Serie Siempre: Colección completa 3. Lucía
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3. Lucía

Lucía

¡Viernes! Jamás pensé que volver a casa sería tan cansado.

Entre la adaptación de mis niños y mía al nuevo colegio, y la cantidad de familia que se moría por verme y quedar, el mes de septiembre ha pasado como si no hubiera existido.

Lo peor es que se me ha hecho eterno y, a la vez, hoy me he dado cuenta de que ya era octubre. Una locura.

Salgo del colegio por un lateral, más cargada de lo que me gustaría y más de lo que debería pues, nada más girar la esquina, me choco contra alguien y acaban varios libros en el suelo. Cuando se agacha a ayudarme a recogerlos, lo identifico.

—¡Adri! —Quizá ha salido más alto de lo que me hubiera gustado, pero es que no lo había vuelto a ver desde el primer partido de mi hermano. No me ha dado la vida para ir a más.

—¡Lucía! —me imita con una sonrisa—. No te había reconocido detrás de tantos libros, ¿vas a abrir una librería?

—¡Ojalá! Pero no. Es trabajo que me llevo a casa. Quiero ver cómo puedo aplicarlos en las actividades dentro del aula. — Empiezo a apilar de nuevo los libros en mis brazos, sin embargo, no me tiende más—. Me he dejado la bolsa en casa.

—Entonces, déjame ayudarte. Nos los repartimos y te acompaño a casa —dice cogiendo varios y aligerando mi carga. Asiento y bajo la vista para que no vea que me he sonrojado—. No sé dónde vives.

—He alquilado un piso enfrente del Dalí. No sabía que lo habían cerrado.

—Llevas mucho tiempo fuera —comenta emprendiendo la marcha—. Muchas cosas han cambiado. —Suspira y sacude la cabeza—. Estás lejos de la casa de tus padres.

—Lo sé, mi madre me lo recuerda cada día —le explico rodando los ojos y se ríe—. Como si Baza fuera una ciudad enorme, ¿sabes? Llevo años fuera de aquí, haciendo mi vida, no podía volver y meterme en casa de mis padres o…

—Habrías muerto —acaba por mí—. Te lo digo por experiencia, y eso que yo necesitaba volver a casa de mis padres y estar rodeado de gente.

—Alba me contó que te habías divorciado, lo siento.

—No lo sientas, es la mejor decisión que he tomado en mi vida —sentencia y le sonrío mientras asiento—. Y ¿qué hay de ti?, ¿has dejado algún pobre diablo con el corazón roto por Cádiz?

—¡Qué va! Estuve con un chico un par de años, pero no funcionó. No buscábamos lo mismo.

—¿Y eso?

—Bueno, yo buscaba a alguien con quien compartir mi vida y él meterse en la cama de la vecina.

—No suele ser muy compatible, no —dice aguantando la risa—. Lo siento.

—No pasa nada, me di cuenta de que estaba con él más por rutina que por gusto. Además, me vengué —recuerdo con una sonrisa torcida.

—¡Vaya! No conocía esa faceta tuya, ¿qué hiciste? ¿Se puede saber o es secreto de sumario?

—Eh… —titubeo, carraspeo, me sonrojo y acabo susurrando—: Me lié yo con la vecina.

Su carcajada resuena por toda la calle y le doy un golpe en el brazo con el hombro cuando dos personas se giran a mirarnos. Cierra la boca, pero su cuerpo se sigue sacudiendo de la risa y me acaba contagiando.

—Si lo sé, no te lo cuento —refunfuño intentando ponerme seria, aunque no lo consigo.

—Lo siento, pero de todas las hipótesis de posibles venganzas que me había imaginado, esa no era una de ellas. He de decir que me encanta, como venganza es perfecta.

—Gracias. La verdad es que, de vez en cuando, tengo buenas ideas.

—Siempre has tenido buenas ideas —afirma con una intensidad en los ojos imposible de ignorar. Carraspea y se frena—. ¿Es aquí?

Miro a mi alrededor para darme cuenta de que hemos llegado a mi edificio y ni siquiera me había fijado.

—Sí, gracias por acompañarme. Ya me apaño yo sola desde aquí, no quiero robarte más tiempo.

Seguro que tenías cosas que hacer. —Las palabras salen a trompicones de mi boca, de repente me he puesto nerviosa.

¿Debería invitarlo a subir? Al imaginar a Adri en mi casa, los dos solos, me ha entrado un sofoco importante.

Dios, ¿por qué hace tanto calor de golpe?

—Te acompaño arriba, no quiero que te rompas la crisma subiendo con tantos libros —dice ajeno a mi torbellino interior—. Por cierto, ¿tu hermano sabe de esa venganza?

—¡No! —contesto haciendo malabares para sacar las llaves y Adri me coge todos los libros—. No se lo cuentes, por favor.

—Igual deberías, tiene un concepto de ti que creo que no es real.

—Mi hermano cree que aún tengo doce años. Ninguna anécdota va a hacerle pensar lo contrario. Seguro que piensa que soy virgen.

—Tiene pinta, sí —contesta con un deje de resignación que no acabo de entender y me tiende los libros nada más abrir la puerta de casa—. Mi trabajo aquí ha terminado.

—¿Te apetece entrar? —suelto de repente y sin pensarlo mucho. Me arrepiento al ver su cara de sorpresa—. No pasa nada, entiendo que tienes cosas que hacer, no quiero molestarte más. ¡Gracias por acompañarme!

—No, sí, perdona. —Carraspea y sonríe—. Me encantaría ver tu casa.

—No tiene mucho que ver, porque no me ha dado tiempo a ponerla a mi gusto todavía, pero es funcional —le explico cuando entra al salón—.

La cocina, el baño, mi habitación y el despacho —le enseño mientra señalo la puerta de cada estancia—, donde no deberías entrar o acabarás sepultado de purpurina, confeti y a saber qué más.

—Es bueno saberlo —dice metiendo las manos en los bolsillos.

—¿Te apetece tomar algo? No tengo mucha cosa en la nevera porque no he ido a la compra, pero queda cerveza.

—No, gracias. No quiero liarte. Tendrás cosas que hacer.

—Es viernes, no pienso hacer nada —digo riendo—. Por no hacer, creo que no haré ni la cena. Bajaré a por algo o pediré…

—¿Te apetece que cenemos juntos? —suelta de golpe y lo miro sorprendida. ¿He muerto y estoy en el cielo? ¿De verdad se están cumpliendo todas las fantasías de mi adolescencia? Malinterpreta mi silencio y rectifica—: Bueno, creo que debería irme…

—¡No! —grito y carraspeo ante su cara de duda—. Estaba pensando en dónde me apetecía cenar —miento con una sonrisa forzada—. Deja que me cambie de ropa, nos tomamos la cerveza fuera y luego decidimos dónde cenamos. ¿Te parece?

—Me parece perfecto —afirma y me sonrojo, así que me giro y voy a mi habitación a cambiarme.

Después de respirar tres veces, porque me tiemblan tanto las manos que soy incapaz de desabrocharme los vaqueros, consigo desvestirme y me quedo en ropa interior rebuscando en el armario qué ponerme.

Mi mente vaga sobre la posibilidad de que entre ahora y me encuentre en esta tesitura, pero no me aclara si sería bueno o malo.

Al final me decanto por un vaquero corto y una camiseta verde de manga corta con unos tenis negros con margaritas que me regaló Alba las navidades pasadas.

Me recojo el pelo en una coleta alta y salgo al salón, donde Adri está mirando por la ventana.

—¡Lista!

—Perfecto —contesta girándose y me pega un repaso de la cabeza a los pies. Sonríe al acabar—. ¿A que lo adivino? Esos tenis te los ha regalado Alba.

—¿Sabes que los pinta ella? —pregunto cogiendo el bolso para dirigirme a la puerta y salir de casa, ya que parece que ha encogido varios metros cuadrados.

—Sí, le regaló unos a mi ex —me explica, aunque se nota el dolor en su voz—. Nunca los estrenó. Supongo que acabaron en la basura. —Se encoge de hombros—. ¿Viste los que le hizo a tu prima de La novia cadáver ? Eran tan chulos que hasta daba pena que los usase.

—Siempre puede pedirle otros —bromeo y me alegro del cambio de tema. Cuando estamos en la calle me giro para preguntarle—: ¿Cuál es el plan?

—¿Una cerveza y lo que surja? —propone con una sonrisa de medio lado que me roba un latido.

—Me parece un gran plan.

Si esto es un sueño, por favor, que nadie me despierte.