Capítulo 28
A las dos de la madrugada, Luis estaba sentado en el VIPS de la Gran Vía del Marqués del Turia, hundiendo la cuchara en el helado de vainilla que se derretía junto a la tarta de queso.
Durante el día, se había fumado dos paquetes de Marlboro rubio y hacía horas que no sentía hambre.
Sin embargo, el dulce le daba algo que masticar mientras su mente repasaba los acontecimientos del día.
Y sí, eran dignos de recordar. Se había despertado en la casa vacía de su madre —su casa también, al menos por unos días más— sin saber si era de mañana o de madrugada.
Durmió poco y mal. No importaba. No tenía que ir al bufete. Le habían dado un par de días libres «para organizar todo»: el funeral, la mudanza y, de paso, su nueva identidad. Porque ya no era solo el hijo de Lucía; ahora era también el hijo bastardo de Antonio. Un ascenso de categoría, sin duda.
Su padre no estaba muerto, como le había contado su madre.
Simplemente había negado su existencia durante veintiséis años.
Así. Sin dramas. Sin cartas. Sin cumpleaños.
Eso sí, con su correspondiente transferencia bancaria mensual, puntual hasta el día en que cumplió veintiuno.
Como quien paga por quitarse un problema.
Encima, debería estarle agradecido. Un acuerdo mutuo entre su madre y su padre.
Y lo peor —lo que más le quemaba— era que al verlo cara a cara no sintió un vacío, ni un temblor, ni esa revelación catártica que venden en las películas. Tan simple como que lo rechazó.
Su madre se lo había callado todo, pero quizás —y eso le dolía admitirlo— no fue por maldad. Quizás fue por compasión. Por protegerlo. Aunque entonces no lo supiera. Aunque aún le costara creerlo.
Empezó a reírse imaginando la cara de su padre al ver el estado del coche.
—Que se joda.
Había seguido a Jerónimo desde la cafetería de la plaza del Ayuntamiento.
Vaya personaje. Un crío alto y desgarbado, con el pelo revuelto como si llevara días sin mirarse al espejo y una expresión de niño serio que intentaba parecer mayor sin conseguirlo.
Ese uniforme de camarero —camisa blanca gastada y delantal verde manchado— no le hacía ningún favor.
Si hubiera sido hijo de su madre, lo habría obligado a plancharse la camisa, a peinarse, a salir decente a la calle.
A no dar pena. Eran hermanos de padre, sí.
Pero Luis no veía ni una sombra de sí mismo en ese chaval.
Ni en el gesto, ni en el porte, ni siquiera en los ojos: ¿verdes?
¿grisáceos? Da igual. A Luis le pareció un pobre desgraciado sin demasiadas ambiciones.
Vaya orgullo de hijo. Patético, en resumen.
Luis lo observó durante horas, desde un banco.
Estuvo tentado de hablar con él. Contarle quién era, el hijo primogénito de su padre.
Inventarse alguna excusa y empezar a hablar.
Pero algo lo detuvo. Algo dentro de él. Algo oscuro que se retorcía de rabia le impidió acercarse.
Sea lo que fuese. Orgullo, rabia, desdén.
Pero no se acercó. Pensó que ya habría un mejor momento para hacer su entrada en la vida de ese mocoso y, cuando lo hiciera, que fuese a lo grande.
Su padre Antonio no quería saber nada de él, pero, en el fondo, a Luis le hubiera gustado tener hermanos. Aunque era absurdo echar de menos algo que nunca existió. Por ahora, quería observar a ese mocoso. O simplemente hacerle la puñeta a su padre.
Jerónimo limpiaba barandillas una y otra vez cuando no había clientes en la cafetería, obedeciendo a un encargado con pinta de matón de gimnasio venido a menos. Pero lo más interesante vino después, cuando su hermanito recogió sus cosas y se fue directo al Barrio del Carmen.
Luis empezó a jugar con la tarta de queso, removiéndola con la cuchara, y no pudo evitar soltar una risa silenciosa al recordar lo que había visto después.
Ahí estaba Jerónimo, entrando en un local de copas nuevo con fachada de club exclusivo.
Pero lo mejor no fue eso. Lo mejor fue lo que vino después.
Salió del local vestido como una atracción de feria: chaleco negro con ribetes blancos, imitando un esmoquin; una pajarita torcida y atención, unos pantalones cortos de rejilla.
Luis empezó a reírse solo. Se tapó la boca con la servilleta y murmuró:
—Vaya, vaya, vaya… tengo un hermano pequeño maricón y yo sin enterarme. ¿Lo sabrá papá? Tú también eres hijo de ese cabrón. Pero a ti te quiso. A mí me escondió como una enfermedad.
No se atrevió a entrar, claro. No quería que nadie pensara que le gustaba que le dieran por culo.
Aplastó la cuchara de helado contra el fondo del plato, dejó unas monedas sobre la mesa y se acercó al quiosco del VIPS.
Era hora de volver a casa. Compró el periódico Las Provincias y una de esas revistas de cine que hacía un ciclo de clásicos.
Esta semana regalaba una película de terror en VHS.
Y allí, junto a los mecheros y las bolsas de pipas, la vio.
Una cámara desechable, de esas de plástico negro y amarillo, por 1.
495 pesetas. Veintisiete fotos. Flash automático.
Se le ocurrió una idea genial. Digna de un maestro. Luis la cogió entre las manos como quien palpa un arma por primera vez, pagó y salió con ella en el bolsillo del abrigo.
Al salir, se encendió un cigarrillo bajo la marquesina del VIPS y exhaló el humo con lentitud. Cambió los planes. No volvía a casa; volvía al Barrio del Carmen.
La venganza, pensó, no siempre es un acto violento. A veces basta con enfocar bien. Y apretar el botón.