Capítulo 38
El avión aterrizó con un golpe seco sobre la pista mojada de Kastrup.
Eran pasadas las siete de la mañana y Copenhague despertaba bajo una llovizna fina y constante, de esas que no empapan, pero se infiltran en los huesos.
Nada más bajar del avión, Christian volvió a llamar a Mikkel.
El móvil seguía apagado. Cruzó el control de pasaportes y se subió a un taxi.
— Til Vesterbro, tak —ordenó.
Veinte minutos más tarde, el taxi atravesó un atasco en el puente de Amager y llegó a Istedgade. Christian pagó y bajó del taxi.
Boutiques de diseño se mezclaban con sex shops decrépitos, cafeterías hipster junto a locales de masajes con luces de neón aún encendidas y bicicletas mal aparcadas en aceras resbaladizas.
Se detuvo frente a la puerta de la tienda de Mikkel. Desde el interior del sex shop retumbaba música electrónica. Dudó un instante.
Una ventana del primer piso se abrió de golpe.
—¡Eh! ¡Tú! ¡Diles que bajen esa puta música! —gritó un anciano, con el rostro enrojecido y un cigarro temblando entre los dedos—. He llamado a la policía.
Christian alzó la vista.
—¿Llamó a la policía? ¿Cuándo?
—¿No me oyes, guaperas? ¡Hace ya un rato! Pero no vienen. Nunca vienen. No es la primera vez, pero hoy esto parece una discoteca.
Christian volvió la vista a la tienda. Empujó la puerta con lentitud.
Su pulso se aceleró. La música lo golpeó como una bofetada.
Una luz roja parpadeaba al ritmo de los bajos.
En el aire cálido flotaba una mezcla penetrante de látex, sudor rancio y ambientador barato con olor a vainilla sintética.
Las paredes estaban cubiertas de estanterías negras con ganchos metálicos, donde colgaban arneses de cuero trenzado, suspensorios brillantes, cuerdas japonesas para bondage y látigos de diferentes longitudes y grosores.
—¿Mikkel?
Con cada paso, sentía los bajos rebotar en su pecho como si lo golpearan desde dentro.
A la derecha, un escaparate iluminado por tubos de luz roja mostraba dildos de todos los tamaños, colores y formas, alineados como en un zoológico obsceno: unos de silicona suave, otros realistas hasta lo perturbador, y algunos diseñados para humillar más que para dar placer.
Incluso había uno con forma de puño. Del techo colgaban cadenas decorativas, entre las que se enredaban banderas pequeñas de cuero y arcoíris.
A un lado, había una zona dedicada a fetiches más específicos: trajes de látex de cuerpo entero, máscaras de puppy play , mordazas con arneses bucales y botes de poppers.
Más al fondo, detrás del mostrador, había una zona de cabinas oscuras para vídeos: cortinas de terciopelo gris cubrían pequeñas puertas numeradas.
Christian pasó junto a un expositor de DVDs porno con carátulas bastante gráficas.
—¿Mikkel? —volvió a preguntar al aire.
Avanzó con cautela entre los estantes de lubricantes, juguetes de silicona y maniquíes con arneses de cuero que colgaban. Bordeó el mostrador y empujó la puerta de la trastienda.
Entonces lo vio.
Un columpio sexual colgaba del techo con cinchas ajustables. Oscilaba levemente, como si alguien lo hubiera dejado en movimiento segundos antes. Durante unos momentos, su cerebro no reaccionó. Incluso creyó que se lo estaba imaginando.
La música retumbaba en sus oídos y el olor a metal, ese hedor característico de la sangre, era inconfundible. Ya lo había olfateado antes.
En él, suspendido por los muslos, con el torso desnudo y los brazos inertes hacia abajo, estaba Mikkel.
Tenía un arnés apretado alrededor del pecho y otro más estrecho le rodeaba el cuello.
Los párpados estaban hinchados, apenas entreabiertos.
Una gota de sangre seca le surcaba la piel desde la oreja hasta el mentón.
Christian sintió que algo se le desgarraba por dentro.
Avanzó unos pasos, sin atreverse a tocarlo aún.
Y entonces vio el cuello. Un tajo limpio y profundo se extendía de oreja a oreja.
Y sin embargo, la música seguía. Altísima.
Indiferente. Como si todo aquello fuera parte de una performance macabra.
La sangre formaba un hilo espeso sobre el muslo, reciente, pero su piel ya había perdido el calor.
Bajó la vista.
La suela de su zapato había pisado sangre. Coagulada, espesa, aún goteando desde el columpio. En la piel de sus muñecas había marcas recientes. Las uñas, medio rotas. Un dildo enorme y grotesco de silicona negra sobresalía de su cuerpo con una violencia muda. Mikkel había sufrido antes de morir.
Acercó sus dedos, pero no llegó a tocarlo.
—Idiota —susurró—. Te dije que te fueras pitando de aquí.
Christian dio un paso más. Estaba respirando por la boca, como si la nariz ya no le sirviera para procesar lo que olía.
Sintió que el estómago se le encogía como un papel quemado.
Se apoyó contra la pared, clavando los dedos en los azulejos fríos del pasillo trasero.
No supo si estaba temblando por la rabia o por la vergüenza.
Cuando salió a la calle, un coche patrulla se detuvo frente al local. Dos agentes de policía lo observaban mientras salían del vehículo. Lo habían pillado.
Christian dudó unos segundos.
—¡¿Es que no lo oyen?! —les espetó, señalando la tienda—. Llamé hace ya un rato y ahora vienen… ¡Bravo, de verdad!
Los agentes se miraron entre ellos.
—¿Usted es el que llamó?
—¿Quién más iba a ser? —gruñó Christian, fingiendo indignación—. Llevamos toda la noche sin dormir. La música, el olor, la gente entrando y saliendo. ¡No hay derecho!
—¿Ha hablado con el dueño?
Lo acababan de ver salir de la tienda. Christian no supo qué responder. Antes de decir nada, uno de los policías se adelantó.
—No se mueva —le dijo—. Quédese aquí con mi compañero un momento. Hablaré con el dueño.
Él asintió mientras daba un paso hacia atrás por instinto. Tenía sangre en la suela del zapato. La música se apagó de repente y entonces se escuchó el grito del policía que estaba dentro.
El otro preparó su arma antes de entrar, pero se detuvo al ver que Christian se giró con rapidez y echó a correr por Istedgade, esquivando bicicletas, peatones y un coche de reparto.
—¡Eh! —gritó una voz tras él.
Pero no se dio la vuelta. Porque correr, era lo único que sabía hacer cuando todo se iba a la mierda.