Capítulo 23
Jerónimo abrió la puerta justo cuando el camión de la empresa de mudanzas aparcaba en doble fila. Por primera vez en días, pensó: quizás esto se esté terminando .
Saludó con un gesto breve a los dos operarios, que subieron las escaleras. Eran dos jóvenes que sudaban incluso antes de levantar la primera caja.
La discusión con Marcos seguía palpitando bajo su piel. La rabia lo había arrastrado, lo sabía. Pero, ¿y si estaba equivocado? Había visto miedo en los ojos de Marcos.
En el salón, las cajas permanecían apiladas como las habían dejado.
—¿Está todo listo? —preguntó uno de los operarios, sacando una tableta para firmar.
—Mi hermano dijo que algunas cosas podían tirarse —explicó—. Todo lo que esté marcado con rotulador rojo, fuera.
El piso se llenó de pisadas, de cinta adhesiva rompiendo el aire y de instrucciones flotando en el ambiente.
Jerónimo les ayudó a levantar las cajas del salón, las del pasillo y las del dormitorio de Luisito.
Había vuelto buscando respuestas, pero lo único que encontraba era más oscuridad.
¿Qué papel jugó realmente aquella noche?
¿Un cobarde? ¿Una víctima? ¿Un asesino? ¿Y quién era ahora?
¿Un hombre que busca justicia o alguien desesperado por encontrar sentido al sufrimiento?
Porque, aunque no sabía si Marcos mentía, una cosa era segura: alguien había puesto las fotos en manos de su padre.
Cuando llegaron a la caja junto al sofá, Jerónimo se agachó para leer lo que Luis había garabateado con rotulador negro:
NO LLEVAR. TIRAR.
Dentro, encontró decenas de carátulas polvorientas: DVDs y viejas cintas VHS.
Justo entonces, su móvil vibró con un nuevo mensaje entrante.
Erik
Te echo de menos. ¿Crees que estarás listo para volver pronto?
Jerónimo comenzó a escribir una respuesta.
“Creo que sí, Erik. Pr…”
—¿Esto también va al contenedor? —preguntó uno de los operarios, inclinándose sobre la caja con la mano ya a medio camino.
—Sí, eso no se lo queda.
El operario comenzó a sacar los títulos uno a uno, bromeando sobre lo viejas que eran las portadas: Grease, Desafío total, La historia interminable… El exorcista.
El título le rozó los ojos como una luz reveladora, y Jerónimo sintió un escalofrío en la nuca. Recordó una frase mítica de aquella película. Se agachó, le quitó el VHS de las manos sin pedir permiso y lo sostuvo un instante. Observó la caja. Luego la volvió a guardar.
—Esta no se tira.
—¿Seguro? Está hecha polvo.
—Segurísimo.
El operario se encogió de hombros.
—Como quieras.
Él se incorporó. Su corazón latía con una mezcla de asco y lucidez. Buscó su móvil con manos torpes. Marcó a toda prisa.
—¿Luis?
—¿Dónde estás? —preguntó la voz al otro lado, agotada.
—En tu casa. Ya han empezado a cargar.
—¿Algún problema?
—Tenemos que hablar.
—¿Ahora?
—Sí. Ahora.
Y colgó antes de que su hermano pudiera protestar.
Los operarios ni le prestaron atención cuando cruzó el pasillo hacia la puerta. Pero él, por dentro, ya no era el mismo. Algo había cambiado. Y Luis… lo sabría en cuanto lo tuviera delante.