Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 37
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Capítulo 37

La puerta del apartamento de Philip carecía de número.

Era de madera barnizada, sin mirilla ni aldaba, tan pulida que devolvía un reflejo distorsionado, como si uno asomara a otra vida.

Jerónimo se detuvo frente a ella y se observó sin reconocerse.

El pomo de acero mate, frío al tacto, no tenía cerradura.

Un sistema digital reemplazaba la llave tradicional: una pequeña placa rectangular donde solo brillaban tres números rojos.

Alzó el puño y llamó con tres golpes secos, como si marcara un compás. Esperó.

Philip fue quien abrió la puerta.

—¿Jerónimo? Buenos días.

Su voz sonaba apagada y su rostro lucía más delgado que la última vez. La bata de terciopelo azul caía sobre su cuerpo como una sábana mal doblada, y sus pies desnudos parecían flotar más que pisar.

—No sabía que estabas en Londres.

Jerónimo entró sin esperar invitación. Su corazón latía con fuerza en el pecho.

—¿Dónde está? —preguntó sin rodeos.

Philip cerró y se dirigió a la cocina. Se apoyó en el marco de la puerta con una lentitud elegante. Se frotó la frente con el dorso de la mano y bajó la vista.

—No está aquí.

—¿Dónde?

—No lo sé.

Jerónimo avanzó unos pasos.

—No estoy para juegos.

El silbido insistente de la tetera inundaba el silencio tenso. Philip, vertió agua en una taza blanca sin prestarle atención y se sentó con dificultad en el sofá Chesterfield. Parecía una figura de porcelana, al borde de romperse.

—Te está protegiendo, Jerónimo. Lo ha hecho siempre. Incluso cuando tú no querías ser protegido.

—¿Dónde está?

Philip sorbió un poco de té. Sus manos temblaban, pero no soltó la taza.

—No deberías buscarlo. No ahora. No así.

—No es tu decisión —le cortó—. Es entre él y yo.

Philip levantó por fin la vista.

—Es por eso que no voy a decírtelo. Porque es entre vosotros. Y porque lo quieres. Aunque ahora mismo lo odies un poco.

Jerónimo sintió que la rabia volvía a subirle por la garganta como una quemadura.

—Recuerdo el día en que te conocí. En la torre de Shard. Christian me dijo que era una cita a «ciegas» y yo me lo creí.

—¿Qué tiene que ver esa noche?

—Porque no era una cita a ciegas. Ya os conocíais.

—No nos conocíamos.

—Teníais algo en común. Le diste un beso en la frente. El mismo beso que John McCabe, ese americano, le dio a Christian cuando se encontraron en Groenlandia. Venís del mismo sitio. Claro que os conocíais.

Philip calló, como si se diera tiempo para meditar sus palabras.

—¿No puedes esperar a que Christian vuelva?

—¡No! —Se puso frente a él, que seguía sentado en el sofá con la taza en la mano y sorpresa en los ojos—. ¿Dónde está?

Philip negó con la cabeza, suave, casi con tristeza.

—Cuando esté listo para verte, lo sabrás. Pero ahora... no.

Jerónimo se movió por la estancia y entonces lo vio.

Su corazón cayó en picado y se le cortó la respiración.

Sobre la mesa baja de nogal oscuro estaban los documentos que habían desaparecido misteriosamente del trastero de Natalia.

Philip también se dio cuenta. Acercó la mano hacia los documentos en un intento absurdo de guardarlos, pero Jerónimo se adelantó y puso su mano como un zarpazo.

Dentro de la carpeta con los documentos, encontró el sobre.

Pasó los dedos sobre la superficie rugosa.

Sacó las fotos de nuevo y sintió que su alma se partía en dos.

En la primera foto, la noche que trabajó en el club; en la siguiente, Teo le rozaba la mejilla con deseo, y en la última, Trini le robaba un beso.

Pasó los dedos sobre la frase que estaba escrita como si estuviera leyendo Braille.

«¿Has visto lo que hace el cochino de tu hijo?».

Y pensó en su hermano Luis y luego, en su padre. Sintió una bola en la garganta que tragó con todas sus fuerzas.

—Papá —susurró sin darse cuenta.

Y entonces lo entendió. Recordó salir del trastero para buscar a Christian.

Él le preguntó si había tocado algo. Jerónimo mintió.

Pero ahora comprendía que Christian también había mentido.

Fue él quien se llevó los documentos. No para destruirlos.

No todavía. Para esconderlos. Para proteger su versión de la historia.

Y eso lo cambió todo. Porque el Christian que siempre lo había cuidado ahora lo había estado manipulando.

—Jerónimo, deberías…

La voz de Philip lo trajo de vuelta al apartamento.

Él dejó los documentos sobre la mesa con brusquedad, pero se guardó las fotos. Se inclinó hacia él y, sin pensarlo, lo zarandeó. La taza de té cayó al suelo y se partió en pequeños pedazos y el líquido manchó la alfombra beige.

—¿DÓNDE. ESTÁ. CHRISTIAN?

—Copenhague… tuvo que irse a Copenhague. Mikkel… —Y empezó a toser.

Eso hizo que Jerónimo lo soltara. Se miró las manos. Las bajó con pesar y respiró hondo, como si la razón volviera a él. Entonces se dirigió a la puerta.

—Te estás metiendo en un agujero muy peligroso —le dijo Philip a sus espaldas—. Deja que Christian se encargue de todo. Volverá y te dará una explicación.

—Me dará la explicación que él cree que quiero escuchar.

—Te está protegiendo.

—Te equivocas. Se está protegiendo a sí mismo.

—No olvides que ha estado contigo todo este tiempo. ¿Sabes cuántas veces habló de ti? Demasiadas. Nunca supe si eso me hacía especial... o invisible. —Volvió a toser.

Jerónimo apretó con fuerza el pomo. Giró la cabeza y sus miradas se encontraron.

—Tengo que hablar con él. Y no puedo esperar.

—Jerónimo, sé razonable.

—He sido razonable veinte años de mi vida.

Y dio un portazo.