Capítulo 27
Habían pasado menos de veinticuatro horas desde que había salido del banco con la información en la mano, y aún sentía el leve temblor de la adrenalina recorriendo su espalda.
Para alguien como Luis, encontrar el paradero de su supuesto padre no había sido difícil.
Solo necesitaba hacer las preguntas correctas con el tono adecuado.
La antigua dirección que figuraba en los papeles como domicilio del remitente fue suficiente para empezar: una vieja casa de pescadores en el barrio del Cabanyal, tocando con la playa de la Malvarrosa.
Allí preguntó, con una simpatía ensayada, y las piezas empezaron a encajar.
Una vecina mayor, charlatana y entrometida, le dio más de lo que esperaba: su padre, Antonio, tenía dos hijos más jóvenes que Luis.
Uno se llamaba Jerónimo y el otro, Gabriel.
Aquellos nombres le hicieron gracia. Le sonaron ridículos. De mal gusto.
Y ahora, allí estaba. Frente a esa casa, con la luna llena recortando los tejados y el silencio del campo envolviéndolo todo. Justo al final de la calle, el coche mal aparcado confirmaba que no se había equivocado.
Era ya muy tarde, pero había luz en el interior.
Levantó la mano. Había esperado veintiséis años. Veintiséis años creyendo —porque su madre así se lo había dicho— que su padre había muerto antes de que él naciera.
Todo lo que había hecho —la discusión con su novia, los papeles del banco, el chantaje al gerente— lo había traído hasta ese momento exacto.
Su madre le había mentido. A conciencia. Le había negado un padre. Le había negado una historia. Le había negado una parte de sí mismo que tenía derecho a conocer. ¿Qué diría si la abría un desconocido? O peor, ¿un rostro que se le pareciera?
Respiró hondo. Bajó el puño. Lo alzó de nuevo y dio tres golpes secos. Ya no había vuelta atrás.
La puerta se abrió.
Un hombre de más de cincuenta años, con pijama de franela y gesto entre sorprendido y molesto, lo observó con el ceño fruncido. Durante un segundo, solo hubo desconcierto. Luego, algo cambió. Como si su cerebro se pusiera en marcha demasiado rápido para su rostro.
—¿Sí?
Luis notó el leve temblor en su propia mano antes de responder.
—¿Antonio?
El hombre lo observó con incredulidad, como quien aprecia los detalles de una estatua en un museo. Tardó tres segundos en reaccionar.
—¿Nos conocemos?
—Creo que sí. O, al menos, deberíamos.
—¿Qué quieres?
—Soy… soy tu hijo.
Antonio dio un paso atrás sin dejar de sujetar el marco de la puerta.
—No sé de qué me estás hablando.
—Mi madre se llamaba Lucía. Vivíamos en Tavernes. Pasabas una mensualidad puntual hasta el mes en que cumplí veintiún años. He visto los extractos. Lo he confirmado.
—¿Qué quieres? —repitió, sin molestarse en suavizar el tono.
—Hablar.
—No tengo nada que decir.
—Pero yo sí.
Antonio salió un poco más al umbral y echó un vistazo a los lados, como si temiera que alguien los estuviera observando desde la oscuridad.
—Dile a tu madre que no pienso pagar ni un mes más. Ya has pasado de los veintiún años. Ese era el trato.
Luis apretó los dientes.
—Mi madre murió.
Antonio vaciló. Fue apenas un parpadeo. Una grieta minúscula en su fachada.
—Lo siento.
El silencio que siguió fue espeso como alquitrán.
—¿Necesitas dinero?
—No. No es eso.
—¿Entonces?
Luis dudó.
—No lo sé. Tal vez solo… quería conocerte.
Antonio bajó la vista. Sus hombros se encogieron apenas.
—Muchacho, este es un mal momento. Tu madre… Tu madre y yo teníamos un acuerdo. Ella no quería que tú me conocieras.
Luis sintió cómo la rabia empezaba a arderle bajo la piel.
—¿Y eso te bastó?
Antonio desvió la mirada.
—No era el momento.
—¿Y ahora? ¿Tampoco lo es?
Aquel hombre levantó la vista. Sus ojos ya no eran duros. Estaban cansados.
—¿Qué quieres de mí?
—Nada. Solo saber que existo. Que lo sabes.
Antonio cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había en ellos algo que Luis no supo descifrar: ¿pena, vergüenza, miedo?
—No puedo invitarte a pasar.
Luis asintió con la mandíbula apretada.
—No hace falta. ¿Sabes? Yo no tenía claro qué esperaba de esto, pero… ya lo entiendo. No eres más que un cobarde arrogante.
Él no respondió. Levantó una mano como para tocarlo, pero desistió y quedó suspendida en el aire.
—Lo siento —repitió.
Luis parpadeó. Cuando volvió a enfocar, Antonio ya había retrocedido un paso. Luego, otro. La puerta se cerró sin golpe. Del otro lado, todo quedó en sombra.
Luis no se movió. No de inmediato. Sintió el calor subiéndole por la garganta, sin saber si era rabia, pena o ambas.
Había imaginado este momento de muchas formas.
Ninguna se parecía a esto. Podría haber gritado, golpeado la puerta, exigido una explicación.
Pero no lo hizo. Se giró hacia la calle desierta y se encaminó hacia el Renault 25.
Sacó las llaves del bolsillo. Ya no le temblaba la mano.
Deslizó el filo metálico de la llave a lo largo de la puerta del conductor.
Una línea blanca y perfecta desgarró la pintura como si abriera una herida vieja.
Guardó las llaves y observó su obra con una media sonrisa.
El coche no tenía la culpa. Pero era suyo. Y esta vez, Antonio no podría fingir que él no existía. Se dio la vuelta y se alejó por la calle estrecha, con el eco de sus pasos cortando el silencio. La noche ya no estaba en calma. Algo se había roto.
Y eso —pensó Luis— era solo el principio.