Capítulo 33
—Gabriel tiene que saberlo —dijo Jerónimo con voz fría.
Luis se pasó un pañuelo por los ojos y la frente, lo guardó en el bolsillo sin mirar a su hermano y comenzó a masticar un chicle con fuerza.
—Si vas a contarle algo a Gabriel, dile toda la verdad. Cuéntale algo que yo también sé: que el héroe de la familia, el que siempre se creyó limpio, también dejó un cadáver atrás.
Jerónimo no pudo ni parpadear.
—¿¡Cómo!?
Luis levantó la cabeza, a punto de decir algo, pero respiró varias veces antes de continuar:
—No tenía la menor idea de que papá estaba mal. Si lo hubiera sabido, jamás le habría mostrado a lo que se dedicaba su hijo «primogénito».
—¿Papá? —Luisito estaba despertando—. ¿Tito Jero?
Algo ablandó el corazón de Jerónimo al oír su nombre en esa voz infantil, que no tenía culpa de nada. Pero fue solo un segundo.
—Mejor salimos afuera —le ordenó Luis. Le dio un beso en la frente a su hijo—. Tu tito Jero y yo tenemos que dejar un par de cosas claras. Vuelvo enseguida. Estoy en el pasillo. Si necesitas algo, me dices.
Jerónimo estuvo a punto de regalarle una sonrisa a su sobrino, pero el asco por lo que acababa de descubrir era más fuerte que cualquier ternura.
Apenas cerraron la puerta de la habitación, Luis lo agarró de la muñeca con fuerza:
—¿Sabes qué es lo jodido de todo esto, hermanito? Que llevas toda tu vida huyendo. Crees que puedes escapar de lo que hiciste, de lo que eres. Pero la mierda siempre vuelve. ¿Qué pasó en realidad aquella noche en la que huiste de Valencia?
Y entonces, sin poder evitarlo, la mente de Jerónimo lo arrastró de nuevo al pasado, a aquella habitación del club, atado a una cama y con los pantalones bajados.
Tenía el cuerpo inmóvil por la droga y el miedo mientras el sudor de Teo le caía encima, como si estuviera marcando su propiedad.
Paseaba la navaja por su pecho mientras le lamía el rostro, borracho de poder.
—Entre las cajas de mudanza —dijo Luis—, tengo una copia de la autopsia de Teodoro Montenegro.
Ahora sabes que estuve allí aquella noche.
¿Y sabes qué dice este bonito documento?
Catorce puñaladas. No diez. No cinco. No una.
Catorce. Directas al pecho y al abdomen.
Siete de ellas mientras todavía estaba vivo.
La quinta costilla, lado izquierdo. ¿Te suena?
Ah, claro, no estabas contando, ¿verdad?
Jerónimo sentía el cuchillo y las manos llenas de sangre. El cuerpo de Teo estaba tendido a su lado como una bota de vino agujereada.
—Cállate.
Intentó soltarse, pero Luis lo sujetó más fuerte, acercándose aún más, con la boca pegada al oído.
—No, no. Ahora escucha. Porque me las ingenié para ver el cadáver.
Yo vi lo que le hiciste. Los cortes limpios, profundos, como si hubieras perdido la puta cabeza.
Lo seguiste apuñalando incluso cuando ya estaba muerto.
¿Eso qué es, eh? ¿Rabia? ¿Venganza? ¿O simplemente disfrutaste sintiendo cómo la hoja atravesaba la carne?
Y de pronto, otra imagen se abrió paso: la ventana abierta, Jerónimo corriendo por el patio interior de madrugada y la voz de Trini gritando: «¡Lo mataste!».
Jerónimo retrocedió un paso.
—Yo… yo no…
Luis se acercó más.
—Dices que yo maté a papá —su voz era un susurro afilado—. Pero la diferencia entre tú y yo es que yo no clavé una navaja en su pecho catorce veces. Tú sí.
Jerónimo bajó la vista. Sus manos temblaban. Catorce puñaladas bajo los efectos de la droga. Pero entonces… ¿por qué su mente se negaba a recordar justo ese momento?
—Eso es lo que pone el informe de la autopsia de Teodoro Montenegro —continuó Luis—.
Tengo una copia en casa. Si quieres, puedes pasar a recogerla de camino a ver a nuestro hermano.
—Luis se acercó aún más—. Yo no era consciente del estado de salud de papá.
Estaba desesperado por encontrarlo. Tú estabas desesperado por salvar tu vida.
¿Crees que Gabriel lo entenderá? —Soltó a Jerónimo de la muñeca—.
Ahora, si no te importa, quiero volver al lado de mi hijo.
Se dio la vuelta. Jerónimo lo llamó.
—¿Por qué nunca dijiste nada?
Su hermano se encogió de hombros.
—¿Para qué? No me servía de nada —suspiró, pero algo en su rostro cambió, como si hubiera contenido esa respuesta durante años—.
¿Quieres saber por qué lo hice? Porque cuando mi madre murió, descubrí que todo había sido una puta mentira.
Que mi padre vivía. Que durante años mandó dinero a su querida para quitarse el bastardo de encima.
Y cuando por fin lo encontré, ¿sabes lo que hizo?
Me cerró la puerta en la cara. Ni una explicación.
Ni una pregunta. Ni una duda. Solo rechazo.
—Bajó la voz. Ya no era rabia. Era puro agotamiento—.
Me habría gustado ser el primogénito. Pero tú tenías el título y el apellido.
Ya te lo dije un día, ¿recuerdas? A veces es mejor que ciertas verdades mueran con quienes se equivocaron.
Pero ahora, no me vas a arrebatar a mi hermano Gabriel.
A este hermano no lo pierdo. —Se giró y avanzó unos pasos, pero se detuvo sin darse la vuelta—.
La ignorancia es muy feliz. ¿No lo sabías?
Papá se habría enterado a qué te dedicabas tarde o temprano, pero te adelantaste…
y tuviste los huevos de matar a Teodoro. Fin de la historia.
Jerónimo se quedó solo.
Durante veinte años había intentado enterrar lo que pasó aquella noche. Pero su hermano… su propio hermano… lo había sabido todo ese tiempo. Catorce puñaladas , repetía en su mente.
Se apoyó contra la pared. Por un instante, todo quedó en silencio. El pasillo, el hospital, el mundo entero. Solo esa frase resonaba como un eco hueco dentro de su cráneo. Y entonces estalló la bomba.
Boom .
La pieza encajó, y con ella llegó la imagen del todo.
Y aquel todo tenía nombre.
Y rostro.
Y una voz que conocía demasiado bien.
Volvía a Londres. Sí. Pero nadie debía saberlo. Ni Luis. Ni Gabriel. Ni siquiera Christian.
Iba directo a un lugar muy particular para hablar con una persona muy concreta. Y si lo que él sospechaba era cierto, entonces no solo había vivido engañado. Había vivido una gran farsa en su vida. Una mentira que jamás podría perdonar. Ni siquiera viniendo de Christian.