Capítulo 49
El cielo de Londres amaneció cubierto por una suave neblina, de esas que no traen lluvia, pero lo empañan todo.
Jerónimo ajustó el nudo de su corbata frente al espejo del dormitorio.
El nudo Windsor le quedó torcido, pero no lo rehizo.
Era lo último que importaba. No recordaba la última vez que se había vestido así.
Tal vez para alguna entrevista de trabajo en Londres.
Se sentó al borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza gacha, inclinándose para atarse los zapatos.
Desde la habitación contigua, escuchó a Erik hablando en voz baja por teléfono.
Después de cerrar el caso, la policía danesa autorizó el traslado del cuerpo con la ayuda del consulado británico. Al parecer, Christian tenía registrada una dirección fiscal en Hampstead y un testamento redactado hace más de cinco años, en el que solicitaba ser enterrado «en territorio británico».
La policía no volvió a interrogarlo ni le hizo una sola pregunta sobre la noche del restaurante.
No hubo autopsia en el Reino Unido: el informe danés, validado por el forense británico, fue suficiente para cerrar el caso sin más preguntas. Solo un ataúd cerrado, sellado por una funeraria privada bajo supervisión consular.
Erik tocó a la puerta.
—Jero, es tu hermano Luis otra vez. Ha llamado a mi móvil. Quiere hablar contigo.
—Pero yo no quiero hablar con él.
—¿Cuánto tiempo lo vas a ignorar? Has hablado ya con Gabi y Eva. ¿Por qué no con tu hermano Luis?
—Lo sabes bien.
Erik respiró hondo.
—Pues díselo tú.
Jerónimo no respondió. Tomó el móvil sin mirar a Erik.
—¿Sí…?
—Escúchame, Jero. Era un crío, ¿vale? —dijo Luis de forma atropellada—.
Un crío cabreado porque su padre lo repudiaba.
Cuando me enteré de lo de papá, se me vino el mundo encima.
Fui al hospital hecho una mierda y me encontré con Gabi.
Tenía catorce años y esa cara de no entender nada.
Y mira… al menos esa situación nos juntó.
Desde entonces he estado a su lado. Y al tuyo también, aunque no quieras recordarlo. He estado…
—Basta —le cortó Jerónimo. Su voz bajó con cada palabra—. Está bien, Luis. No tengo derecho a juzgarte.
Al otro lado, solo se oía la respiración de su hermano, como si masticara algo que no sabía cómo escupir.
—Has perdido a tu mejor amigo, pero aún tienes a la familia que te… que está ahí para ti.
—Gracias.
Y colgó.
Desde la mesa del comedor, Erik lo observaba en silencio. No hablaba español, pero entendió por el tono que Jerónimo finalmente se había reconciliado con toda la familia. Le había preparado una tostada, pero Jerónimo ni la tocó. Tampoco se sentó. Apoyó la frente en el cristal de la ventana.
—¿Estás listo? —preguntó Erik.
Jerónimo asintió sin girarse.
Subieron al coche. En el parabrisas, la neblina se pegaba como una segunda piel. No hablaron. Solo el ruido del motor y el leve chirrido de las escobillas del parabrisas rompían el silencio.
Philip había elegido el cementerio, un rincón tranquilo en Highgate, lejos del bullicio, entre árboles y lápidas cubiertas de musgo.
El ataúd llegó directo desde Dinamarca con toda la documentación en regla, escoltado por un vehículo de la misma funeraria privada que Christian había mencionado en su testamento.
Una hora más tarde llegaron al cementerio.
Highgate estaba cubierto por una niebla que lamía las lápidas y aletargaba los sonidos. Los árboles sin hojas extendían sus ramas como dedos oscuros. Entre ellos, el musgo se aferraba a los mármoles con una terquedad callada.
Jerónimo caminó entre las lápidas húmedas, con la americana todavía abierta y el nudo de la corbata mal hecho.
La tierra olía a musgo mojado. La furgoneta funeraria ya esperaba. Dos operarios, cubiertos hasta las orejas, bajaban el ataúd con discreción profesional.
Philip estaba allí, de pie, solo, bajo un paraguas negro que sostenía con firmeza, como si el gesto le ayudara a mantenerse erguido. Cuando vio acercarse a Jerónimo, cerró el paraguas con lentitud, lo apoyó en el suelo y le tendió la mano sin palabras.
—Gracias por venir.
Ambos contemplaron el ataúd. En la tapa de madera barnizada había una única inscripción grabada en latón:
CHRISTIAN V. / 1963 – 2019.
Sin flores ni adornos innecesarios.
—¿Mencionó mi nombre? —preguntó Philip, sin apartar la vista de la caja.
Jerónimo dudó.
—Sí… dijo que te quería mucho.
Philip lo miró con ojos enrojecidos pero sin lágrimas. Sonrió y su cara pareció agrietarse por momentos.
—Christian tenía razón —dijo y alzó la mano con una calma insólita. Se la pasó por la mejilla a Jerónimo—. Mientes muy mal.
Él bajó la vista.
—Dijo que tenía que ponerse en contacto contigo.
Philip asintió, sin sorpresa.
—Eso me lo creo más.
Se giró entonces hacia el ataúd, sacó una pequeña piedra blanca del bolsillo interior del abrigo —plana, redondeada, con una palabra grabada— y la colocó con cuidado sobre la tapa de madera.
Jerónimo no alcanzó a leerla.
Philip no explicó su gesto y Jerónimo no preguntó.
Erik le ajustó la corbata antes de entrar en la iglesia. Aquel lugar, frío y silencioso, olía a cera antigua y a bancos de roble húmedos. La ceremonia fue breve. Luego llevaron el ataúd a la fosa.
Jerónimo se apartó unos pasos. Quería respirar. Los zapatos se le hundían en la tierra blanda. Abrió la chaqueta. El frío no le molestaba.
—Curioso lugar para vernos de nuevo —dijo una voz a su espalda.
Jerónimo se giró bruscamente.
John McCabe lo observaba. Alto, flaco como una vara, bastón en mano, el abrigo gris ondeando con el viento. El pelo blanco recogido bajo un sombrero oscuro. Como si hubiera aparecido de la nada, como si hubiera estado observando desde lejos, esperando el momento justo para intervenir.
—¿Qué…? —balbuceó Jerónimo, sin saber si sorprenderse más por verlo allí o por lo natural que parecía su presencia.
—Tranquilo —dijo McCabe, avanzando despacio, arrastrando el pie izquierdo—. Solo quería darle mi último adiós a Christian.
Se detuvo junto a él. Posó los ojos sobre la tumba y luego en Jerónimo.
John McCabe se agachó con dificultad, apoyando todo su peso sobre el bastón, tomó un puñado de tierra húmeda y la dejó caer sobre el ataúd.
—Christian tenía un don —murmuró sin mirar a nadie—. Sabía hacer desaparecer a la gente.
Jerónimo alzó la vista. Aquella frase no era nueva. También se la había escuchado a Christian cuando fue a buscarlo en Groenlandia.
John se acercó con una media sonrisa torcida.
—Lo hizo bien contigo en Valencia hace muchos años, ¿no? —le dijo, guiñándole un ojo antes de girarse.
Empezó a alejarse con ese andar peculiar suyo, pesado y elegante, hundiendo el bastón en la tierra húmeda. Antes de irse del todo, se detuvo y volvió sobre sus pasos.
—No podía protegerlo. Lo sabes, ¿verdad?
A veces, uno solo puede elegir cómo se va.
No cuándo —hizo una pausa—. Estaba condenado.
Solo adelantó lo inevitable. —Mantuvo la mirada en el ataúd antes de continuar—.
Con su muerte, dejó de ser un objetivo. Los muertos no traicionan.
Nadie los persigue. Y tú… nunca dirás nada a nadie, ¿verdad?
Jerónimo entendió el mensaje.
—«Si alguien pregunta, no estuvo allí; si alguien sospecha, era solo una sombra. La discreción es nuestra prioridad…». Tengo que cuidar a los que están a mi lado.
John McCabe formó una sonrisa irónica en los labios.
—No esperaba menos. Christian siempre me habló de tu lealtad.
Le dio unas palmadas en el hombro y se marchó.
Erik se acercó.
—¿Quién es?
—Un viejo conocido de Christian que ha venido a darme el pésame.
Erik ladeó la cabeza, como si quisiera preguntar más, pero no insistió.
De pronto, una duda lo asaltó:
—¿Dónde está el hígado? —preguntó Jerónimo.
—¿Cómo?
—El hígado. ¿Está aquí, a la derecha o a la izquierda?
—A la derecha.
—¿La derecha? —repitió Jerónimo, levantando lentamente la mano.
Era la que Christian le había guiado, la que empujó el cuchillo.
Recordó la hoja entrando en el costado izquierdo.
No era la zona del hígado… o ¿se había equivocado?
No. No estaba equivocado. Le pareció escuchar la voz de su amigo decir: «… jovencito», por última vez.
—Chris, allá donde estés… te echaré de menos.