Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 32
88%

Capítulo 32

Presente.

Desde el ventanal del salón del apartamento de Philip, Christian observaba cómo el río Támesis trazaba una curva perfecta alrededor de la península.

A lo lejos, los mástiles del Cutty Sark se recortaban contra el cielo nocturno, y la cúpula del Observatorio Real se alzaba sobre la colina, firme y silenciosa.

Todo estaba en calma. Sin embargo, Christian no podía deshacerse de un extraño malestar.

Como si una mano invisible le hubiera tocado el hombro, se giró por instinto.

Philip estaba apoyado en el marco de la puerta.

—¿Qué haces despierto tan tarde? —preguntó Christian al dejarse caer en el sofá Chesterfield, tapizado en piel color coñac.

—Esa misma pregunta debería hacértela yo a ti.

Philip lucía pálido, pero se mantenía erguido, envuelto en una bata de terciopelo azul con solapas de raso.

Ese era Philip: elegante incluso en su debilidad.

No habían pasado ni diez días desde aquel viaje a Groenlandia que terminó en tragedia.

Un naufragio que casi le costó la vida. Ahora, de vuelta en casa y recuperándose de una hipotermia, había tenido altibajos en su recuperación.

Dormía a ratos. Hablaba poco. Y aunque aseguraba estar bien, Christian lo conocía demasiado como para creérselo.

Porque, después de todo lo vivido, cuidar de Philip era lo único que le daba sentido a su vida mientras Jerónimo estaba en Valencia buscando fantasmas del pasado.

—Ven, siéntate aquí en el sofá conmigo.

Philip cruzó la estancia y se tumbó con la cabeza sobre las piernas de Christian.

—¿Cómo conseguiste un apartamento con vistas a Greenwich?

—Como tú has conseguido estar donde estás durante todos estos años —respondió Philip sonriendo—. Moviendo hilos y acercándome a la gente adecuada.

Sus ojos recorrieron la mesa baja rectangular de nogal oscuro. Se abrieron de par en par al ver un viejo sobre marrón del tamaño de un folio. Encima descansaban unos documentos boca abajo y, sobre ellos, un carrete Kodak.

—¿Qué es eso? —preguntó Philip, señalando el sobre marrón.

—Lo sabes muy bien.

Christian los apartó con un gesto seco al otro extremo del sofá, como si con no verlos fuera suficiente, y se guardó el carrete en el bolsillo.

—Creo que los dos guardamos secretos inconfesables —dijo Philip, seguido de una tos seca repentina.

Christian alargó un brazo hacia el respaldo, tomó la manta de cachemir doblada y la desplegó sobre él con cuidado. Luego, de manera automática, comenzó a jugar con su cabello.

—¿Cómo te sientes?

—El lunes vuelvo a la oficina sin falta.

—¿El doctor está de acuerdo?

—Supongo. Tengo un doctor privado, así que me dice lo que quiero escuchar.

Christian lo miró con una mezcla de ternura y culpa.

La enfermedad lo había debilitado, pero no había logrado romper del todo esa arrogante seguridad que a veces lo frustraba y otras lo salvaba del mundo.

Había pasado casi un año desde que decidieron hacer pública su relación.

Fue la noche en que Jerónimo los interrumpió durante una cena en el restaurante Oblix , en la torre Shard de Londres.

Allí, en un rincón con vistas panorámicas a la ciudad, Christian presentó a Philip con una sonrisa torcida y un tono juguetón.

Philip se mostró cordial, seguro, algo pedante para el gusto de Jerónimo.

Como si no pudiera evitar disfrutar de ser el más inteligente de la mesa.

—Tu protegido es muy testarudo.

—Lo sé.

—¿Crees que encontrará lo que busca?

Christian dejó de jugar con su cabello.

—No lo sé. —Suspiró—. A veces, el silencio salva más vidas que la verdad.

—Es muy testarudo.

Christian no respondió.

—Supongo que ya te has puesto en contacto con John McCabe —continuó Philip—. Esos documentos nunca debieron ver la luz.

—Así es —dijo Christian volviendo a enredar los dedos en su cabello.

—¿Y?

—Nada. Sigo esperando a que se ponga en contacto conmigo. Por ahora, solo me queda esperar.

—Qué extraño.

—Lo sé.

La primera vez que se encontró con John McCabe fue en 1990.

Lo conoció antes de saber quién era realmente en circunstancias bastante extremas.

Durante un viaje en tren de regreso a Londres, aquel hombre de cabello gris, abrigo oscuro y bastón elegante lo observó en silencio desde unos asientos más adelante.

Luego vino el pinchazo: un destello en la nuca, el hormigueo y la confusión.

McCabe tenía una misión. Y Christian, sin saberlo, era su objetivo.

Lo había interrogado, lo había presionado y luego lo había dejado ir.

El destino quiso que se volvieran a cruzar.

McCabe, impresionado por su ingenio para desaparecer, le hizo una oferta de trabajo que Christian aceptó sabiendo que no habría marcha atrás.

No fue solo por dinero, aunque ahora podía permitirse lujos que antes solo soñaba.

Fue otra cosa. Una forma de darle sentido a su existencia, lo más parecido a lo que él creía que era la libertad.

Un punto de no retorno. Christian parpadeó.

Regresó a la estancia. A la calidez del sofá.

A los ojos de Philip, que lo observaban en silencio con la cabeza apoyada en su regazo.

—¿Qué vas a hacer? —le preguntó.

—Esperar a que responda a mi señal de socorro —respondió Christian—. Confío plenamente en él.

—¿Y si no responde?

—Entonces tu profecía se habrá cumplido.

Philip iba a decir algo más, pero no llegó a pronunciar palabra. Justo en ese instante, el móvil de Christian vibró en la mesa. Ambos miraron el dispositivo al mismo tiempo. No era McCabe. La pantalla parpadeaba con un nombre en mayúsculas: MIKKEL. Era su amigo de Copenhague.

Philip se incorporó sin decir nada.

Christian dudó una fracción de segundo antes de deslizar el dedo por la pantalla.

Entonces, hubo un silencio al otro lado de la línea, seguido de una respiración entrecortada.

—¿Christian? —susurró—. ¿Chris, estás ahí?

La urgencia en su tono le heló la sangre.

—¿Qué ocurre?

—Chris… me van a matar.