Capítulo 25
En el entierro de su madre, mientras la voz monótona del sacerdote recitaba un versículo del Antiguo Testamento y su eco se perdía entre las frías paredes de la iglesia, Luis no podía evitar pensar en la sucursal bancaria.
No en el féretro. No en los familiares que fingían tristeza mientras contaban los minutos para salir de allí.
No. Pensaba en la oficina del gerente del banco, donde, aún vestido de luto, tuvo una conversación, digamos, bastante incómoda.
Todo comenzó por casualidad, tras una pelea con su novia, que le lanzó un ultimátum: «O nos mudamos, o se acabó».
Lo peor no era el chantaje emocional. Era lo que venía detrás.
El padre de ella —socio en el bufete donde Luis hacía las prácticas— le había dejado caer entre líneas que, si formalizaban la relación, le conseguiría un puesto fijo al terminar las prácticas.
Un despacho propio con vistas a largo plazo. Si no, ya verían.
En ese mundo de corbatas grises y favores entre cafés, las puertas no se abrían con un currículum, sino con apellidos y alianzas.
Y Luis lo sabía. Por eso, en lugar de guardar luto, se pasó los días previos al entierro vaciando la casa de su madre.
No por nostalgia. Por necesidad. Con el dinero de la venta podría contribuir a la entrada del piso, firmar el contrato y mudarse.
Hacer lo que se esperaba de él. Ser formal. Ser útil. Ser alguien.
El amor, si es que seguía existiendo, ya no importaba tanto. Lo importante era asegurarse una silla de cuero en el bufete y una tarjeta con su nombre.
Mientras vaciaba los armarios para poner el cartel de «se vende», encontró una vieja carpeta olvidada en el fondo de un cajón, entre ropa de invierno y mantas que olían a alcanfor.
Dentro de la carpeta había un fajo de extractos bancarios impresos en papel amarillento.
Una transferencia mensual se repetía durante años hasta que, por casualidades de la vida, dejó de llegar justo el mes después de que él cumpliera veintiún años.
Luis clavó la vista en el ataúd sin verlo. Su madre había esquivado ese tema toda la vida. Como si hablar de él, de su padre, pudiera romper algo que necesitaba mantener intacto para sobrevivir.
La recordó en vida. Con su risa seca y su manera de callarse justo cuando las preguntas se volvían incómodas.
Había heredado ese sentido del humor directo, mordaz e inteligente. Un escudo de defensa.
Y ahora, con ella ahí dentro, todo lo que quedaba era ese hilo suelto: un fajo de viejos extractos bancarios.
Posó la mirada en el féretro como si esperara que, en cualquier momento, se levantara la tapa y su madre saliera a reñirle por llevar la camisa arrugada.
Estaba seguro de que si Dios existía, también revisaba los cuellos de las camisas y los zapatos sucios.
Ella había sido así: severa, exigente, con la voz afilada por los años y la decepción.
Una mujer a la que la vida le había prometido mucho y le había dado muy poco. O, al menos, eso decía ella.
Luis aprendió a no pedir, a no esperar, a no necesitar. Porque su madre no tenía espacio para ternura, solo para normas y horarios. Lo crió como quien riega una planta a la que ya no le ve futuro: por costumbre.
Se había ido sin respuestas. Sin pedir perdón. Sin confesar si alguna vez lo había querido. Y él, por más que le pesara, la iba a echar de menos. O al menos, iba a echar de menos la posibilidad de que las cosas hubieran sido distintas.
Ella no le enseñó a amar ni a confiar. Pero le enseñó a no deberle nada a nadie. Y eso, en cierto modo, era lo único que habían compartido.
Miró discretamente la hora. Aquella misa se hacía eterna. Un monaguillo bostezaba tras el cirio pascual. Ahora tenía la certeza de que el hombre que había ingresado aquel dinero religiosamente hasta que él cumpliera veintiún años no podía ser otro que su padre.
Se preguntó por qué nunca apareció. Por qué su madre nunca quiso que se encontraran. No podía ser tan mala persona si había cumplido con la manutención durante todos esos años.
Su madre siempre fue una mujer amargada. Pero no quería recordarla como una mujer cruel. Y, sin embargo… lo fue. Cruel, sí, si le negó que conociera a su padre cuando más lo necesitaba.
La odiaba. La odiaba con todas sus fuerzas.
Se prometió dejar ese sentimiento fuera de la iglesia, pero no podía controlarlo.
Le dijo que su padre estaba muerto y, como muerto que estaba, había que aceptarlo. Pero le mintió.
El banco crujió al cambiar de postura. Y Luis, con las manos cruzadas sobre las rodillas y el ceño fruncido, solo podía pensar en esos viejos extractos y en la sucursal del banco.
Había estado en esa oficina varias veces, pero lo habían tratado como a un perro. Confidencialidad bancaria, lo llamaban. Como si proteger el anonimato de un fantasma fuera más importante que darle a un hijo la posibilidad de saber de dónde venía.
Aunque habían pasado cinco años desde la última transferencia, sabía, lo sabía en cada hueso de su cuerpo, que el hombre que hacía esos ingresos seguía ahí fuera. Vivo. Respirando el mismo aire que él. Tal vez incluso cerca.
Y si algo había aprendido de su madre —de su terquedad, de su orgullo— era que las respuestas no se esperan. Se arrancan.
Saldría de esa iglesia y movería cielo y tierra si hacía falta. No le importaban los secretos ni las leyes ni la sombra en la que ese hombre se había ocultado toda su vida. Lo iba a encontrar. Porque merecía saber. Porque también era su hijo, aunque él prefiriera fingir lo contrario.
Salió de la iglesia sintiendo que el mundo había cambiado de forma irreversible.
El viento fresco de Valencia en diciembre no le quitaba el peso que oprimía su pecho.
No había lágrimas. Solo una determinación.
Ella se había ido con demasiadas preguntas en la maleta.
Pero él ya no podía vivir a ciegas. Hoy había enterrado a su madre.
Pronto encontraría a su padre. La sangre llama a la sangre. Y Luis, aunque no lo dijera en voz alta, ya había empezado a escucharla. Sonrió por dentro. Ese gerente del banco no tenía ni idea de lo que le esperaba cuando volvieran a verse las caras.