Serie Siempre: Colección completa 2. Adri
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2. Adri

Adri

¡Joder, Lucía ha vuelto! Y está aún más preciosa de lo que recordaba.

Sigue teniendo ese aire inocente que me volvió loco tantos años atrás, pero con un toque de madurez que le sienta genial.

Reconozco que cuando Marcos me contó que por fin había conseguido la plaza de maestra en uno de los colegios no pensé en las consecuencias de verla de nuevo.

O puede que mi cerebro estuviera más centrado en recordar todos los momentos en los que me robó el aliento que en lo que me estaba contando mi amigo.

Algo que me pasa siempre que la menciona.

Sé que debería estar pendiente del partido, pero mis ojos no paran de desviarse hacia las gradas, donde está la que fue el objeto de mis deseos durante años.

Me he sentido como un tonto cuando la he visto; ni siquiera la he saludado hasta que lo ha hecho ella, pero me he quedado prendado sin poder reaccionar.

Recuerdo la última vez que la vi. Acababa de volver de su primer año de universidad y nos chocamos por la calle sin querer.

Se alegró tanto que me dio un abrazo, cosa que nunca había hecho, y yo no pude resistir la tentación de aprovecharme.

Inhalé su olor como un drogadicto ante su dosis y deseé no tener que soltarla nunca más.

Siempre había sido un canalla, pero con ella no quería serlo.

Quería despertarla por las mañanas y prepararle el desayuno, que me contase cómo había ido su día al llegar a casa; lo quería todo con ella.

Entonces, un carraspeo nos separó y me encontré con la mirada reprobatoria de Marcos, quien no paraba de advertirme que no me acercase a su hermana desde que cumplió los quince años.

Lucía, ignorando el intercambio de miradas con su hermano, me dijo que se alegraba mucho de verme y que teníamos que quedar un día, así que contesté lo primero que se me ocurrió para que Marcos no me diera la charla de «A mi hermana no se la toca» y le dije que siempre que quisiera, que era como una hermana para mí.

Me despedí nada más soltar esa patraña y me fui sin mirar atrás.

Pensé que volveríamos a encontrarnos, pero no hubo más choques por la calle, y acabé conociendo a Jessica.

Lo peor que me ha pasado en la vida, pero ese es otro tema.

Decido centrarme en el partido y en dar lo mejor de mí en el campo para alejar los malos pensamientos, y funciona hasta que el árbitro pita el final.

Mis ojos vuelven a viajar a las gradas, hacia esa preciosidad que sigue robándome latidos solo con su sonrisa.

Marcos sale disparado hacia allí para besar a su mujer y aprovecho para acercarme a saludar.

—Hola, Lucía. Me alegro de verte.

—Hola —contesta con una sonrisa y se acerca a darme dos besos, pero la freno.

—Estoy chorreando, no creo que quieras llenarte de sudor —bromeo, pese a que me muero de ganas de abrazarla—. Me ha dicho tu hermano que has conseguido plaza en el colegio.

—Sí, estoy deseando empezar el lunes —dice con una sonrisa. Le debe encantar su trabajo, porque le brillan los ojos al pensarlo.

—Debes de ser de las pocas personas que tienen ganas de que se le acaben las vacaciones —bromeo.

—En dos semanas te diré que estoy deseando que llegue navidad —afirma riendo—. No sabía que tú también habías vuelto.

—Sí, bueno, la vida. —Me encojo de hombros, no tengo ganas de rememorar esa época—. Supongo que nos iremos viendo por aquí.

—Seguro —promete y se acerca para darme un beso en la mejilla. Esta vez no la aparto, pero cierro los puños para no rodearla con mis brazos—. Nos vemos, Adri.

Se aleja junto a Alba y me giro para ir hacia el vestuario, pero una mano en mi hombro me frena.

—Mi hermana sigue siendo intocable —me recuerda Marcos y ruedo los ojos, ¿en serio?—. Es muy inocente, que haya vuelto no te da derecho a nada.

—Tu hermana tiene veintiocho años, Marcos. Hace tiempo que dejó de ser inocente.

—Y el hecho de que sepas con exactitud su edad hace que piense que es necesario este recordatorio.

—La conozco desde siempre, ¿cómo no iba a saber su edad? —Niego con la cabeza—. Lucía es adulta, puede hacer lo que quiera con quien quiera. Además, ¿por qué me lo recuerdas a mí solo? —escupo con rabia. Ya no soy ese chaval que iba de flor en flor.

—Pienso decirlo nada más entrar en el vestuario.

Y lo hace, nada más abrir la puerta, suelta que su hermana es intocable.

Varios de los antiguos compañeros de clase de Lucía se carcajean de Marcos y su comportamiento de hombre de las cavernas, recordándole la patada en los huevos que se llevó un día que intentó alejarla de un rollo que tenía.

Decido no escucharlos y voy directo a la ducha para quitarme el cabreo que me invade cada vez que Marcos me pide que me aleje de ella, porque lo peor es que tiene razón: no la merezco.

Al fin y al cabo, ¿qué puedo darle yo que no pueda darle cualquier otra persona?