Serie Siempre: Colección completa
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1. Lucía
Lucía
¡Por fin estoy en casa! Después de diez años, he conseguido volver a mi hogar y, esta vez, para quedarme.
Echo un vistazo a las cajas que me rodean y decido que lo mejor es empezar por las de la cocina.
Abro una cerveza y me pongo manos a la obra para acabar lo antes posible.
Cuando coloco la última taza observo el resto de cajas, pero estoy tan cansada que pospongo el desempaquetado para mañana y me siento en mi nuevo sofá, regalo de mi hermano Marcos.
Suspiro al ver que el televisor aún no está conectado, pero la pereza me vence y decido elegir una serie para ver en el móvil cuando me llega un mensaje de mi cuñada:
Alba
Tu hermano juega su primer partido en un rato. No te ha dicho nada porque estás con la mudanza, pero sé que le haría ilusión que vinieras a verlo
Apoyo la cabeza en el respaldo, cerrando los ojos, y lanzo el móvil al sofá.
Ir a ver un partido de balonmano es lo último que me apetece esta tarde, pero la verdad es que hace mucho que no voy y siempre me ha apasionado este deporte.
Me levanto de golpe antes de quedarme dormida, me doy una ducha rápida y en media hora estoy en la puerta del pabellón, donde está Alba esperándome.
—A tu hermano le va a encantar que hayas venido —dice a modo de saludo mientras me abraza—. Está muy contento con tu vuelta.
—Podría haber venido a hacerme compañía mientras desembalaba cajas —bromeo y mi cuñada suelta una carcajada.
—Creo que no está tan ilusionado.
Accedemos a las gradas por el lateral y me amonesto mentalmente por no acordarme del calor que suele hacer aquí dentro.
Como si me hubiera leído el pensamiento, Alba me tiende un abanico azul celeste mientras ella ya se está dando aire con otro idéntico en la otra mano.
Sonrío al ver el logo del equipo en ellos.
—Mucho mejor que aquellos calcetines tan feos que regalaron hace tres años —opina mirando hacia la salida de los vestuarios por donde saldrá en breve mi hermano.
Después de tantos años juntos cualquiera pensaría que estarían cansados el uno del otro.
Nada más lejos de la realidad—. Desde que Adri es el presidente del club se han hecho muchos cambios. Todos a mejor.
—¿Hablamos del mismo Adri? —pregunto intentando disimular el vuelco que ha dado mi corazón al pensar en mi amor platónico de la adolescencia. Hace años que no lo veo, tenía entendido que se había ido a vivir a Sevilla.
—Sí, volvió hace dos años —me cuenta Alba, ajena a mi turbación—.
Cuando consiguió abrir los ojos y dejar a la tóxica esa con la que se casó.
—La miro sorprendida, mi cuñada no es precisamente de las que suelen ir criticando y siempre ve lo positivo en todas las personas—.
Lo siento, pero esa mujer no tenía nada bueno, lo redujo a ser un mero títere. Fue muy duro para tu hermano verlo así.
—A Adri siempre le han perdido las faldas —menciono.
Era un picaflor, no recuerdo que tuviera una relación de más de dos semanas con nadie.
También me acuerdo de que siempre que alguna le exigía explicaciones, él la engatusaba con cuatro palabras bonitas y se iba tan contenta. Era un conquistador nato.
—Ha cambiado mucho desde el divorcio. —Alba suspira y sacude la cabeza—. Pero lo bueno es que ya está recuperado y que llevar el club le hace bien a él y a todos nosotros. Mira, ya salen.
Me fijo en el grupo vestido de azul y blanco que entra en la pista en esos momentos: compañeros de equipo de mi hermano desde siempre, excompañeros míos de clase y conocidos con los que no he hablado nunca.
Cerrando el grupo está mi hermano, con su brazalete de capitán que lleva con tanto orgullo, y a su lado su inseparable amigo, Adri.
Su semblante serio me sorprende, lo recuerdo con una sonrisa torcida en la cara y me parte el alma que haya perdido su esencia.
Marcos se acerca hacia donde estamos sentadas y su sonrisa se ensancha en cuanto repara en mí.
Me sorprende que haya sido capaz de dejar de mirar a su mujer un segundo para verme, pero le sonrío de vuelta.
Intercambian un par de frases y los ignoro mientras mis ojos vuelven al banquillo, desde donde Adri me mira como si estuviera contemplando al fantasma de las navidades pasadas.
Alzo la mano de forma tímida para saludarlo e imita el gesto.
Nos quedamos, lo que parece una eternidad, mirándonos con la mano alzada, hasta que un pitido nos saca del trance y el partido empieza.
Noto la mirada de Alba en mi cara mientras la ignoro de forma deliberada y acaba soltando una carcajada cuando me sonrojo hasta las orejas. ¡Maldición!
—No te hagas la tímida, siempre lo he sabido —comenta como si nada y la miro alzando una ceja—. ¡Venga! Te pasaste toda la adolescencia suspirando por sus huesos, ¿crees que no me di cuenta?
—Ya no tengo dieciséis años.
—Lo sé —dice sonriendo y se lo queda mirando—. No queremos que nadie más le haga daño. —La miro extrañada y suspira—. Lo ha pasado muy mal, se merece ser feliz. Ya no es el picaflor que era antes, me gustaría que encontrase a alguien con quien compartir su vida.
No contesto a Alba, no hay necesidad. Adri nunca ha querido nada conmigo y no creo que eso haya cambiado con los años.
«Es como una hermana para mí», fueron las palabras exactas que usó hace tantos años y que rompieron mi corazón en mil pedazos, pese a que él ni siquiera se diera cuenta.
No, no habrá nada con él. Es un capítulo cerrado de mi vida.