Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 42
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Capítulo 42

Durante las tres horas de vuelo, el avión sobrevoló un paisaje blanco e infinito.

Al aterrizar, un silencio abrumador lo envolvió.

Nunca pensó que regresaría. Un convoy militar lo recogió en la pista, con destino a la base más septentrional de Estados Unidos: Thule.

No hubo preguntas. Oficialmente, era una estación aérea para comunicaciones árticas.

Extraoficialmente, un enclave heredado de la Guerra Fría, aún activo en el corazón de Groenlandia.

Radares de alerta temprana, satélites de vigilancia y cables submarinos protegidos formaban un anillo invisible de seguridad.

Desde allí, Estados Unidos vigilaba el cielo como si esperara el Apocalipsis.

En su interior convivían soldados, científicos y «civiles» como McCabe, un nombre que nunca aparecía en ninguna nómina.

Lo guiaron por un pasillo sin ventanas, flanqueado por puertas de acero. El aire olía a queroseno y metal oxidado.

—Está recibiendo tratamiento —dijo el soldado al llegar al fondo—. Viene cuando el dolor es demasiado fuerte.

Abrió sin llamar y entraron en el pasillo de la enfermería.

Christian no entendió aquella afirmación.

La última vez que lo vio fue en Ilulissat, hace apenas dos semanas, pero le parecía otra vida.

McCabe yacía boca abajo en la nieve, maniatado y amordazado, víctima del mismo juego de caza que Natalia había orquestado para atrapar y matar a Christian por venganza.

En la despedida, McCabe, aquel viejo exsoldado hosco y cojo que nunca mostraba una grieta emocional, se acercó sin una palabra y le dio un beso en la frente, como era tradición en la organización.

Acordaron que lo mejor era que no los vieran juntos.

Desde entonces, Christian no había vuelto a tener noticias suyas. Hasta ahora.

Una enfermera americana lo miró con recelo cuando pronunció el nombre: John McCabe. Luego señaló la puerta al fondo con el mentón.

Christian tocó antes de entrar. Allí encontró a John McCabe semitumbado en la camilla con un gotero.

Parecía que había envejecido en esas dos semanas.

Su piel, antes curtida por el viento ártico y el humo de cigarro, ahora era cera arrugada sobre un mapa de venas.

Pero sus ojos, esos ojos grises, fríos como cuchillas, seguían intactos.

—No deberías haber venido hasta aquí —le dijo con voz ronca.

—¿Esa es tu forma de darme la bienvenida?

John chasqueó la lengua. Christian continuó.

—No me diste otra opción. Mi mensaje fue muy claro: ha habido una filtración de información confidencial y unos documentos han aparecido en el trastero de esa mujer trastornada en Londres.

John se incorporó y apoyó la espalda en la pared.

—Pues has perdido el tiempo. Y créeme, estoy aprendiendo mucho de ese concepto.

—No entiendo.

—¿No ves dónde estoy? Quimioterapia. Me estoy muriendo, Christian. Pero no como tú crees. —Soltó un suspiro seco, casi un bufido—. Un tumor. Cáncer de próstata con metástasis en la columna. Poético, ¿no?

Christian se quedó de pie, sin saber si acercarse o mantenerse firme.

—¿Cuándo lo supiste?

—Demasiado tarde como para pelear. —Clavó los ojos en él, como si eso bastara para mantenerlo a raya—. No iba a decírtelo. Ni a ti ni a nadie. Pero ya no me queda tiempo para dignidades falsas.

Christian ladeó la cabeza. Había una mezcla de compasión y reproche en su expresión.

—¿Por eso no te pusiste en contacto conmigo después de mi llamada de auxilio? Hace dos semanas…

—Hace dos semanas la situación era diferente. Pero no, no fue por eso. Aún puedo moverme.

—¿Entonces?

—Porque los dos, Christian, estamos sentenciados a muerte.

Tosió y se limpió la boca con un pañuelo de tela blanco con un ribete azul.

—¿De qué estás hablando?

John lo examinó como si evaluara qué responder, pero se limitó a decir:

—Pásame el bastón. Vamos a dar un paseo.

El bastón, con la cabeza de león tallada, descansaba apoyado contra la mesilla como una reliquia olvidada.

Christian se lo dio. John se arrancó la aguja del gotero con un gesto rápido y se apoyó en él.

Caminaron por un pasillo largo, de paredes revestidas en metal blanco, donde se podía oír el rumor lejano de un generador.

Al fondo, una compuerta sellada. John introdujo un código.

—Este era mi lugar favorito. Ya nadie lo usa.

Abrieron la puerta. Una sala estrecha, con ventanas gruesas como escudos y una vista absurda al desierto blanco.

Fuera, el mundo parecía suspendido en una dimensión paralela, blanca y desierta.

Bajo aquella luz lechosa, la base parecía un decorado de otro planeta, uno donde el tiempo y el sonido se habían disuelto.

Al fondo, el fiordo cortaba el hielo como una herida antigua, congelada pero aún abierta.

Christian se sentó al lado de John McCabe.

—He venido por tres razones.

—¿Tres? —repitió con cierta ironía—. Quieres saber qué hacía el informe de tu misión en Valencia en manos de Natalia.

—No fue solo mi misión. Fue la de Adrian también.

—La respuesta es que no lo sé. Ni siquiera yo tengo una copia.

—¿Alguna idea? —insistió Christian, sin llegar a creerse la afirmación de su jefe.

—Eso sí. Siempre he sido un hombre de ideas y recursos.

—Soy todo oídos.

—Es obvio que alguien está comercializando con la información de la organización.

Con la identidad de sus miembros. Natalia encontró ese informe.

No por casualidad. Alguien se lo vendió.

Tal vez ni siquiera sabían quién era ella.

Tal vez sí. Está ya muerta, así que da igual.

Lo importante es que ese informe le dio una narrativa.

Le puso nombre al fantasma que la había perseguido toda su vida: tú.

Desde ese momento, pasaste a ser su presa.

Su cruzada. No descansó hasta convertirla en justicia. O en lo que ella entendía por justicia.

—¿Por qué alguien querría entregar esa información? ¿Qué ganan?

—¿Dinero? ¿Poder? ¿Inmunidad? No lo sé, Christian.

—Así que estamos solos —murmuró.

—Siempre lo estuvimos —dijo John—. Lo que pasa es que ahora lo sabes.

—¿Y qué tiene que ver Mikkel en esto?

John levantó una ceja.

—¿Quién?

—Mikkel está muerto.

—¿Mikkel? ¿Ese danés extravagante dueño de un sex shop en Copenhague? Pasé una vez y tenía más juguetes que una tienda de Navidad.

—Era leal. Y también era mi amigo.

—Sabía dónde se metía.

—Ni siquiera pertenecía a la organización, pero alguien supo de su identidad. ¿Cómo es posible? John, responde.

—No lo sé.

Un silencio denso llenó la sala. McCabe desvió la mirada hacia una ventana para contemplar el radar de la base, un ojo blanco observando más allá del cielo. Luego, se dio la vuelta.

—¿Fue limpio?

—Fue una ejecución. Alguien replicó nuestro método. El que ejecuté en el Hospital St. Mary. Exacto. El mismo.

McCabe suspiró.

—¿Qué sabes? —insistió Christian con tono firme.

—¿Quieres que te diga quién fue? ¿Quién filtró? ¿Quién cobró? No lo sé. Pero ahora que lo sabes, comprendes lo que significa.

Christian asintió.

—Yo seré el siguiente.

John McCabe imitó el gesto.

—No puedo darte protección.

—¿Cuántos son?

John hizo una mueca.

—No seas ridículo. No conozco sus identidades, pero no puedes hacer nada. Es cuestión de tiempo. Siento que todo termine de esta forma.

—Por eso no te pusiste en contacto conmigo tras mi llamada.

John McCabe asintió una vez, lento.

—Ya te he contestado a la segunda razón de tu visita. ¿Cuál es la tercera?

—La tercera es la razón por la que quiero matarte. Con mis propias manos. Se quitó los guantes con lentitud; los dedos entumecidos no solo por el frío.

McCabe tensó la mandíbula y movió el bastón apenas un centímetro, como si estuviera midiendo la distancia. No respondió.

Christian metió la mano en el abrigo y sacó las únicas dos fotos que pudieron salvarse del carrete. Las dejó caer sobre la mesa.

—Quiero que me expliques la muerte de Adrian.