Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 39
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Capítulo 39

Volvió a llover en Londres. Nada nuevo. Pero esta vez, Jeronimo no lo sintió en la piel, sino en el pecho, como si cada gota le pesara por dentro. Había zarandeado a Philip y le había gritado. El golpe de la taza al romperse seguía resonando en su cabeza, seco y hueco.

Christian se había llevado esas fotos del trastero sin decirle nada, como si su versión de la historia necesitara protegerse con una mentira.

Y, sin embargo, Philip tenía razón en algo: Christian lo había protegido, lo había salvado aquella noche y lo había ayudado a escapar.

Pero también había construido una versión manipulada del pasado, en la que Jerónimo cargaba con una culpa.

La culpa de haber matado a Teodoro en un momento de enajenación mental provocado por las drogas y el miedo.

Todo mentira.

Cruzó la calle y se detuvo a buscar en el móvil vuelos a Copenhague. El próximo salía de Gatwick en dos horas. Si se daba prisa, llegaría a tiempo.

Durante los minutos que tardó en llegar a la estación, llamó a Christian un total de cinco veces. El móvil estaba siempre apagado, y Jerónimo dejaba el mismo mensaje de voz en el WhatsApp :

—Llámame. Es hora de que me lo cuentes todo.

Así que supuso que si su teléfono estaba apagado para él, también lo estaría para Philip. Entonces vibró el móvil con una llamada entrante. El nombre de Erik iluminó la pantalla. Se quedó quieto, sin responder. Llamada perdida.

Se guardó el móvil y echó a caminar con prisa. Lo llamaría cuando llegara al aeropuerto, en algún lugar tranquilo. Desde luego, no podía decirle que estaba en Londres. No, ahora que se dirigía a Copenhague.

La verdad era que lo echaba de menos. Solo quería que todo esto terminara y poder centrarse en su futuro con él. Le contaría que todo iba bien por Valencia, pero el móvil volvió a sonar. Lo cogió como si pudiera silenciarlo con las manos, pero siguió insistiendo.

Mierda.

Se detuvo y se colocó detrás de una columna de la estación de North Greenwich.

Respiró hondo.

—¿Sí?

—Sé dónde estás. Y quiero que vuelvas a casa —dijo Erik, directo—. Ahora.

Jerónimo apoyó la frente contra la fría columna de la estación y cerró los ojos un instante.

—¿Has hablado con Philip?

—Está preocupado. Y yo también.

—¿Preocupado por quién? ¿Por el pobre Christian?

—¿Jero…? ¿Desde cuándo hablas así de tu amigo?

—Si supieras…

—Pues dímelo. Vuelve y me lo cuentas.

—No puedo.

—¿No me lo vas a contar?

—Cuando regrese.

—No vas a ir —dijo Erik, levantando de pronto la voz—. Esta vez, no. Esta vez, vas a hacer lo que yo te diga.

Jerónimo sintió que algo dentro de él se partía en dos.

—Erik, estoy tan cerca de la verdad que no puedo dejar que se escape esta vez.

—De lo que estás cerca es de caer en un abismo. ¿Tú te oyes? No suenas tú.

—No, Erik. Esta vez, voy a hacer lo que me dicta el corazón.

—¿Y el corazón no te pide que vuelvas conmigo?

—No me refiero a eso.

—Pero yo sí.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

Erik esperaba una respuesta. Jerónimo recordó la mañana en que llegó a casa casi de madrugada con una bolsa de dónuts para desayunar.

El murmullo de Sherlock bajo la mesa. La calidez de Erik, despeinado, descalzo, con voz ronca y ojos aún llenos de sueño.

Luego vino la confesión. Le habló del club, del chantaje, del asesinato.

Y Erik… no huyó. No lo juzgó. Se limitó a escucharlo, sostenerle la mano y decirle que estaría allí, que confiaba en él. Después vino el beso.

—¿Quieres que lo formalicemos?

—¿Me estás pidiendo matrimonio?

—Solo si tú quieres.

Volvió al presente. Creyó oír todavía la respiración de Erik al otro lado de la línea.

—Erik… —susurró— te quiero más que nada en este mundo…

Y solo entonces notó un pitido de fondo, largo y vacío. Erik no estaba al otro lado. La llamada se había cortado hacía un rato. Apretó los puños y gritó, tan fuerte que la gente a su alrededor aminoró el paso, observándolo con recelo.

Intentó recomponerse, tragó con esfuerzo y se pasó las manos por la cara. Luego bajó las escaleras mecánicas al interior de la estación, con la mirada fija en el suelo. Tenía que ir a Copenhague sí o sí.