelanta—: Me lo he pasado muy bien —repite y susurra—: ¿Qué más da?
Me rodea el cuello con sus brazos y me aprieta fuerte contra ella.
Tardo un segundo en reaccionar y abrazarla de vuelta.
Intensifica el agarre cuando nota que mis brazos la envuelven e inspiro su aroma, que no es el mismo que hace diez años, pero me embriaga igual.
Demoramos el separarnos más tiempo del debido, pero a la mierda los buenos modales, ¡Lucía me está abrazando!
Cuando me suelta, me da un beso en la mejilla y me sonríe.
—Buenas noches, Adri. Nos vemos mañana.
—Buenas noches, Lucía.
Me quedo en la puerta de entrada a su edificio más tiempo del que debería, esperando no sé el qué. Cuando empiezo a notar el frío, suspiro y voy a casa dando un paseo. No sé por qué mi mente tenía la falsa ilusión de que Lucía bajaría y me besaría. Eso no va a pasar nunca.