Capítulo 30
Luis se dejó caer en una fría silla de hospital. Bajó la vista y clavó los ojos en el suelo. El médico de urgencias acababa de comunicarle la muerte de su padre, Antonio.
Motivo: fibrilación ventricular.
Luis no era cardiólogo, ni le hacía falta. La explicación fue clara: una arritmia grave y súbita. El corazón empezó a temblar como un animal asustado y, de pronto, se detuvo.
En la ambulancia intentaron reanimarlo con inyecciones, desfibriladores y oxígeno. Todo eso que se ve en las películas. Pero no sirvió. Y lo peor (o lo mejor, según se mire) fue que no sufrió.
Le ofrecieron ver el cuerpo. Luis dijo que no.
Mientras esperaba a que terminaran los trámites, repasó en silencio la absurda cadena de decisiones que lo habían llevado hasta allí.
Había seguido a Antonio hasta el club, escondido en la esquina del Carmen, pero cuando llegó, ocurrieron dos cosas.
La primera, que varios coches de policía rodeaban la puerta del club: redada policial.
La segunda, que metían a Antonio dentro de una ambulancia con dirección al Hospital Clínico Universitario.
Luis llegó al hospital minutos más tarde. Se acercó al mostrador, dio el nombre completo de Antonio, su dirección y la fecha de nacimiento. Lo tenía todo apuntado en la agenda. También dijo que era su hijo. Lo dijo sin pensárselo dos veces.
La mujer de admisión le pidió la fecha de nacimiento y algún dato más. Bastó con repetirlos sin titubear para que asintiera y le dejara pasar.
Y ahora estaba allí.
Sentado.
Solo.
Con un nudo en el estómago, las manos sudadas y unas ganas tremendas de fumarse un cigarrillo.
No entendía cómo todo se le había ido de las manos. Y entonces, como si necesitara justificarlo todo, repasó lo que el médico le había dicho.
Antonio llevaba tiempo en tratamiento. Su pronóstico era estable, siempre que no dejara la medicación ni faltara a las revisiones. Podía llevar una vida normal, siempre que cumpliera con lo prescrito. Pero no lo hizo.
El médico le explicó que, tarde o temprano, podía pasar.
Y Luis usó esa información como consuelo…
o como excusa. Y entonces lo entendió. Lo que realmente le dolía no era la muerte.
Era el hueco que dejaba. Ese vacío frío y silencioso que se abría donde debería haber estado una familia.
Como si todo aquello —el odio, la venganza, la rabia— hubiera sido solo ruido. Un grito lanzado al vacío.
En algún momento sería hora de hacer las presentaciones. De conocer a sus hermanos. De formalizar ante notario su parentesco y su condición de hijo bastardo. No sabía si sentirse culpable, victorioso… o estafado por el destino.
No hubo redención.
Ni disculpas.
Antonio se había ido igual que había vivido para él: sin decir nada.
Sin reconocerlo. Sin darle ni una puta explicación.
Tal vez su madre tenía razón. Tal vez era mejor haber creído que su padre estaba muerto.
Porque el rechazo duele más que la ausencia.
Porque el silencio pesa más cuando sabes que alguien podía haber hablado y no lo hizo.
Observó el pasillo, donde una enfermera se perdía tras una cortina. No había nadie más. Ningún familiar. Ningún amigo. Solo él. El hijo bastardo. El hijo que había llegado tarde, pero que, por alguna extraña y cruel jugada, era el único que quedaba. El último testigo.
Se puso de pie. Ese no era su lugar. Al dirigirse a la salida, escuchó la voz de una enfermera que le llamaba. Pero no se dio la vuelta. Ya se encargaría alguien de organizar todo eso.