Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 45
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Capítulo 45

Jerónimo llevaba horas sentado en una silla incómoda dentro de una sala de interrogatorios, con un vaso de agua y un pastel danés medio mordisqueado.

La puerta se abrió con un leve chirrido y entró Henrik Dahl, seguido de Madsen, quien llevaba una carpeta y una bolsa de plástico transparente con las pertenencias de Jerónimo.

El policía se sentó frente a él.

—Gracias por su paciencia —dijo.

Jerónimo asintió, cansado. Todo su cuerpo parecía hundido en una tensión anestésica.

—Vamos a dejarle marchar por ahora —dijo, abriendo la carpeta—, pero necesito que firme esta declaración. Es una transcripción resumida de lo que ha dicho en la sala. Léala, por favor.

Jerónimo la cogió. Las primeras líneas le sonaron familiares. Correctas, aunque escuetas. La letra pequeña le hizo fruncir el ceño, pero no dijo nada. Firmó.

—¿Dónde se hospeda?

—No tengo alojamiento aún.

—¿Tiene previsto quedarse en Copenhague?

—Unos días. Hasta saber algo más. No tengo billete de vuelta todavía.

El policía asintió sin levantar la vista.

—Le pedimos que, si decide salir del país, nos lo notifique. No es una orden formal, pero sí una medida de colaboración.

—Entiendo.

—¿Tiene algún modo de contactar con Christian? —intervino Madsen—. ¿Alguna forma que no se le haya ocurrido?

—Lo he llamado unas cuantas veces antes y después del vuelo, pero tiene el móvil apagado.

—¿Y redes sociales?

—No usa, que yo sepa.

Madsen le entregó el resto de sus pertenencias: cartera, móvil, pasaporte y mochila. Henrik le extendió una tarjeta.

—Este es mi número directo. Si recibe noticias de Christian, nos llama inmediatamente. No importa la hora.

Jerónimo tomó la tarjeta sin mucho entusiasmo y guardó todo en silencio.

El teléfono, aún apagado, parecía pesar más que el resto.

Mientras cruzaba el pasillo, se ajustó el abrigo con un gesto automático.

El forro seguía húmedo, pero lo que más le pesaba era la sensación de haber traicionado algo que no sabía nombrar.

En la recepción, una oficial le deseó buenas tardes.

—Igualmente.

Cuando llegó a la salida, la puerta automática se abrió con un zumbido seco. Justo entonces, encendió el móvil. Una vibración inmediata le recorrió la palma.

Llamada perdida: Christian.

La hora: hacía veinticinco minutos.

Jerónimo se detuvo en seco. El corazón se le subió a la garganta de golpe.

—¿Todo bien? —preguntó Henrik, que lo había seguido discretamente unos pasos.

Jerónimo levantó el móvil para mostrárselo, como si no pudiera ocultarlo aunque quisiera.

—Acabo de recibir esto. Llamada perdida. De Christian.

Henrik extendió la mano sin dudar.

—¿Puede intentar devolverle la llamada, por favor? Póngalo en altavoz.

Jerónimo asintió. Desbloqueó el móvil y pulsó el botón de llamada.

Nada.

La pantalla parpadeó. Batería baja. Apagando. Jerónimo apretó los dientes.

—Se ha apagado. No tenía carga suficiente.

—Cárguelo ahora y vuelva a intentarlo.

Jerónimo enchufó el teléfono a una toma en la sala de recepción. Mientras el dispositivo se encendía, Henrik aguardaba de pie, con los brazos cruzados. Madsen, más atrás, hojeaba sin prisa una libreta.

La pantalla se iluminó. Primero, la vibración. Luego, una notificación emergente de WhatsApp :

Christian te ha enviado 5 mensajes de voz.

—Es de él —murmuró—. Me acaba de escribir.

Henrik se acercó de inmediato.

—¿Puede reproducirlos, por favor? En altavoz.

Jerónimo obedeció. Entró en la conversación. Tocó el primer mensaje.

—Llámame. Es hora de que me lo cuentes todo. Ya no puedes seguir escondiéndote.

Henrik alzó una ceja sin entender.

Jerónimo apretó los labios y pulsó el siguiente.

—Muy bien, Christian. Otra vez el móvil apagado. ¿Sabes qué? Llámame cuando tengas valor. Porque yo ya no tengo más paciencia.

Madsen se acercó en silencio.

Siguió el siguiente mensaje.

—¿Dónde estás? Estoy harto de esta mierda. Necesito respuestas, Christian. Ya. No después. No cuando te venga bien. Ahora.

Henrik lo miró de reojo. Jerónimo dudó antes de pulsar el cuarto.

—¿De verdad vas a dejarme solo en esto? ¿Después de todo? Me debes la verdad. Me la debes. Llámame, por lo que más quieras.

Jerónimo se detuvo un segundo. Tragó saliva y pulsó el último mensaje.

—No sé si estás huyendo o si te pasa algo… Pero no puedo más. Dímelo todo, Christian. Dímelo de una vez. Llámame. Por favor. Estoy entrando en el avión. Llegaré a Copenhague en unas horas. Tenemos que hablar.

Henrik desvió la mirada hacia el teléfono y luego a Jerónimo.

—¿Esto es lo que le envió?

Jerónimo asintió.

—Yo le mandé esos mensajes antes de volar. No sé por qué, pero me los ha devuelto todos ahora.

—¿Cómo que se los ha devuelto?

—Ha pulsado reenviar. O los ha reenviado como si fuera su respuesta.

—¿Sin ningún comentario?

—Nada.

Madsen se aclaró la garganta.

—¿Cómo interpreta eso?

Bajó la vista, como si la respuesta estuviera escrita en el suelo.

—No lo sé —dijo Jerónimo—. No lo sé…

Henrik tomó aire.

Un nuevo mensaje apareció en la pantalla. Jerónimo lo vio como si tardara unos segundos en comprenderlo. Era un enlace. Y una hora.

https://www.dangleterre.com/en/dining

19:30

Henrik y Madsen se inclinaron al mismo tiempo sobre su hombro.

—¿Qué es eso? —preguntó Henrik, ladeando la cabeza.

Jerónimo alzó el teléfono.

—Es el restaurante del Hotel D’Angleterre.

—Lo conozco. Creo que quiere que se encuentren. No puedo obligarle a ir… pero sé que irá. Y si va, quiero que lo haga bajo nuestras condiciones. Tendrá libertad para moverse, pero estará vigilado. Si Christian aparece, intervendremos. Si no, quizá eso también diga algo.

Jerónimo reflexionó. Se pasó la mano por la barba, ahora descuidada en estos días. ¿Había defendido a un amigo o encubierto a un asesino? ¿Había sido leal o cobarde? No era solo el miedo a lo que encontraría. Era el miedo a que Christian sí apareciera.

—Está bien, pero quiero hablar con Christian primero. ¿Me conceden media hora?

Henrik y Madsen intercambiaron una mirada.

—Veinte minutos —dijo Henrik finalmente.

Jerónimo asintió y, sin más, volvió a marcar el número de Christian. La pantalla permaneció muda. Móvil apagado. Negó con la cabeza.

—Nada. Sigue apagado.

Probó con otro número. Philip respondió casi al instante con voz urgente:

—¿Estás con Christian?

—No —dijo Jerónimo—. No sé dónde está y tiene el móvil apagado.

Entonces Henrik se acercó y se llevó un dedo a los labios, pidiéndole silencio.

Jerónimo lo entendió.

—Este hombre tiene el arte de desaparecer —murmuró Philip al otro lado de la línea.

Jerónimo colgó.

—¿Puedo llamar a mi pareja?

—Más tarde —respondió Henrik—. Es crucial que nadie sepa lo que está pasando. No sabemos si Christian volverá a contactar o con quién.

El zumbido en su bolsillo volvió a sonar. Otro mensaje. Y por primera vez en días, Jerónimo deseó de verdad que Christian no contestara jamás.

Había recibido una foto enviada por Erik. Sin texto ni mensaje de voz. Era una foto de su casa en Essex. Erik no necesitaba decir más. Jerónimo sintió por primera vez que quería salir corriendo de esa historia, pero estaba demasiado dentro de ese agujero como para escapar.