Capítulo 26
Luis observaba al gerente del banco con el mismo desprecio con el que él lo miraba.
—Si me he reunido con usted aquí en mi oficina, es para informarle que esta será la última vez que pise este banco. ¿Me entiende? —dijo con un tono autoritario.
Tenía alrededor de cincuenta años, pero se había rendido a los cuarenta. Su cabello estaba peinado con raya y gomina, y el cuello de la camisa desabrochado. Cada vez que exhalaba humo, lo hacía mirando por encima de las gafas con obvia condescendencia.
—Se lo diré con toda la claridad posible, don…
Luis —remarcó el nombre—: usted no tiene derecho a acceder a la información que está solicitando.
Ni ahora ni nunca. Ya se lo han dicho: los extractos bancarios que menciona están protegidos por el deber de secreto bancario recogido en la Ley de Disciplina e Intervención de las Entidades de Crédito y reforzado por la Ley de Protección de Datos.
—Se recostó en su sillón, como si hubiera ganado la partida—.
Aunque los ingresos provinieran de una cuenta de la que usted fuera beneficiario indirecto, lo cierto es que no figura como titular, ni como cotitular, ni como autorizado.
Por tanto, no tengo ninguna obligación legal, ni moral, ni humana —remarcó con sorna— de entregarle esa documentación.
Luis no respondió de inmediato. Aunque el humo le picaba la nariz, no mostró irritación. Él mismo se encendió un cigarrillo. Dejó que el silencio se hiciera incómodo.
Pasó la vista por el despacho con deliberada lentitud.
No era grande, pero estaba cuidadosamente ordenado: una mesa robusta de melamina con efecto roble ocupaba el centro, flanqueada por dos sillas tapizadas en terciopelo granate para los clientes.
Detrás, había una butaca giratoria con respaldo alto, más limpia que cómoda, y un archivador metálico con varias carpetas etiquetadas a mano.
Sobre el escritorio, un calendario de sobremesa con una foto de la Albufera, un teléfono fijo gris con botones y una bandeja de entrada con sobres apilados.
Finalmente, clavó la mirada en el gerente. Era su turno. Ya se sabía de memoria los extractos bancarios, pero eso no era lo importante. Lo importante era el tono. Ni arrogancia ni súplica. Solo firmeza.
—Perfecto —dijo con una sonrisa mecánica—. Me alegra saber que esta será la última vez que pise este banco. —Colocó unos documentos sobre la mesa con una calma casi teatral—. ¿Cómo si yo no entendiera de leyes bancarias? ¿Me toma por idiota?
El gerente levantó una ceja.
—No es personal, créame —añadió, forzando un tono conciliador sin apartar la mirada curiosa de aquellos documentos.
Luis ladeó la cabeza.
—¿De verdad lo cree? Porque desde aquí parece más interesado en cubrirse las espaldas que en cumplir con su deber.
—Yo solo cumplo las normas.
—Claro. Hasta que las normas molestan a alguien importante. Entonces se reinterpretan.
Deslizó con suavidad los documentos por la mesa y levantó la mano para que el gerente leyera el membrete que decía «Notaría Martínez y Rovira». Él reconoció el membrete antes de leer el contenido.
—¿Le suena este nombre? —preguntó Luis—.
Vicente Roselló Pons. Antiguo cliente suyo.
Muy antiguo. —El gerente frunció el ceño, pero no dijo nada—.
Una pena que la familia Roselló haya tenido que declarar la quiebra tras aquella hipoteca.
Ya sabe cuál —añadió Luis, dejando caer otro folio sobre la mesa—.
Y qué casualidad que la tasación inicial del inmueble superara en casi un cincuenta por ciento el valor real.
Firmada por un técnico que, curiosamente, trabajaba para una filial del banco…
hasta dos semanas después. —El silencio fue tan denso que se oyó el crujido del cuero de la butaca al moverse el gerente—.
Una hipoteca firmada bajo su supervisión.
Tasación inflada. Ejecución forzosa. Familia arruinada. Usted salió impoluto. Ellos no.
El gerente apagó el cigarro con más fuerza de la necesaria.
—No veo a qué viene esto.
—Digamos que quería refrescarle la memoria —dijo Luis, fingiendo un tono cortés—.
Para que entienda que no soy tan paciente como parezco.
No vengo por venganza —continuó con voz tranquila—.
Pero si quiere jugar con la ley, le recuerdo que la falsedad documental sí tiene consecuencias.
Y si no se acuerda, puedo hacerle llegar un dosier. Bastante completo, por cierto.
El gerente se inclinó hacia adelante. Su expresión había cambiado.
—¿Qué es lo que quiere exactamente?
Luis apagó su cigarrillo a medio terminar, se acomodó en la silla y entrelazó los dedos sobre la mesa.
—El nombre y la dirección de quien ingresaba mensualmente ese dinero en la cuenta.
Usted me lo entrega… y esta conversación nunca ocurrió.
—Se levantó despacio, abotonándose la chaqueta con gesto automático—.
O si prefiere que esto se alargue —añadió, antes de darse la vuelta—, puedo visitar mañana a su mujer.
Tengo entendido que vive en la calle Sorní, frente al mercado de Colón.
El gerente palideció.
No fue difícil conseguir aquellos papeles.
Solo requirió una noche larga en el despacho contiguo al del socio de su suegro.
En el bufete donde hacía las prácticas, nadie le hacía demasiadas preguntas desde que murió su madre.
Bastó con quedarse un par de horas más, esperar a que todos se marcharan y abrir el archivador con la etiqueta «Confidencial: Roselló / Valencia 1991». Y ahí estaba. El arma.
—Usted decide —concluyó Luis con una sonrisa tensa.
Luis salió del banco con el nombre y la dirección de quien había hecho transferencias mensuales hasta que Luis cumplió veintiún años. Su padre.