Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 36
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Capítulo 36

Christian se abrochó el cinturón. El avión rodaba por la pista del aeropuerto de la City, listo para despegar hacia Copenhague.

No habían pasado ni tres horas desde la llamada de Mikkel, pero para alguien que ha vivido entre aeropuertos, vuelos privados y pasaportes sin preguntas, moverse rápido se convertía en un acto casi reflejo.

Llamó a un viejo contacto en Stansted que aún le debía un favor. Reservó el primer vuelo de las seis de la mañana sin facturar equipaje.

Ahora, mientras el avión se alineaba en la pista y la cabina se llenaba del zumbido hipnótico previo al despegue, Christian cerró los ojos un instante. La última persona a la que llamó fue Mikkel, otra vez. Su móvil seguía apagado. Tenía que encontrarlo antes de que alguien más lo hiciera.

Sintió el carrete dentro del bolsillo. Había dejado el sobre con los documentos y las fotos en casa de Philip hasta que John se pusiera en contacto con él.

Allí estarían seguros, pero la curiosidad pudo más y quiso llevarse el carrete.

Aquella información podía explotar en sus manos en cualquier momento.

El sobre también contenía las fotos de Jerónimo en la puerta del club.

Un jovencísimo Jerónimo atrapado en aquel agujero.

Trini. Teo. El taxi. Y ese enigmático mensaje en español: «¿Has visto lo que hace el cochino de tu hijo? ».

Jerónimo le tradujo la frase y esa frase… la había oído antes. Pero, ¿dónde?

Ya no sabía si proteger a Jerónimo lo acercaba más a la verdad o a la mentira. Se había prometido devolvérselas cuando entendiera qué estaba pasando. Se había prometido muchas cosas…

El avión tomó altitud.

Christian apoyó la cabeza en el respaldo mientras las luces de Londres desaparecían bajo las nubes.

Jerónimo aún creía que él seguía en Greenwich buscando las fotos.

Volvió a recordar aquella noche en Valencia.

A la sangre en aquella habitación del club.

A Jerónimo, escapando con los ojos desorbitados, sin saber que huía de un crimen que no había cometido.

Sin saber que él lo observaba desde la sombra.

Sin saber… nada. Apretó los dientes. Veinte años después, aún no había encontrado una forma decente de perdonarse.

Estaba tan concentrado en planear su próximo movimiento que no se dio cuenta de que no se había quitado el abrigo hasta que sintió una gota de sudor rodar por su frente.

Cuando alcanzaron la altura de crucero y la señal del cinturón se apagó, Christian se desabrochó.

Se quitó el abrigo con movimientos lentos y lo dejó en el asiento vacío de al lado.

El avión se estabilizó en el cielo y las luces de Londres se extinguieron bajo una capa de nubes. Una azafata pasó por el pasillo arrastrando el carrito de bebidas.

Christian ni se inmutó.

Bastaron tres minutos para distraer a Jerónimo y sacarlo del trastero con la excusa de no encontrar la entrada. Le metió tanta prisa que Jerónimo ni pensó en cerrar la puerta. Y él aprovechó para llevarse el sobre.

Cuando engañas a alguien a quien quieres, el remordimiento no llega con estruendo. Llega en silencio. Como un cáncer que avanza sin avisar, devorando todo a su paso. Y cuando por fin duele, ya es demasiado tarde.

Sostuvo el carrete con dos dedos.

— Hello, baby … Nos volvemos a encontrar.

Era un Kodak de 35 mm, de los que venían en las cámaras desechables de los noventa. El plástico negro del cilindro tenía un brillo apagado y la etiqueta amarilla seguía adherida, aunque estaba rozada, con una esquina levantada.

Lo giró entre las manos. Podía leerse aún: «Kodak 200.

36 exp». Treinta y seis disparos. Treinta y seis momentos atrapados.

Una tira de película sobresalía apenas: marrón, translúcida, con los bordes dentados como la mandíbula de un animal dormido.

Un carrete rescatado veinte años atrás de un cajón mugriento en la oficina privada de Teodoro Montenegro.

Aquel objeto insignificante mató al amor de su vida, Adrian, durante la misión más absurda y peligrosa que habían llevado a cabo juntos: recuperar un rollo de película olvidado por un periodista chileno que contenía imágenes capaces de tumbar a un juez español en medio del proceso de extradición de Pinochet.

Un carrete que debía desaparecer.

Ahora volvía a estar en juego, en medio de una historia muy distinta… o quizás no tanto.

¿Cómo había llegado todo ese material a manos de Natalia?

Christian lo deslizó de nuevo en el bolsillo y cerró los ojos. Y se dijo a sí mismo lo mismo que no dejó de repetirle a Philip antes de salir:

Esta vez es diferente .