Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 41
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Capítulo 41

Lo último que esperaba Jerónimo era encontrar un cordón policial frente al sex shop de Mikkel, en plena Istedgade.

Las luces de neón del local, a pesar de la lluvia, seguían parpadeando, ajenas a la situación.

Sorteó una bicicleta oxidada encajada contra la fachada de ladrillo gris.

En el quiosco vecino, los banderines con cruces danesas rojas sobre fondo blanco ondeaban con pereza, empapados de llovizna.

Varios agentes uniformados conversaban frente al local.

La cinta de «POLITI» cortaba el paso, y tras ella se amontonaban curiosos: algunos con paraguas, otros inmóviles bajo la lluvia.

Se detuvo en seco. Por un segundo, el sonido de la lluvia pareció desaparecer. Algo iba mal. Muy mal.

Un agente, joven y rubio, lo interceptó apenas dio un paso más allá del cordón.

— Kan jeg hjælpe dig? —preguntó.

—Me preguntaba qué ha ocurrido —respondió Jerónimo en danés—. Esta tienda… vengo buscando a alguien.

El policía lo estudió durante unos segundos antes de contestar:

—Ha habido un incidente. ¿A quién busca?

—Un conocido.

—¿Nombre?

—Christian. No sé si ha pasado por aquí.

—¿Y qué relación tiene con el local?

—Creo que conoce al dueño. Mikkel.

En ese instante, las puertas del sex shop se abrieron y dos sanitarios empujaron una camilla con una bolsa negra con cremallera. La lluvia repiqueteaba sobre el plástico oscuro mientras los curiosos murmuraban.

Jerónimo dio un paso atrás. La camilla fue introducida en una ambulancia. Algo en su pecho se encogió, como si una mano invisible le apretara las costillas. Sin apartar la vista, murmuró:

—Tendría que estar aquí. Es alto, rubio, viste elegante, siempre con abrigo largo. Tiene un reloj caro. A veces lleva una flor en la solapa —añadió, casi con vergüenza, como si recordara algo ridículo e íntimo.

El agente se acercó más.

—¿Cómo se llama?

—Jerónimo.

—¿Eres familiar de la víctima?

—¿Qué víctima? —tartamudeó.

—¿Podría acompañarme un momento? —dijo el policía.

—¿Perdone?

—Solo unas preguntas. Es un simple protocolo.

—¿Por qué yo? Hay más gente aquí —preguntó.

—Porque conoce al dueño —respondió. Alzó la mano e hizo una señal a un compañero que se aproximó—. Solo serán unos minutos. Le haremos unas preguntas rápidas.

—Está bien. —Respiró hondo.

—¿Cuándo fue la última vez que estuvo en la tienda?

—No, no. Acabo de llegar de Londres.

—¿Tiene pruebas de eso?

—Sí. Bueno, el billete electrónico en mi móvil.

—Si no le importa, espere ahí. No tardaremos mucho. Es solo para dejar constancia de lo que sabe.

Jerónimo asintió y se arrimó a la fachada, justo bajo un saliente de piedra. Se sacudió el agua de las mangas con movimientos nerviosos.

La cinta policial seguía ondeando como una advertencia. El agente regresó al cabo de unos minutos con un bloc y otro policía, de mayor edad y expresión más grave.

—Mi nombre es Henrik Dahl, y este es mi compañero Madsen. Nos gustaría hacerle unas preguntas. ¿Está de acuerdo?

—Sí, claro —respondió Jerónimo, secándose las manos en los bolsillos del abrigo.

—¿Puede confirmar que ha llegado hoy a Dinamarca?

—Sí. Desde Londres. Vuelo de EasyJet, aterrizaje esta mañana. Tengo el billete electrónico y el pasaporte si hace falta.

—¿Y vino directamente aquí?

—Sí. Vine a ver a un amigo.

—¿Mikkel, el dueño del sex shop ?

—No. A Christian. Mikkel era… es… conocido suyo.

Henrik frunció el ceño.

—¿Quién se lo dijo?

—Él mismo —mintió—. Hace unos días.

—¿Dónde vive ese Christian?

—En Londres.

Los agentes intercambiaron una mirada rápida. Henrik prosiguió con un tono más neutro.

—¿Y para qué ha venido a Copenhague?

—Es danés —respondió Jerónimo, y añadió de inmediato—. Yo no, como ya habrán notado, pero viví aquí durante años. Suelo venir siempre que puedo. Pensé que le haría ilusión verme, pero parece que la sorpresa me la estoy llevando yo.

El agente Madsen se acercó un poco más.

—Entendemos que acaba de llegar y que esto puede parecerle excesivo. Pero hay detalles que necesitamos confirmar. ¿Le importaría acompañarnos a comisaría para una declaración más formal?

Jerónimo tragó saliva. La palabra «comisaría» le sonó más grave en danés que en cualquier otro idioma.

—¿Estoy detenido?

—No —dijo Henrik enseguida—. No está acusado de nada. Pero su testimonio podría ser relevante. Podría ayudarnos a localizar a su amigo Christian, si no sabe dónde está.

El silencio pesó unos segundos.

Jerónimo echó un vistazo al sex shop , hacia los neones ahora apagados, y luego de nuevo al rostro inexpresivo de Henrik.

—Por supuesto —dijo al fin.

—¿Lleva algún objeto metálico, electrónico o cortante? —Henrik sacó una bolsa de plástico transparente—. Por seguridad, ¿puede vaciar sus bolsillos? Es algo rutinario.

Jerónimo tensó la mandíbula antes de obedecer y metió el móvil, la cartera, unos chicles y las llaves de su casa.

Los dos agentes no dijeron nada. Luego, lo invitaron a subir al coche patrulla. La lluvia caía con más fuerza ahora, tamborileando sobre el techo del vehículo mientras se alejaban de Istedgade y de la escena del crimen.