Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 22
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Capítulo 22

Jerónimo se detuvo frente a la cafetería de Marcos. Habían retirado el andamio y colocado un toldo nuevo. La persiana estaba entreabierta, como un párpado cansado, y por la rendija se escapaba una luz tenue.

Ese era el sitio donde había comenzado su huida.

Se quedó inmóvil con el teléfono aún en la mano y la mandíbula apretada, como si al morder el aire pudiera calmar el temblor que llevaba dentro.

Hacía un rato que había discutido con Christian, y ni siquiera recordaba una pelea tan tensa con él. Le llamó varias veces, pero pronto se dio por vencido.

Se pasó una mano por la cara. El sudor le corría por la espalda, y no sabía si era por la tensión o por la vergüenza de haber creído que podía buscar la verdad sin ensuciarse las manos.

Las fotos fueron tomadas esa noche. No después. Ni antes. Los clientes no sabían su nombre. Trini y Lucas estuvieron con él casi todo el tiempo. Y Teo nunca dejó constancia de su identidad. Tuvo que ser alguien que sabía dónde estaba, que sabía lo que hacía.

Quizás, en los momentos de mayor estrés, se activara un mecanismo en el cerebro que permitiera ver más allá de las evidencias, como una lucecita en una pista de aterrizaje donde la idea aterrizaba en su mente.

Era lo más obvio.

Aquello que siempre estuvo ahí, tan cerca de su cara que le resultaba imposible verlo.

Esa mota en el ojo que no te deja ver con claridad.

La conclusión a la que llegó le revolvió el estómago.

Si el círculo de Teodoro no estuvo implicado en las fotos, la única persona que sabía que trabajaba en el club… era Marcos.

Marcos, el amigo que lo arrastró al bar, bajó las persianas, lo llevó al baño, le lavó la sangre de las manos y le cambió la ropa.

Marcos, el amigo que le metió un sobre con un fajo de billetes en el bolsillo y lo empujó a la calle para que tomara un taxi y desapareciera.

Marcos, el amigo que nunca hizo preguntas.

No quería creerlo. Dios, no quería. Pero si Marcos había mentido durante veinte años, entonces no quedaba otra opción. Todo lo que pensaba que era gratitud podía haber sido manipulación.

Tenía las manos tan tensas que los nudillos se le pusieron blancos. Iba a obligarlo a hablar. A estrangular cada gota de verdad sobre lo que realmente sucedió la madrugada del 13 de diciembre de 1998.

Aunque le doliera.

Aunque lo odiara después.

Aunque esa verdad fuera lo último que le quedara.

A través del cristal vio a Marcos, sentado solo en una de las mesas del fondo. No llevaba mono de trabajo esta vez, solo una taza en las manos y los ojos perdidos en algún punto intermedio entre el pasado y la puerta.

Empujó y entró.

Marcos levantó la vista, visiblemente sorprendido.

—Joder… —dijo al fin.

—¿No sabías que vendría o no querías que viniera?

—¿Y esa cara tan seria?

Jerónimo se acercó con los ojos clavados en él. Este se puso de pie y se acercó a la máquina. La barra del bar los separaba.

—Estoy probando la nueva cafetera. Siéntate. ¿Quieres un café?

—Quiero la verdad. ¿Por qué me ayudaste a escapar?

—Ya te lo conté —respondió, girándose hacia la cafetera—. Porque alguien vino antes. Me dio dinero. Me dio instrucciones.

Marcos se refería a Christian. Jerónimo negó despacio.

—No me lo creo.

—Te he dicho todo lo que sé.

—Pero no me lo creo.

—¿Sabes cuántas veces he recordado esa noche? ¿Cuántas veces me he preguntado si hice lo correcto…? Porque no dormí tranquilo. Ni entonces, ni cuando te fuiste, ni cuando volviste. Pero si algo sé es que lo que hice, lo hice por ti.

—¿Por mí o por otra razón? Porque hay cosas que no encajan.

A Jerónimo le raspó la garganta al tragar. En ese instante, el móvil vibró en su bolsillo. Era su hermano Luis. Ignoró la llamada.

—¿Y piensas que fui yo?

—Pienso que eras el único que sabía que trabajaba en ese antro.

—Pues qué pena. Porque no hay más.

Jerónimo golpeó con el puño la barra del bar. Rechinó los dientes; la rabia le impedía soltar palabra.

Marcos levantó las manos.

—Jero, cálmate. Tienes mala cara.

El móvil volvió a vibrar. Sería otra vez Luis. Jerónimo no le prestó atención.

—No me jodas y no me seas condescendiente. Fuiste tú, ¿verdad?

—¿De qué coño hablas?

—«Me caes bien» fue lo que dijiste cuando vine aquí para comprar la Vespa. Que habías hablado con tu primo y me dabas unos días para dar una señal y reservarla hasta que yo hablara con mi padre. —Se acercó más a él—. «Me caes bien». Dime. ¿Cómo de bien te caía?

—Se te está yendo la olla.

—Fuera del círculo de Teo, eras el único que sabía que trabajaba en ese agujero. Fuiste tú quien hizo las fotos. Las que acabaron en manos de mi padre.

Marcos dio un paso atrás y su espalda chocó contra la cafetera. La taza de café se cayó al suelo y se hizo añicos.

—Deja de mirarme como un enemigo. No tengo nada que ver con esas fotos.

Te conté todo lo que sabía. Si te estuviera ocultando algo, nunca te habría entregado la tarjeta.

¿Te acuerdas? Esa tarjeta en la que ponía tu nombre y ese sobre con dinero que te dio aquel hombre con bufanda y pistola en mano.

Me cagué de miedo. Te lo he contado todo.

Te estás equivocando de persona. Yo estuve allí para ayudarte.

Jerónimo se acercó más hasta que rozó la barra del bar que los separaba.

—Eras el único que sabía que trabajaba en el bar. Si esas fotos llegaron a manos de mi padre, explicarían su muerte y eso nunca te lo perdonaría.

—No sé nada de esas fotos.

—¡Las fotos de esa noche! Frente al Club La Habana. La primera vez que trabajé allí.

—Te estoy diciendo que no tengo nada que ver con esas fotos de las que hablas. Ni siquiera las he visto. ¿En realidad existen?

El borde de la barra le apretó las costillas. De un impulso, se lanzó por encima y lo agarró por la camisa, tirando de él.

—¡Estás loco! —gritó Marcos.

—¡Cerraste el bar! ¡Viniste al club a espiarme! Como si lo estuviera viendo.

—¡Suéltame!

Lo soltó con tanta fuerza que cayó al suelo. Cuando se levantó, tenía el móvil en la oreja.

—Estoy llamando a la policía. Lárgate.

Su móvil vibró en el bolsillo. Luis. Otra vez.

—Me voy. Pero no saldré de Valencia hasta saber la verdad.

Se giró, furioso, pero la voz de Marcos lo alcanzó como un zarpazo final:

—La venganza te está cegando. No lo ves y vas a terminar mal. Muy mal.

Fuera, el aire de la tarde le arañó la cara. Respondió al fin la llamada.

—¡Fantástico! La cuarta llamada y por fin lo coges. ¿Dónde te metes?

Jerónimo cerró los ojos un segundo. Tenía un dolor de cabeza brutal.

—Por ahí. ¿Qué pasa?

—¿Qué pasa? Que los de la compañía de mudanzas ya están de camino. Me han llamado hace diez minutos. Les dije que hoy no podía ir y que pasaría mi hermano a abrir. ¿Te acuerdas o te lo pongo en un WhatsApp con mayúsculas?

Jerónimo se detuvo.

—¿Ahora?

—Sí, ahora. Se han adelantado. Quieren recoger todas las cajas. No tardarán en llegar. ¿Puedes pasarte?

—Sí, claro… ¿Todo bien con Luisito?

—No. No todo está bien. Hemos vuelto al hospital esta madrugada. Otra recaída. Está más estable ahora, pero me tengo que quedar aquí. Eva ha venido a buscar a Gabi y al niño y no me da la vida, ¿vale?

—Lo entiendo. No te preocupes. Yo voy.

—Gracias. No dejes que los de la mudanza lo destrocen todo. Hay cosas importantes. Yo… luego te llamo.

—Vale. Me paso por el hospital cuando terminen.