Capítulo 48
La luz tibia del sol naciente tiñó de naranja las lápidas alineadas en el cementerio del Cabanyal en Valencia.
Tres días después de regresar a Londres, con los papeles de defunción de Christian aún en la maleta, sintió una gran necesidad de hacer un último viaje antes del funeral de su amigo.
Necesitaba despedirse de alguien. Permaneció de pie frente a la tumba de su padre, con las manos en los bolsillos y una paz desconocida en la mirada.
El mármol gris brillaba, recién pulido, y un ramo de azucenas blancas destacaba contra el mármol.
A su lado, Gabriel apretó el hombro de Jerónimo en un gesto silencioso de apoyo.
Ambos contemplaban la lápida con el nombre de Antonio grabado.
—¿Sabe Eva que estoy en Valencia? —preguntó Jerónimo sin levantar la vista.
—Ha respetado tu decisión de no ver a nadie.
—Prometo volver con Erik. ¿Y Luis? ¿Sabe que estoy aquí?
Gabriel negó con la cabeza.
—No. No le he dicho nada.
—Gracias.
El silencio se alargó.
—¿No estás cansado de tanto viaje?
—Quizás.
Nadie dijo nada durante un largo minuto.
—¿Y esas flores? —preguntó Jerónimo al final.
—Cuando me llamaste anoche para decirme que venías, quise poner algunas.
Él giró la cabeza.
—¿Vienes a menudo?
—Hace años venía de vez en cuando. Ya no tanto. Tú nunca has visitado a papá.
—No.
—¿Por qué?
Jerónimo respiró hondo, sintiendo dolor en los pulmones.
—No sé. Vergüenza quizás.
Gabriel bajó la vista.
—¿Crees que nos oye?
Él se tocó la barbilla.
—No lo sé —respondió—, pero siento que... por fin está en paz.
Sacó del bolsillo un sobre del tamaño de una postal. Días atrás, sus fotos y el viejo sobre marrón ardieron en la chimenea de su casa como un acto simbólico de purificación, y guardó las cenizas dentro de ese pequeño sobre en el que escribió: "La verdad nos hizo libres. Descansa, papá."
Colocó el sobre frente a la lápida, junto a las azucenas.
—Jero —dijo su hermano—, quiero que sepas antes de irte que me da igual lo de Luis. La enfermedad de papá se lo habría llevado tarde o temprano. Éramos todos muy críos. Y creo que todos hemos pagado por nuestros errores. ¿No crees?
Jerónimo parpadeó, como si esas palabras tardaran en asentarse. Su hermano tenía razón.
—Te sienta bien eso de ser padre —dijo con una media sonrisa.
Gabriel lo imitó.
Y Jerónimo supo que no sería la última vez que vería a su hermano sonreír.