Capítulo 29
Luis nunca imaginó que volvería a esa casa del pueblo, y mucho menos solo dos días después.
La noche anterior, había cenado con su novia y, si todo salía bien, con el que podría ser su futuro suegro y también su futuro jefe. Regresó a casa tarde, pero no logró dormir.
Durante horas, había estado dándole vueltas al mismo plan, hasta que decidió que, si iba a hacerlo, esa era la mejor hora: de madrugada, sin coches, sin vecinos, sin testigos que lo vieran.
Antes de que amaneciera. Luis pasó la lengua por la solapa del sobre marrón del tamaño de un folio y lo selló.
La noche anterior, se había escondido en la esquina opuesta al club, detrás de un contenedor mal iluminado.
Cuando vio a su medio hermano Jerónimo salir por la puerta de aquel antro, estaba listo para capturar el momento.
De las muchas fotos que tomó esa noche, seleccionó tres: la primera mostraba la fachada del local.
«El Club de La Habana», decía el letrero dorado, flanqueado por un emblema hortera de dos puros cruzados bajo una “C” cursiva.
En la puerta, un travesti con peluca rubia, labios rojos como sangre fresca y un cigarrillo en la mano con expresión de diva.
Al lado, bajo la luz del letrero, estaba el rostro sudado de Jerónimo, con el chaleco ajustado, la pajarita torcida y ese culo respingón.
Luis hizo una mueca de asco. Ridículo, pero perfecto.
La segunda foto era aún mejor. Un hombre con abrigo largo, sonrisa maliciosa y aspecto de proxeneta, inclinado junto a un taxi, hablaba con Jerónimo y le rozaba la mejilla.
Pero la tercera fue la bomba. La más sucia. El travesti y Jerónimo se daban un dulce beso en los labios de despedida. Era perfecta. Lo suficiente para que alguien pensara lo peor. Lo suficiente para que su padre soportara la humillación.
Clic, clic, clic… Una foto vale más que mil palabras, y en ese sobre había tres que valían más de tres mil. Sacó un bolígrafo del bolsillo y escribió en el reverso del sobre: «¿Has visto lo que hace el cochino de tu hijo?». Una frase memorable, pensó. No necesitaba más explicaciones.
Cruzó la calle ligero. No había luna esa noche, solo nubes en el cielo y, en la tierra, un silencio como una manta de lana húmeda extendida sobre las calles vacías.
Dejó el sobre en pie en la puerta. Luego retrocedió con pasos suaves hasta un rincón oscuro entre el seto y el porche de la casa de enfrente.
Se agachó y recogió varias piedras del camino.
Lanzó la primera, pero no causó un gran estruendo.
Probó con otra piedra más grande. Esta no solo sonó fuerte, sino que dañó la puerta.
Tomó otra piedra, pero antes de lanzarla, la puerta se abrió.
Muy despacio, hasta que el sobre, por efecto de la gravedad, cayó a los pies de Antonio.
Estaba en pijama y bata, con el rostro tenso y ojeroso.
Miró a los lados y luego al sobre que tenía a los pies.
Se agachó, lo recogió y lo abrió ahí mismo.
Luis lo observaba desde la oscuridad a apenas cinco metros.
Antonio sacó las fotos una a una.
La luz del portal se reflejaba en el brillo del papel satinado. Su rostro fue cambiando. Primero frunció el ceño, luego abrió los ojos y la mano comenzó a temblarle.
—Dios mío… —susurró.
Luis apenas pudo contener la sonrisa. Ahora sabes lo que se siente , pensó.
Pero lo que ocurrió después lo sorprendió.
El padre murmuró algo que Luis apenas alcanzó a oír. Luego lo repitió más alto, como si se hablara a sí mismo:
—Teodoro Montenegro.
Luis frunció el ceño. ¿Quién?
—Teodoro… Dios mío… —repitió con un tono urgente.
Se llevó una mano al pecho y con la otra se apoyó en el marco de la puerta. Respiraba de forma extraña, entrecortada. Como si algo en su interior le apretara desde dentro.
Luis pensó que fingía. Pero el hombre entró en casa y, segundos después, salió corriendo con las llaves. Cruzó la calle en pijama y con un abrigo de invierno y subió al Renault rojo. El motor rugió. Se tocó de nuevo el pecho y luego el volante. El coche se perdió por la calle a toda velocidad.
Luis volvió al suyo con una extraña sensación. Se encendió un cigarrillo. El nombre, Teodoro Montenegro, y ese gesto dramático con la mano en el pecho. Casi parecía fingido. Pero ahora… no estaba tan seguro.
Antonio no reaccionó con vergüenza, ni con ira, ni con culpa. Reaccionó con miedo. Miedo real. De ese que aprieta el pecho como una garra. Pero, ¿miedo a qué? Luis no lo sabía. Y esa ignorancia le molestaba. Él solo quería herir, sí. Vio una oportunidad en Jerónimo y usó las fotos como puñales.
Pero no esperaba... eso.
Tal vez su madre tenía razón. Tal vez era mejor haber creído que su padre estaba muerto. Porque al menos así, no habría sentido la humillación de ser rechazado.
Él solo quería una familia. Tampoco era pedir tanto. ¿Por qué no quería reconocerlo?
Dio una última calada, tiró el cigarro por la ventanilla, arrancó el motor y se alejó por la misma calle por la que Antonio había huido minutos antes.
Volvía al Barrio del Carmen. Con una mezcla de rabia, desconcierto y una necesidad absurda, casi infantil, de saber la verdad. Quería hablar con Antonio de nuevo.