Capítulo 43
Jerónimo vino buscando a Christian, pero ahora se encontraba en la comisaría de Vesterbro, en una sala de interrogatorios forrada de un gris aséptico.
Solo una mesa rectangular de melamina ocupaba el centro con tres sillas grises de plástico duro.
Se sentó erguido, forzando la espalda recta y las manos sobre la mesa y el abrigo aún mojado colgando del respaldo.
La luz blanca caía como un foco de quirófano.
No había espejo. Solo una cámara en la esquina, parpadeando en rojo.
El silencio en la sala era tan denso que Jerónimo oía el zumbido de la cámara de seguridad al grabar.
Notó una gota de sudor bajando por su espalda, pegándole la camiseta al cuerpo.
Henrik entró con una carpeta gris y una botella de agua.
—Gracias por su paciencia.
—Claro.
El agente se sentó frente a él. Dejó la carpeta sobre la mesa, sin abrirla aún.
—Antes de empezar, debe saber que esta conversación está siendo grabada. No está detenido ni acusado de ningún delito. Está aquí en calidad de testigo, pero necesitamos que sea completamente sincero.
—Entendido —dijo Jerónimo con una voz más firme de lo que sentía.
—Gracias por su colaboración. Esto es solo una conversación preliminar. Estamos investigando una muerte violenta. Su testimonio podría ser importante.
Él asintió.
—¿El cuerpo es el de Mikkel?
—Lo es.
—¿Y Christian? ¿Está bien?
El policía se volvió hacia su compañero, que abrió un portátil y giró la pantalla hacia Jerónimo. Una grabación de cámara corporal empezó a reproducirse. La imagen temblaba ligeramente. Se veía a un hombre elegante, visiblemente alterado, saliendo de la tienda.
—¡¿Es que no lo oyen?! Llamé hace ya un rato y ahora vienen… ¡Bravo, de verdad!
Jerónimo contuvo la respiración. Su tono, su forma de hablar, la expresión en el rostro…
—¿Reconoce a esta persona?
—Es Christian —dijo Jerónimo en voz baja.
—La cámara corporal del agente registró toda la intervención —dijo Henrik—. El vídeo fue archivado automáticamente. Parece que su amigo estaba dentro del local poco antes de que llegáramos.
Henrik cerró el portátil con suavidad y volvió a la carpeta.
—¿Podemos empezar?
Jerónimo asintió, más rígido esta vez.
—Adelante.
Él abrió la carpeta. Sacó una fotografía de tamaño A4 y la deslizó sobre la mesa.
—Nuestro equipo acaba de revelar este material. ¿Reconoce a esta persona?
Jerónimo se quedó sin aire. Incluso a través del papel satinado, juraría percibir el olor metálico de la sangre. Se llevó una mano a la boca.
—Mikkel —susurró.
La imagen mostraba el cuerpo suspendido en el aire con las piernas sujetas por un columpio sexual, el torso desnudo y la cabeza ladeada.
—Fue ejecutado con un instrumento muy afilado. Un bisturí o una hoja quirúrgica. Corte limpio. Preciso. Tráquea, carótidas, yugular. Todo en una sola acción. Estamos esperando el informe forense. ¿Le resulta familiar este tipo de incisión?
—No —negó casi ofendido, aunque por dentro su mente chillaba «sí». Tragó saliva—. ¿Familiar en qué sentido?
—Usted mencionó antes que su amigo, Christian, está relacionado con Mikkel. ¿Sabe si tenían cuentas pendientes?
—No. No que yo sepa.
Henrik levantó la vista por primera vez desde la carpeta.
—¿Sabe si Christian tiene formación médica, militar o quirúrgica?
Jerónimo parpadeó.
—Christian no es médico —respondió—. Es tripulante de cabina. Jubilado.
Recordó lo que Mikkel le había dicho en otra ocasión: que Christian «tenía un don para hacer desaparecer gente». Que había trabajado en entornos que ni él mismo podía contar. El miedo se deslizó por la espina dorsal como una gota helada.
Henrik deslizó una segunda imagen. El cuerpo de Mikkel aparecía parcialmente cubierto por un plástico translúcido. En el pecho, escrito con trazo grueso y negro, un número:
—Tres —dijo Henrik—. Igual que en otros dos casos anteriores.
—¿Qué significa eso?
—Aún no lo sabemos. Pero apareció en dos cuerpos más el año pasado. En otra parte de Europa.
Jerónimo se llevó las manos a la boca. La habitación pareció encogerse.
La luz blanca cayó sobre la fotografía, rebotando en el papel satinado y acentuando la nitidez brutal de aquella atrocidad congelada en el tiempo.
La incisión. La misma que la de Teodoro Montenegro.
La misma que la de los traficantes de órganos en Londres.
—¿Se encuentra bien?
—Un poco mareado.
Un repentino vértigo lo arrastró como si la gravedad se inclinara hacia un abismo.
Había temido muchas cosas. Pero nunca esto.
Nunca que Christian pudiera estar matando de forma sistemática.
¿Quién era su amigo realmente? Su espalda, antes rígida, se dobló bajo el peso de la verdad. ¿Tan ciego había estado?
Henrik lo observó en silencio.
—Tenemos que atraparlo. ¿Estaría dispuesto a colaborar con nosotros?