Capítulo 46
Desde su asiento, en el restaurante D’Angleterre, contemplaba cómo la aguanieve comenzaba a caer tras las ventanas arqueadas, posándose con suavidad sobre la plaza Kongens Nytorv.
En el borde de la plaza, el tráfico avanzaba con parsimonia: autobuses, coches, ciclistas y hasta una ambulancia detenida en doble fila.
Nada que llamara demasiado la atención en una tarde de invierno en Copenhague.
En el reflejo, sus ojos verdes parecían más pequeños y hundidos, y su barba se veía más gris que oscura. Se preguntó cuántas veces había muerto ese chico de diecinueve años desde que huyó de Valencia.
Bajó la vista y cerró los ojos un instante, sintiendo que le pesaba la cabeza, como si los recuerdos hubieran anidado allí para siempre.
Todo lo que había sucedido desde que decidió huir de Valencia buscando respuestas parecía tener el mismo color que el oscuro cielo que cubría Copenhague en octubre.
Cruzó la mirada con Henrik al otro lado de la sala. El inspector estaba sentado en una mesa lejana, junto a una columna, fingiendo leer la carta de vinos. Vestía de paisano, pero con la postura recta preparado para intervenir.
No hacía falta más. Todos estaban esperando a Christian. El acuerdo era claro: veinte minutos sin interferencias. Luego, la policía intervendría con su turno de preguntas. Querían respuestas sobre la muerte de Mikkel.
Miró su reloj de nuevo: 19:39.
Desde que encontró la llave en el abrigo de Natalia, su vida había sido un lento descenso por un túnel sin fondo.
Un trastero polvoriento.
Unas fotos escondidas.
Las mentiras de Christian.
Las verdades de Luis.
El reencuentro con Gabriel.
La repentina muerte de su padre.
Las noches sin dormir.
El miedo.
La rabia.
La culpa.
La maldita necesidad de saber el porqué de todo esto.
Apretó la servilleta y volvió a echar un vistazo a la puerta de entrada. Cada vez que se abría, cada silueta contra la cortina de cristal le parecía una posibilidad. Pero ninguna era él.
El camarero le preguntó si estaba listo para pedir, pero Jerónimo negó con un leve gesto, sin apartar la vista de la entrada.
Entonces lo vio.
Una figura alta se recortó contra el marco de la puerta. La bufanda gris, el rostro tenso, el brillo metálico de unos ojos que no evitaban los suyos.
Christian.
Jerónimo se enderezó y levantó la mano. Su corazón golpeaba el pecho con más fuerza.
Henrik levantó la vista, pero no intervino. Solo esperó.
El reloj marcaba las 19:42.
Christian no se acercó. Se quedó parado unos segundos. Luego sonrió, con esa sonrisa de siempre, aunque esta vez parecía diferente: más forzada o más cansada. Alzó la mano, hizo un gesto breve y señaló al fondo del restaurante.
Jerónimo dudó. Ese no era el plan. Leyó los labios de Christian desde la distancia; le decía que se sentara al otro lado del restaurante, en un reservado.
Henrik observaba de reojo y le hizo un leve asentimiento a Jerónimo, que se levantó, bajando la mirada a propósito y cuidando de que Christian no notara nada.
Al llegar, no hubo abrazo ni sonrisa cálida, solo un leve asentimiento de Christian, como si dijera «sabía que vendrías».
La puerta del reservado se cerró con un chasquido sordo tras ellos.
Se sentaron en una mesa cuadrada, como un cuadrilátero de boxeo e iluminada apenas por una lámpara que dibujaba sombras duras en el rostro de Christian, acentuando sus ojeras.
Ya había una botella de vino blanco preparada.
Christian llenó la copa de Jerónimo sin preguntar y luego sirvió la suya.
—Han pasado muchas cosas en estos días —dijo al fin—. ¿Cómo está tu familia en Valencia?
—Bien.
—Supongo que ya sabes quién hizo las fotos.
—¿Lo sabes tú? —le devolvió la pregunta.
Christian negó con la cabeza.
—No. Pero tuvo que ser alguien muy cercano.
—Mi hermano Luis.
—¿En serio?
—Despecho. Envidia. Qué sé yo. Mi padre lo rechazó. Quería vengarse. Un berrinche con consecuencias.
—¿Consecuencias?
—Mi padre murió por su culpa.
—¿Cómo?
—Le provocó un infarto. Las fotos y el mensaje en el sobre: «¿Has visto lo que hace el cochino de tu hijo?». Quería humillarlo. Me usó para que mi padre se ahogara en su propia vergüenza.
—¿Unas fotos le provocaron un infarto?
—Ya estaba enfermo del corazón. Era el golpe, el desprecio, el asco. Era... todo junto.
—Entonces tu hermano, por muy inteligente que sea, es un cabrón.
—Dice que no lo sabía. Que solo quería hacer daño, no matarlo.
—¿Le crees?
Jerónimo sostuvo su mirada.
—Sí, pero eso no cambia nada.
—¿Y lo perdonas?
—Eso es entre Luis y yo.
—Claro. —Y dio un sorbo al vino.
Jerónimo metió la mano en su chaqueta y dejó un sobre sobre la mesa.
—Te estaba buscando y volví al apartamento de Philip. Para mi sorpresa, encontré esto —dijo, mientras lo empujaba hacia Christian.
Este arqueó una ceja.
—Aún no he hablado con Philip. Espero que esté mejor.
Jerónimo ignoró el comentario.
—No te preocupes —dijo, sin apartar la vista—. Solo tomé lo que era mío: las fotos. ¿Por qué las robaste?
—Mi intención era ganar tiempo y evitar que te involucraras en esto —respondió, con un tono de disculpa.
Jerónimo bufó.
—Llevo ya veinte años en esto. ¿Sabes cómo llegaron esas fotos a Londres?
—Sí. Hablé con John —respondió sin dudar, inclinándose hacia Jerónimo—.
Cuando Adrian murió, había alguien preparado para limpiar la escena.
Digamos —continuó con tono irónico y cierta amargura— que fue una misión demasiado personal para John, así que tomó precauciones adicionales.
Esa persona se hizo pasar por asistente del consulado británico, vino con la excusa de repatriar el cuerpo de Adrian y tenía una acreditación diplomática falsa.
Su única misión era eliminar cualquier vínculo con la organización.
En aquel entonces, con un pasaporte diplomático convincente y la actitud adecuada, era sorprendentemente fácil moverse sin dejar rastro.
Limpió la escena y recogió todo lo que pudiera comprometer a la organización: papeles, informes, incluso el sobre con tus fotos.
—Hizo una pausa—. Imagino que tu padre fue esa noche al club, te buscó…
y colapsó. —Respiró hondo—. Llevó todo de vuelta a Londres y, años más tarde, alguien lo robó o lo vendió.
Por eso apareció con el resto de los documentos en el trastero de Natalia.
Jerónimo escuchaba en silencio, como si procesara una ecuación que aún no le cuadraba.
—¿Y la muerte de Mikkel? Murió igual que los traficantes de órganos del Hospital St. Mary. Igual que Teo.
—Exactamente —confirmó.
—¿Y tú solo vas a decir «exactamente»?
El rostro de Christian se tensó.
—Solo John y yo sabíamos quién era Mikkel. Hasta ahora. Los documentos del trastero lo confirman: alguien ha estado traficando con información sensible. Y ahora están haciendo limpieza.
—¿Quién?
—Debe ser alguien de dentro. Esto no es improvisado. Es sistemático.
—¿Y tú?
Christian sostuvo la mirada.
—Estoy condenado, Jero.
—¿A qué?
La sonrisa se torció.
—A desaparecer.
Jerónimo tragó y sintió una garra invisible oprimiéndole la garganta.
—Aun así, esperaste hasta hoy para contarme todo.
—No tenía otra opción. Todo el mundo me está observando. Incluso ahora.
—¿Así que esta cena es tu confesión?
—Esto es lo único que queda de mí. —Desde la pequeña habitación del reservado, se oía el murmullo del restaurante—. Sigues siendo tan inocente como la primera vez que te vi.
—¿En el club de Valencia?
Christian negó con la cabeza.
—No. En la iglesia danesa en Londres. Diez años después. Antes de eso… Antes… me importabas bien poco.
La frase cayó como un puñetazo en el pecho de Jerónimo. Algo se resquebrajó por dentro. Le temblaron los labios, pero contuvo el gesto.
—Durante veinte años pensé que había sido yo quien lo mató. Pero lo que he descubierto en estas semanas lo cambia todo.
Christian soltó una carcajada seca.
—¿Quieres la verdad, jovencito? ¿Así, servida en bandeja, sin florituras ni promesas vacías?
—Se inclinó hacia él—. Te encontré allí, atado, drogado, y el bastardo de Teo encima saboreándote como un manjar.
Para mí, tú eras solo otro chapero más de aquel agujero.
Me habían robado el amor de mi vida. Lo habían matado a sangre fría y yo…
yo solo quería venganza. Así de simple. —Respiró hondo—.
Y el resto… me importaba poco. Agarré la navaja de Adrian y se la clavé.
Una, dos… muchas veces. Lo maté como se mata a una alimaña.
—Cruzó los brazos—. ¿Y qué esperas ahora?
¿Una disculpa? ¿Un abrazo? ¿Que lo hice por tu bien?
Pues no. Lo hice por mí. Por Adrian. Porque Teo lo destrozó.
Tú solo fuiste un daño colateral. —Sus ojos parecían perdidos en el pasado y comenzó a recitar una frase—: «Si alguien pregunta, no estuvo allí.
Si alguien sospecha, era solo una sombra.
Operamos en silencio, hacemos el trabajo y desaparecemos».
—Volvió a mirar a Jerónimo—. Era el mantra de John McCabe, mi jefe.
Tenía que parecer un ajuste de cuentas. No podía dejar rastro.
Así que te elegí como víctima de la situación y verdugo de Teodoro.
Yo me lavaba las manos. Aun así, me aseguré de que tu amigo del bar te diera un sobre con dinero y de que subieras a ese maldito avión a Copenhague.
Y después… me escondí en tu vida. ¿Sabes qué es lo más irónico de todo esto, mi querido Jero?
Que tú te pasaste media vida huyendo de un crimen que no cometiste…
y yo, media vida callando uno que sí. Te salvé, pero también te condené.
Cuando te vi en Londres, años después, supe quién eras al instante.
Y, aun así, me acerqué. Una segunda oportunidad… o tal vez la primera. No lo sé.
La luz del restaurante parecía más tenue, y el aire pesaba como si las paredes se inclinaran hacia dentro.
Su corazón se encogió. Como si todo lo que creía saber, todo lo que lo había definido durante veinte años se desmoronara en silencio al escuchar la historia por boca de su amigo Christian.
—¿Qué estás diciendo…? —preguntó estupefacto por la frialdad con la que se lo estaba contando.
Christian pasó los dedos por el cuchillo de cortar carne como si acariciara un recuerdo. De arriba a abajo.
—Te desaté una mano. Puse la navaja en ella y salí por la ventana. Pensé que si parecías culpable, nadie buscaría al verdadero asesino. Nadie buscaría a la organización.
Jerónimo retrocedió un paso y la silla emitió un quejido seco. Tenía la boca abierta, pero no podía articular nada. Las imágenes de aquella noche lo golpeaban en oleadas sucias y confusas: la venda, la voz jadeante de Teo, la navaja, el filo en su cuello, la sangre, el vómito, la ventana, la huida.
Durante años creyó haberlo hecho en un estado alterado, fuera de sí. Durante años cargó con ese crimen. Construyó una identidad de huida, castigo y silencio.
Las palabras de Christian flotaban en el aire como un veneno invisible.
La confesión. La verdad. La traición. No reconocía a la persona que tenía delante.
Y entonces, con un gesto que jamás habría imaginado, Christian le agarró la mano y la cerró sobre el mango del cuchillo.
En un segundo, Christian había dirigido la punta hacia su propio abdomen.
—Vamos. Hazlo.
Jerónimo no se movió.
La mano de Christian pesaba como plomo sobre la suya. El cuchillo latía entre sus dedos como un corazón. Podía hacerlo. Hundir la hoja. Acabar con todo.
Híncalo. Devuélveselo. Él se lo buscó. Por la culpa que te ha corroído durante veinte años .
Sintió cómo le ardían los ojos. Las paredes del reservado se diluían tragadas por la rabia. Todo desapareció a su alrededor.
Solo quedaba él… y su enemigo.
¿Lo mataste tú? No. Fue él. Pero me hizo creerlo. Me usó. Me empujó a escapar. Me robó la vida .
Aquel cuchillo se convirtió en una extensión de su deseo. El deseo de hacer justicia. El deseo de vengar un tiempo que no volvería. El deseo de dejarse llevar por la furia sin freno, de escuchar el crujido del hueso bajo el filo, de sentir que el dolor tenía salida.
Los colores de la justicia y la venganza se difuminaban en un espectro de rabia sorda, donde cada matiz tenía su nombre: traición, abandono, silencio.
—Hazlo… Termina con todo. —Era la voz de Christian, que lo devolvía al presente.
Vio a Erik, dormido, con la frente apoyada en su pecho e imaginó una vida, la que aún no había vivido. Y entonces lo entendió. Podía vengarse. O podía vivir. No ambas. Intentó abrir la mano para soltar el cuchillo, marcando el fin de una historia.
—No… No soy tú. Yo soy Jerónimo y soy dueño de mi vida, no de la tuya.
Christian agarró su mano con más fuerza, como si se agarrase a un clavo ardiendo. Apretó. Presionó el cuchillo contra su abdomen. Una pequeña mancha de sangre tiñó la camisa.
—¿Qué haces? —La voz de Jerónimo tembló.
Christian lo perforó con la mirada. Sus ojos brillaban febriles, casi al borde de las lágrimas o la locura.
—Quieres venganza. Aquí la tienes, puesta en bandeja. Hazlo por ti. Por tu padre. Por lo que te arrebataron.
Jerónimo forcejeó.
—Suéltame. ¿Te has vuelto loco?
Pero el brazo de Christian parecía de hierro y presionó un poco más. Apretó los dientes mientras una gota de sudor caía por su sien. La sangre se extendía como una flor roja sobre la camisa.
Jerónimo no pudo moverse ni gritar. Vio, incluso sintió, cómo el cuchillo se hundía más y más en la carne.
—Ah… —gimió Christian, jadeando—. Directo al hígado… debajo de la última costilla… Sangra como un maldito río… El diafragma… no me deja respirar…
Jerónimo tiró hacia atrás, sacando el cuchillo que cayó al suelo al mismo tiempo que Christian se desplomó, derrumbándose poco a poco como una torre de arena.
Jerónimo cayó de rodillas, intentando reanimarlo.
El mundo se detuvo.
Christian exhaló sus últimas palabras:
—Eres… lo que siempre fuiste, Jero… el héroe que sobrevivió.
Luego cerró los ojos.
Jerónimo no se atrevió a respirar. Solo había lágrimas que resbalaban en silencio por sus mejillas.
Christian eligió morir.
Él eligió vivir.
La puerta se abrió de golpe.
—¡Quieto!
Era Henrik.
Dos agentes se lanzaron sobre él, pero su mente se quedó en blanco, incapaz de reaccionar. No podía apartar la vista del cuerpo tendido de Christian sobre un charco de sangre.
Henrik pedía ayuda por radio.
—¡Tenemos un herido de arma blanca! ¡Ambulancia ya! ¡AHORA!
Lo esposaron. Notó la sangre pegajosa entre los dedos.
En menos de dos minutos, los paramédicos irrumpieron en el reservado con una camilla. Uno de ellos se agachó, le tomó el pulso y negó con la cabeza, cubriéndole el rostro.
Christian había muerto.
Lo subieron a la camilla sin decir palabra y lo evacuaron rápidamente, bajo el visto bueno de los agentes.
Lo que vino después, Jerónimo lo recordaría en fragmentos. Esta vez no podía huir. Esta vez lo detenían por la muerte de Christian. Y los días siguientes se convirtieron en una pesadilla.