Capítulo 35
Jerónimo se despertó de golpe justo cuando el avión aterrizaba en el aeropuerto de Gatwick. Un pequeño salto de la cabina lo sacó del sueño como un bisturí que corta en seco. Pasó la noche en Manises y cogió el primer vuelo de vuelta a Londres.
Afuera llovía. A través del cristal empañado, la pista de aterrizaje parecía una cinta gris de papel mojado.
Había tenido una pesadilla. La misma que había tenido hace unas semanas cuando iba de camino a Groenlandia en busca de Christian.
Soñó que estaba atado a una camilla en un sótano húmedo, con los tobillos inmovilizados con correas de cuero, las muñecas sujetas a los laterales y la cabeza forzada hacia atrás.
No podía gritar ni moverse. Solo oía el tintineo metálico del instrumental quirúrgico dentro de un cuenco estéril: bisturíes, pinzas, tijeras.
Alguien preparaba una operación. Lo peor era que sabía lo que venía.
Una figura se acercaba y colocaba el bisturí con precisión sobre su abdomen.
Y entonces, con una lentitud brutal, lo rajaba, abriendo la piel, separando la carne y dejando escapar la sangre.
Esa persona era Christian. Siempre era Christian.
Pero no el mejor amigo que había estado a su lado todos estos años. Otra versión de él.
Jerónimo cerró los ojos un instante más, como si así pudiera borrar la imagen. Pero la herida seguía ahí, latiendo en su memoria.
Desabrochó el cinturón de seguridad con un chasquido automático. Se incorporó, cogió su mochila de mano y avanzó por el pasillo sin mirar a nadie.
Poco más de dos horas después, tras el tren desde Gatwick y un transbordo rápido, bajó en la estación de Paddington y se dirigió a paso ligero al Hospital St. Mary. Necesitaba volver allí una última vez antes de decidir qué hacer.
La fachada de ladrillo rojo y detalles blancos se alzaba solemne bajo la luz gris de la tarde, impasible ante la prisa y la angustia de Jerónimo. Las hileras de arcos simétricos y ventanas de guillotina parecían un eco intacto del periodo victoriano.
No se detuvo en la entrada principal. Rodeó el edificio hasta llegar a la parte trasera, donde una estructura baja de cemento gris y sin ventanas se ocultaba a la vista de los visitantes: la morgue.
Un hedor leve a químicos y algo más desagradable flotó en el aire.
Jerónimo contuvo una mueca. Aquí le dijeron que Erik había muerto. Que su cuerpo estaba abajo, esperando. Primero le negaron el acceso. Luego se escudaron en errores administrativos y, finalmente, un doctor le dio la noticia.
Pero aquí descubrió que todo era mentira. Que Erik no solo estaba vivo, sino que había sido secuestrado por una red de tráfico de órganos que él mismo estaba investigando, y que Jerónimo, confiado y desesperado, cayó en su trampa y por poco no lo cuenta.
Entró y avanzó decidido por el vestíbulo, ignorando los carteles de «ACCESO RESTRINGIDO» y la mirada desafiante de un celador delgado como un perchero de hospital apostado en el control de seguridad.
— Sir, this is a restricted area .
—Tengo cita con el doctor Smith.
—¿El director tiene una cita con usted? ¿Se está quedando conmigo?
Las probabilidades de que el doctor Smith estuviera allí eran bastante altas. No era seguro, pero era su mejor oportunidad.
—Es un asunto privado. Dígale quién soy y que estoy aquí. Él me conoce.
—Le digo que no puede estar aquí. Si no se va ahora mismo, llamo a seguridad.
Jerónimo bajó la voz:
—Sabe quién soy y no le importará hablar conmigo. Pregúntele y si dice que no, me voy.
—Le estoy diciendo que no puede estar aquí —repitió, ya con el teléfono en la mano—. Si no se va ahora mismo, llamo a seguridad.
En ese momento, una figura esbelta, alta, con bata blanca y gesto pétreo, dobló la esquina distraída. Jerónimo la reconoció de inmediato. Era el director de la morgue, el señor Smith. Tenía la misma palidez espectral, los rasgos angulosos tallados en mármol y la bata almidonada.
Jerónimo le hizo señas.
El doctor se acercó y lo reconoció al instante.
—¿Se acuerda de mí? ¿Podría hablar con usted cinco minutos? Le prometo que no me tomará más que cinco minutos. Le agradecería mucho su ayuda.
El señor Smith observó la desesperación en su rostro.
—Ah, el español. ¿Jerónimo, verdad?
Él asintió varias veces.
—Es sobre el caso de Jakob Schmitt y Jamal Al-karim.
—Imposible olvidarlo. Un caso muy mediático. Usted tuvo mucha suerte. —Hizo una señal al celador—. Déjelo pasar.
El celador se encogió de hombros y pulsó el botón.
El doctor lo guió a una sala y le indicó que se sentara. Era una sala pequeña con una mesa metálica, un par de sillas giratorias, una mal ajustada y un archivador cerrado con llave.
—¿Qué quiere saber? —preguntó sin preámbulos.
—¿Cómo murieron los integrantes de la red?
El señor Smith sonrió con un ligero tic en la comisura del labio.
—Tal como apareció en los periódicos, fueron asesinados en uno de los sótanos del hospital, pero los detalles son información confidencial que solo maneja la policía.
—Necesito saber si murieron degollados. Hubo otro asesinato hace veinte años en mi ciudad con el mismo método. Y necesito confirmarlo.
—Esto no debería saberlo, aunque la información ya fue filtrada a la prensa —murmuró.
—¿Entonces?
—Ambos fueron degollados. Corte limpio. Horizontal. Justo entre el cartílago cricoides y la tráquea. Un bisturí no lo habría hecho mejor. Ejecutado desde atrás. Sin señales de lucha. Ni moretones. Ni contusiones. Nada.
—¿Drogados?
—No se encontraron restos de estupefacientes. Lo curioso fue la precisión. El ángulo. La profundidad del corte. No eran puñaladas impulsivas. Eran... quirúrgicas.
—¿Profesional?
—Sin duda. Como si alguien supiera con exactitud qué arterias cortar y en qué orden.
A Jerónimo le recorrió un frío seco que terminó en un escalofrío.
—Dígame que fue la mafia.
—Bueno, eso es lo que la policía dijo a la prensa. Pero…
—¿Pero qué?
—No sé. Demasiado perfecto.
—¿Quién más podría hacerlo?
Smith alzó la vista por fin.
—No soy detective. Solo médico forense. Pero si alguna vez ha visto a alguien cortar con la precisión con la que se extirpa un corazón para trasplante, sabrá que no estamos hablando de un aficionado.
Jerónimo sintió que algo se le rompía por dentro.
Las manos se le habían enfriado sin darse cuenta.
Solo lo supo cuando las cerró. Todo cobró sentido, pero no por eso se sintió aliviado.
Ahora entendía lo que había pasado en Valencia hace veinte años.
Pero el alivio no fue lo primero que sintió.
Fue rabia. Rabia por haber construido su vida entera alrededor de una culpa que no le correspondía.
Rabia hacia Christian por haberlo salvado en más de una ocasión, sí.
Pero también por haberle ocultado la verdad durante todos estos veinte años.
Por cargar con una culpa que nunca fue suya.
Y, sobre todo, por creerse con derecho a decidir por él.
—Gracias —dijo Jerónimo, levantándose decidido.
—¿Está bien? —le preguntó el señor Smith.
—No. La verdad es que sé que no estaré bien hasta que todo esto haya terminado.
—¿Todo esto?
Jerónimo no respondió. Le dio una vez más las gracias y salió de la morgue. En menos de una hora estaría en Greenwich, en el apartamento de Philip, y alguien confesaría sus pecados.