Capítulo 47
Jerónimo pasó la noche en el calabozo de la estación de policía.
La celda era pequeña, sin ventanas, con un banco de metal anclado a la pared.
Olía a óxido y sudor. No durmió. A primera hora de la mañana, lo escoltaron de nuevo a una sala de interrogatorios, donde Henrik ya lo esperaba de pie.
Hizo un gesto para que se sentara. Sobre la mesa había una bandeja metálica con dos tazas y dos cruasanes.
—¿Café? —preguntó con voz neutra.
Jerónimo asintió y Henrik le sirvió una taza y se la acercó.
Dio un largo trago y notó sus manos frías.
El policía lo observaba, sin prisa.
Jerónimo apartó la taza y habló, casi como si repitiera un mantra:
—Me obligó. Me puso el cuchillo en la mano.
—¿Intentó hacerle daño?
—¡No por Dios! ¡Lo juro!
Henrik levantó la palma para que se calmara.
—Lo sabemos. Tenemos las grabaciones del reservado. Las hemos revisado varias veces. Fuera lo que fuera lo que se dijeran allí dentro, debió afectarle profundamente.
El agente se sentó y cruzó las manos.
—Puede volver a Londres. El fiscal ha revisado las grabaciones y, al no ver indicios de delito, ha autorizado su liberación inmediata.
—¿Puedo verlo?
Henrik negó con la cabeza.
—Lo siento. En estos momentos, un hospital privado está realizando la autopsia y, posteriormente, el cuerpo será sellado y repatriado de inmediato.
—¿Tan rápido?
—Es lo que se me ha informado.
Y entonces, sin poder evitarlo, su mente viajó diez años atrás, a su primer encuentro «oficial» con Christian en la misa danesa de un domingo cualquiera en el barrio de Camden, en Londres. Jerónimo llegó tarde y se sentó al fondo…
…un danés con porte de aristócrata inglés jugaba aburrido con un pañuelo de seda. Le sonrió y se hizo a un lado para que Jerónimo se sentara. Él le devolvió la sonrisa.
—No te he visto antes por aquí.
—Es mi primera vez.
—¿Tu primera vez? ¿Y ese acento?
—Español, pero viví en Copenhague.
—Interesante.
El cura hablaba de la Pascua. Alguien les pidió silencio.
El danés volvió a susurrar:
—¿Cómo te llamas?
—Jerónimo.
—Yo, Christian. Te invito a almorzar.
—No busco citas.
—Yo tampoco.
—Ni sexo.
—Yo sí. Pero no contigo. ¿Tienes hambre?
—Yo siempre tengo hambre.
Christian comprobó la hora en un Rolex que brillaba como un diamante y abandonó la iglesia. Jerónimo lo siguió.
—¿Jerónimo?
—Puedes llamarme Jero.
—Jero… suena a hero en inglés. Tu nombre es nombre de héroe. ¿Nunca lo habías pensado?
Christian le lanzó una sonrisa. Era una sonrisa encantadora, de esas que iluminan una habitación.
Con su pelo rubio perfectamente peinado, su traje a medida y su porte elegante, parecía salido de una revista.
Pero había algo más: una chispa de picardía en sus ojos y una calidez en su voz que lo hacían... inolvidable.
Aunque aún no lo sabía, Jerónimo acababa de conocer a alguien en quien confiar.
Alguien con quien compartir paseos y secretos.
Alguien que, por una extraña razón, parecía haber estado siempre ahí.
—¿Jerónimo?
De golpe, la sala de interrogatorios volvió a cobrar forma. Henrik lo observaba, esperando algo.
—¿Y la investigación? —preguntó él.
—El caso está cerrado. La escena fue clara. No hay indicios de violencia externa. Nadie más resultó herido. —Carraspeó—. Pero necesitaríamos estar en contacto con usted si tuviéramos que aclarar algún punto.
Se puso de pie y salió sin añadir nada más.
Jerónimo se quedó allí solo, con un documento en la mano y una sensación en el pecho que no sabía cómo nombrar.
Las 20:11 del 15 de octubre de 2019.
Esa fue la hora y fecha registrada en el parte.
Christian, 55 años. A un mes exacto de cumplir 56.
De camino al aeropuerto, Jerónimo recorrió las calles de Copenhague con la cabeza gacha.
Una llovizna helada mojaba los adoquines, arrastrando restos de nieve sucia de la tormenta de la noche anterior. La ciudad despertaba con desgana, envuelta en una manta de luz plomiza.
Marcó el número de Erik. Esta vez, contestó.
—¿Jero? ¿Dónde estás?
La voz de Erik sonó al otro lado del teléfono, cálida. Lo imaginó con el pelo revuelto y esa vieja camiseta con el mapa del metro de Londres.
Jerónimo quiso hablar. Por primera vez, tenía una necesidad urgente de contárselo todo.
Pero, ironías de la vida, justo cuando iba a hacerlo, un sollozo áspero escapó de su pecho antes de que pudiera reprimirlo y su cuerpo empezó a convulsionar con un llanto tan fuerte y profundo que le fue imposible articular palabra.
Alguien se le acercó. Una mujer de abrigo grueso y voz suave.
— Er du ok ?
Jerónimo asintió, sin poder hablar. Se limpió la cara con la manga del abrigo, tragando aire como si saliera de debajo del agua.
Recordar a Christian dolía. Pero no recordarlo le parecía insoportable.