Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 24
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Capítulo 24

Un hilo de sudor le resbalaba por la frente, pero no lo limpió. Su pecho subía y bajaba como si no consiguiera oxígeno suficiente, sintiendo el pulso en la sien. Entre sus dedos, estrujaba la carátula vieja de El exorcista .

Empujó la puerta con el pie.

Luis estaba allí, sentado en una silla junto a la cama, con la cabeza inclinada hacia su hijo. Su mano sostenía la de Luisito, que dormía conectado a un gotero. El suero caía gota a gota, como una cuenta atrás invisible.

Cruzó la habitación sin decir nada y le lanzó la carátula, que cayó al suelo emitiendo un clac .

—¿Qué coño estás…? —Luis vio el objeto a sus pies y luego a Jerónimo.

—«¿Has visto lo que hace el cochino de tu hijo?» —recitó, apretando los dientes.

Luis bajó de nuevo la mirada, contemplando la carátula tirada en el suelo.

—Fuiste tú —dijo Jerónimo con voz baja y ronca, como si las palabras le salieran del fondo del pecho, empapadas en furia.

Su hermano alzó la vista, pero no dijo nada.

—Tú hiciste las fotos. Tú mandaste el sobre. Y fuiste tú… quien mató a papá.

—Shhh… —Levantó la mano y miró a su hijo, que seguía durmiendo plácidamente.

Los ojos de Jerónimo ardían. Había fuego en su respiración. Rabia acumulada, densa e hirviente, le recorría las venas como ácido. Se le notaba en el cuello, en la mandíbula y en el temblor de las manos.

—Mataste a nuestro padre —repitió—. Le provocaste la muerte.

—Yo no lo maté —respondió—. Fue su corazón. Yo solo… le mostré lo que no quería ver.

—¿Y quién eres tú para…?

—El primogénito —le cortó rotundo.

—¿Cómo te atreves? —preguntó, retorciendo las palabras con una mueca de asco—. Tú no le enseñaste nada. Tú lo empujaste, como se empuja a alguien desde un balcón. Lo hiciste con saña, con rabia, como un cobarde.

Luis se echó hacia atrás.

—¿Qué querías que hiciera? ¿Que me callara? ¿Que viera cómo te protegía mientras a mí me negaba, mientras vivía como si yo no existiera?

—Querías venganza. Y la tuviste. Pero fue un asesinato. Encubierto y silencioso.

—Fue su elección salir corriendo esa noche —dijo Luis con un susurro roto—. Yo solo le mostré lo que hacía su hijo. No escribí ninguna condena.

Jerónimo lo taladró con la mirada.

—Sí lo hiciste.

Su hermano se levantó de la silla despacio. Echó un último vistazo a su hijo, que seguía durmiendo, ajeno a todo. Feliz. Y entonces se rompió. Sus hombros se hundieron y una voz apenas audible salió de su pecho:

—No lo maté… No lo maté… —repitió, más alto—. No lo maté. No lo maté…

Se cubrió la cara con las manos, temblando.

Y Jerónimo, en vez de golpearlo, en vez de gritar, en vez de desatar la tormenta que llevaba dentro, solo se quedó ahí, contemplándolo.

Observando al hombre que había condenado a su padre.

Que había escrito una frase miserable en un sobre y lo había enviado como si fuera justicia.

Y por primera vez en años, Jerónimo sintió algo distinto a la rabia.

Sintió asco. Y compasión. Porque el hombre que tenía delante ya estaba cumpliendo su condena.

No necesitaba cárcel ni castigo. Lo que tenía junto a la cama —ese niño, con un tubo clavado en el brazo, dormido bajo el efecto de los medicamentos— era una cuenta pendiente mucho más dura. Y a ese castigo, Luis no podía escapar.