Capítulo 34
Christian permanecía en silencio con el móvil pegado al oído.
Philip lo observaba desde el sofá, tenso, con los dedos crispados sobre la manta.
Solo se oía un zumbido al otro lado de la línea.
—¿Mikkel? ¿Estás ahí? ¿Qué está pasando?
Sintió un calor intenso en el cuerpo. Primero en la nuca. Luego en las palmas de las manos. Y después, en la boca del estómago, como si el esófago se le cerrara con una pinza.
Conoció a Mikkel cuando tenía ocho años. Mientras su madre limpiaba la casa de su abuela, ellos jugaban en el jardín trasero. Ese periodo de su infancia fue breve. Después vino Londres, justo antes de entrar en la adolescencia.
Años más tarde, se reencontraron una noche, por casualidad, en un bar de ambiente de Copenhague.
Mikkel tenía ojos saltones, voz estridente, dientes amarillos por la nicotina y era el dueño de un sex shop en Istedgade.
Era discreto. Y útil. Por eso, aceptó la propuesta de Christian de ganar un dinero extra ayudándole con pequeños favores logísticos como apoyo para cualquiera que estuviera de paso por la ciudad.
Paquetes. Mensajes. Nombres que no debían figurar en ningún papel.
—¿Dónde estás? —dijo al fin Christian, con voz firme—. ¿Quién te ha hecho esto?
La línea crepitó. Un jadeo. Un golpe sordo. Y luego, un susurro tan bajo que apenas se entendía:
—El sótano… Istedgade… detrás del panel…
Christian se puso en pie.
—¿Sabes quiénes son?
—No lo sé. Pero llevan días. Primero pensé que era coincidencia, pero sé que han entrado en la tienda.
—¿Qué buscaban?
—Revisaron cosas cuando no estaba. Nada estaba forzado, pero lo sé, Christian. Y hoy… —Hizo una pausa, como si estuviera tragando saliva—. Hoy uno de ellos se quedó en la puerta, observando. No entró, solo me observó.
—Sal de ahí. Vete a otro sitio. A un hotel, a casa de alguien en quien confíes. No vuelvas a la tienda hasta que averigüemos qué está pasando.
—Es demasiado tarde —susurró Mikkel—. Lo saben. Saben quién soy.
—Voy para allá.
Pero antes de que Mikkel pudiera responder, la llamada se cortó.
Christian bajó el teléfono con lentitud, como si soltara un arma aún caliente. Allí seguía el viejo sobre marrón con los documentos. Maldijo en voz baja. Miró a Philip, que seguía observándolo sin entender.
—Tengo que volver a Copenhague —dijo al fin.
Philip no respondió de inmediato. Se incorporó con lentitud, acomodándose la bata de terciopelo.
—¿Estás oyendo lo que dices? ¿Volver? ¿Ahora? Después de todo lo que ha pasado. Después de lo que ocurrió en Groenlandia.
—Tengo que hacer algo. No puedo quedarme aquí esperando a que John se ponga en contacto conmigo.
—Si John no se ha puesto en contacto contigo, solo puede significar una cosa.
—Eso no lo sabemos.
—Christian… John jamás ignoraría una llamada tuya de socorro. Jamás. Y tú lo sabes. Aquí estás protegido.
Él suspiró y, por un momento, pareció más viejo de lo que era.
—Pero sabes que no me lo perdonaría si no hago nada. Mi amigo está en peligro.
—¿Y si no sales de esta?
Christian ladeó la cabeza. Se acercó y le dio un beso en la frente, pero evitó su mirada.
—No digas eso. Sabes que en peores agujeros me he metido.
—Esta vez es diferente.
—¿Por qué?
—Porque esta vez estás mezclando el trabajo con los sentimientos. Y eso te hará cometer algún error.
Christian abrió la boca para replicar, pero no dijo nada. Se despidió con una sonrisa mientras dedicaba unos segundos a grabar la imagen de Philip en su memoria.
—No apagues el móvil —le susurró Philip.
Christian salió del apartamento con lo puesto y su abrigo de invierno. Estaba preparado para recibir instrucciones de John, pero la llamada que había recibido de Mikkel daba un giro a la historia que no había podido predecir.