Capítulo 40
Uno de los recuerdos más hermosos que Christian guardaba de Copenhague eran los largos paseos por los lagos. A veces, los hacía con Mikkel, pero muchas otras los disfrutaba en soledad. Eran otros tiempos y otras preocupaciones.
Se sentó en un banco frente al lago Peblinge. La llovizna había empapado su abrigo, pero no se movió. Tenía las manos hundidas en los bolsillos y el cuello tenso. El agua gris, inmóvil, parecía observarlo con la misma indiferencia con la que la ciudad ignoraba su presencia.
Mikkel había sido asesinado de forma brutal.
Apretó los dientes y sintió ardor en las mejillas. No era tristeza; era rabia. Una rabia sucia y viscosa, que ardía sin oxígeno.
Miró su reloj. El técnico de la tienda de revelado le había prometido el carrete en una hora, aunque no garantizaba nada: el carrete era viejo y era probable que ya estuviera inservible.
Christian pagó el doble por adelantado.
—Lo encontré en casa de mi padre —dijo—. Solo tengo curiosidad.
Cerró los ojos y vio a Mikkel de nuevo, riendo en la barra de Centralhjørnet, aquella noche en la que se reencontraron por los azares de la vida, recordando como de niños jugaban en el jardín de sus abuelos mientras la madre de Mikkel limpiaba la casa.
Desde entonces, Mikkel se había convertido en un colaborador que no hacía preguntas: ni sobre los sobres, ni sobre los nombres ni sobre los riesgos.
Solo aceptaba el dinero y cumplía con lo pactado.
Nunca formó parte de la organización; solo Christian y su jefe John McCabe conocían su identidad.
Sin embargo, alguien más la había descubierto.
Ese carrete no había llegado a Natalia por azar.
Si ella lo tenía, era porque alguien desde dentro lo había movido.
En la organización, nadie debía conocer a nadie salvo en operaciones compartidas.
Esa era la regla: la promesa de invisibilidad.
Entonces, ¿cómo sabían quién era Mikkel?
¿Quién estaba vendiendo nombres? ¿Quién estaba desenterrando identidades que llevaban veinte años muertas?
Lo peor no era que lo hubieran encontrado, sino cómo lo habían ejecutado.
Reconocía el método; así había muerto Teodoro Montenegro.
A puñaladas y luego, un corte limpio en la garganta.
Igual que a los traficantes de órganos en el Hospital St. Mary de Londres.
El mismo corte quirúrgico que Christian había aprendido años atrás, el mismo que usaron con Mikkel.
No fue un robo ni un ajuste de cuentas; fue una ejecución.
Y si conocían a Mikkel, conocían a Christian.
Su mente volvió a la misión en Valencia, donde murió su amado Adrian, en la oficina mugrienta de Teo, con Jerónimo huyendo sin saber nada.
Todo estaba conectado.
Se levantó del banco y se dirigió a la tienda de revelado. Había pasado la hora. El técnico salió del cuarto oscuro.
—Solo he podido salvar dos fotos. El resto es imposible.
Christian se acercó al mostrador. Las imágenes iban apareciendo una a una, reveladas como secretos al descubierto. Y entonces lo vio. Después de veinte años, todo cobraba sentido y lo que descubrió lo cambió todo. Absolutamente todo en lo que creía. Y al mismo tiempo, todo se rompía.
Guardó las fotos en el abrigo.
—Olvide que estuve aquí.
Dejó un par de billetes más sobre el mostrador y salió.
El cielo se había teñido de un gris azulado.
El día comenzaba y con él, una nueva decisión.
No regresaba a Londres; viajaba a Groenlandia, a un lugar que no pisaba desde hacía muchos, muchos años.
A la boca del lobo. Y nadie debía saberlo, ni siquiera Philip.
Si John no daba señales de vida, tenía que saber por qué.