Capítulo 44
Allí, en medio del Ártico, Christian sintió que había llegado al borde de algo.
Cuando John McCabe miró las fotos, su rostro se transformó al instante. No pudo ocultar su sorpresa. Pasó el dedo índice por la imagen, recorriendo las curvas de la mujer desnuda.
—Clarissa... —tragó saliva, apretando la mandíbula mientras fijaba su mirada en Christian—. Saber la verdad no te servirá de nada.
—Déjame que eso lo juzgue yo. Esto no tiene nada que ver con Pinochet y su puñetera extradición. ¿Verdad? —Señaló con el dedo al hombre que estaba en pleno clímax sexual—. Me da pudor verte tan joven y tan... fogoso.
—Se llamaba Clarissa. Hija de madre polaca y padre ruso.
Nunca supe lo que era enamorarme de alguien hasta que la conocí en una gala.
Me ignoró durante horas para luego acercarse y me dijo, con esos ojos que me hacían temblar: «Sé quién eres y no me asusta».
Y así empezó lo imposible. Su marido —eso lo supe después— era senador.
Republicano. Un hombre influyente, pero también un bastardo posesivo y cruel.
Ella estaba atrapada. Y yo... yo era un iluso con una placa del servicio secreto y una debilidad que no podía permitirme.
Durante casi un año, vivimos al borde de un abismo que no podía durar.
El carrete... era nuestra condena. Una cámara escondida en un maletín diplomático.
Nos tendieron una trampa. Nadie debía saber que esas fotos existían.
El carrete llegó a manos de Teodoro Montenegro.
Ya había recibido una oferta y esperaba hacer la transacción.
Me vi obligado a activar un protocolo encubierto: enviar a dos agentes no rastreables a recuperar el carrete.
Sí, Christian. Sabía lo vuestro. Lo supe cuando te vi guardar una bolsa de deporte del Arsenal en el maletero de tu coche la noche de nuestra reunión.
Sabía que no podía ser tuya. Cuando Adrian y tú os reunisteis conmigo antes de volar a Valencia, pude leer en vosotros que había algo más.
Fue una misión a título particular, pero eso no lo sabíais.
Si descubrían lo mío con Clarissa, no solo habría sido expulsado de la organización, sino que la habría puesto en un gran peligro, y eso no me lo habría perdonado.
—Por eso no me echó a mí cuando se enteró de lo mío con Adrian.
—Yo violé las normas primero. Hubiera sido muy hipócrita por mi parte. Pero también fui práctico. Y lo admito, tenía miedo. De perderla. De perderlo todo. Os puse a los dos en la línea de fuego para limpiar mi nombre y proteger a la única persona que me hizo sentir algo mágico en esta vida.
—¿Dónde está esa Clarissa ahora?
—En el cementerio. La asesinaron unos meses más tarde durante unas vacaciones con su marido. Solo él estuvo de testigo y salió absuelto. Él también murió poco después y te aseguro que su muerte fue más lenta y dolorosa.
—Venganza.
—¿No es eso por lo que estás aquí? ¿Te sientes mejor ahora que sabes la verdad?
Christian se quedó inmóvil. Durante unos segundos, no dijo nada. Solo lo miró. Como si intentara decidir entre romperle la mandíbula o abrazarlo para no derrumbarse.
—Así que era por ella —murmuró al fin, con una voz que parecía la de otro—. Todo esto... todo lo que pasó en Valencia. Adrian... fue por tu maldito romance de película barata.
John abrió la boca, pero Christian levantó una mano. No para golpearlo, aunque lo deseaba. Sino para detenerlo.
—¿Sabes qué es lo peor, John? —dijo con los dientes apretados—.
Que tú ya sabías lo que sentíamos el uno por el otro.
Que nos mentiste. Que pusiste a Adrian en esa misión como si fuera una pieza desechable de tu tablero.
Y a mí, como al imbécil que no debía entender nada.
—Se giró con brusquedad—. Y lo entendí. ¿Sabes cuándo?
Cuando estaba en ese club de chaperos en Valencia, vigilando a Teo, Adrian me dijo por el auricular: «No me arrepiento de haberte conocido».
Esas fueron sus últimas palabras. Esa noche supe que se estaba despidiendo.
Que había una razón más grande detrás. Pero jamás imaginé que esa razón eras tú.
Que el hombre al que él respetaba, el hombre al que yo obedecía, nos estaba usando como carnaza para proteger su imagen. Tu jodida reputación.
La voz se quebró un instante. Un instante apenas. Christian se obligó a respirar por la nariz y a no parpadear. A seguir hablando.
—¿Y para qué? ¿Para salvar a Clarissa? ¿A ti mismo?
—Era más complicado que eso —empezó John, pero Christian lo cortó.
—¡Todo es más complicado cuando el que muere no eres tú!
Adrian lo dejó todo por mí. Su hija. Su mujer.
Su nombre. ¿Y tú lo mandaste directo al matadero por un puto un carrete?
—Dio un paso hacia él. La rabia ya no era solo por Adrian.
Era por los años, por las mentiras, por el dolor no dicho—.
¿Sabes qué es lo que no voy a perdonarte nunca?
Que me hiciste creer que su muerte fue culpa mía.
Que fallé. Que no lo protegí. Que si hubiera actuado antes, tal vez...
tal vez... —La voz se apagó. Solo quedó la respiración agitada.
John, por primera vez en mucho tiempo, parecía no tener nada que decir.
—Tú eras su comandante, John. Y también eras el mío. Y nos usaste a los dos como peones para limpiar tu mierda. Nunca más —dijo con voz grave y seca—. Nunca más vuelvas a decir su nombre si no estás dispuesto a pedir perdón de rodillas.
Y entonces se quedó allí, de espaldas, el viento congelado arremetiendo contra la ventana, como si ni siquiera aquel desierto blanco de Groenlandia pudiera enfriar lo que acababa de despertar en él.
John tiró el bastón al suelo y abrió las palmas de las manos:
—Mátame. —El viejo excomandante tenía los ojos clavados en él, sin un ápice de miedo. Ni arrogancia. Ni resignación—. Vamos, hazlo. Tienes todos los motivos. Has esperado años para esto. Dale sentido a todo tu dolor —insistió, casi con ternura.
Como si le estuviera ofreciendo una salida. Una redención. Un descanso.
Christian se acercó. Despacio. Paso a paso. Hasta quedar tan cerca que pudo oler el aliento rancio del exsoldado. Lo agarró del cuello.
John no opuso resistencia.
Christian sentía. Rabia. Pérdida. Amor. Asco.
Todo a la vez. Apretó la mandíbula al mismo tiempo que presionaba el cuello de John.
Y entonces lo vio. Vio al hombre que había besado su frente en la nieve.
Vio al jefe que lo había llamado «mi mejor agente» después de enviarlo al infierno.
Vio al traidor. Al cobarde. Al viejo enamorado que había sacrificado dos vidas para proteger un recuerdo.
Y comprendió algo. Matarlo sería demasiado generoso.
—No —susurró. Apartó las manos despacio.
Christian se inclinó levemente hacia él, los ojos entornados como cuchillas—.
Te queda una sola misión, comandante —escupió—.
Morirte despacio. Esa es mi venganza. Dejarte vivir.
Dejar que cada célula podrida de tu cuerpo devore a la siguiente.
Viendo cómo tu cuerpo se pudre. Que tengas tiempo de sobra para pensar en Clarissa.
En Adrian. En mí. Y en todo lo que destruiste por cobarde.
Se giró sobre sus talones y comenzó a alejarse. Dejó la base y subió al convoy, el metal helado de la carrocería pegándosele a los guantes. Los motores rugían contra el silencio blanco. A lo lejos, la pista de aterrizaje se recortaba entre hangares y antenas cubiertas de escarcha.
El viento silbaba. La base quedaba atrás. Y en medio de esa vastedad blanca, Christian se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, la sombra del pasado ya no pesaba.
Se había perdonado por la muerte de Adrian.