Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 31
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Capítulo 31

El doctor Emilio Carrasco empujó la puerta metálica con el codo y entró en la sala de autopsias.

El aire estaba impregnado de formol y lejía. Sobre la mesa central, iluminado por un foco cenital, yacía el cuerpo de Teodoro Montenegro, «Teo» para los que alguna vez lo conocieron, cubierto hasta el pecho por una sábana blanca.

Carrasco se detuvo a revisar el informe antes de retirar la sábana. La hoja crujió bajo sus dedos enguantados. Dio un vistazo al reloj. A esa hora, pocas interrupciones. Pero alguien ya había cruzado el umbral de la puerta con paso decidido.

—Doctor Carrasco.

Era Luis. Vestía un traje gris sin corbata. En la mano, una tarjeta de visita sencilla que extendió con seguridad.

—¿Y usted quién es? —preguntó Carrasco, sin disimular el fastidio.

—Juan Manuel de la Torre —dijo entregando una tarjeta falsa—.

Soy abogado. Me asignaron el caso esta mañana por parte de la asesoría jurídica del club privado donde el señor Montenegro mantenía actividades contractuales.

He solicitado una copia del informe preliminar y autorización verbal para estar presente durante su revisión.

Carrasco alzó una ceja como si le costara digerir tanta información de buena mañana. Lo escaneó de arriba abajo, como evaluando su derecho tácito a estar allí.

—Lo dudo —dijo, dejando la carpeta en una bandeja metálica—. La autopsia está en curso. No entregamos informes sin autorización expresa del juez instructor o de la policía judicial.

Luis sonrió con comedimiento. Sacó un documento doblado con el membrete de la Conselleria de Justicia.

—Aquí está la autorización. Firmada esta mañana. Si quiere, puede verificar el sello en Secretaría; le dirán lo mismo. Se sospecha que puede derivar en una querella cruzada entre terceros. No me interesa entorpecer su trabajo, doctor. Solo necesito comprender los hechos.

El forense leyó en silencio, luego asintió con un gesto escueto.

—No tengo por costumbre discutir cadáveres con abogados de clubes privados que quieren proteger su reputación.

—Yo tampoco tengo por costumbre colarme en morgues, doctor. Créame, tengo cosas mejores que hacer que ver cadáveres. Pero este no es un caso común.

Carrasco resopló y dejó el documento en la mesa.

—No toque nada.

Luis dio un paso más, sin quitar la vista de la camilla.

Carrasco retiró la sábana con calma. El torso desnudo de Teo emergió como un mapa lleno de cicatrices recientes.

—Catorce puñaladas. La mayoría en la región torácica. Entre cinco y siete centímetros de profundidad. —Señaló con una pinza fina—. Esta, aquí, en la quinta costilla izquierda, fue la mortal. Perforación del ventrículo derecho.

Luis tragó saliva, aunque no lo dejó ver.

—¿Y las otras?

—Las últimas tres se hicieron después de la muerte clínica. No hay respuesta vascular. El corazón ya no latía. El resto fueron infligidas con el corazón aún latiendo. Eso me indica que el agresor siguió atacando incluso cuando ya no había reacción.

—¿Con qué tipo de arma?

—Hoja lisa de unos diez centímetros, probablemente de cocina o navaja táctica. Los cortes son regulares, precisos.

Luis se acercó medio paso.

Carrasco continuó.

—La disposición de las heridas, la fuerza de las incisiones, la regularidad… podría encajar con alguien bajo disociación. O alguien entrenado para matar rápido.

—¿Entrenado?

Carrasco caminó hacia la cabeza del cadáver, retiró un pequeño paño quirúrgico y reveló una línea oscura, precisa, que cruzaba la garganta de lado a lado.

—No cualquiera hace esto con esa precisión. Degollamiento. Corte limpio, profundo, sin vacilaciones. Un solo movimiento, desde la carótida izquierda hasta la derecha. Precisión quirúrgica.

Luis sintió que algo dentro de él se reordenaba.

—¿Eso fue antes o después de las puñaladas?

—Después. Ya estaba muerto. Lo degolló como si quisiera rematar lo que ya estaba hecho. No fue para matarlo. Fue… simbólico. O profesional.

Luis lo miró.

—¿Profesional?

Carrasco asintió.

—He trabajado con cuerpos de víctimas del crimen organizado. Narcos, paramilitares, incluso algún caso internacional con ayuda de Interpol. Este corte no lo hace cualquiera. Hace falta sangre fría. Y formación. ¿Eso responde a su pregunta?

Luis asintió muy despacio. Cerró su libreta y la guardó en el interior de su chaqueta.

—Más de lo que cree, doctor.

Sin decir nada más, giró sobre sus talones y se marchó por el mismo pasillo por donde había entrado.

Unos meses más tarde, cuando el caso fue archivado, Luis movió hilos y consiguió una copia del informe, por si acaso.