Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 21
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Capítulo 21

El cielo clareaba con desgana tras una noche de insomnio.

Jerónimo había dormido mal, peor que en otras ocasiones.

Había sudado bajo las sábanas, como si su cuerpo necesitara expulsar lo que sabía.

Se apoyó en el lavabo del baño y se miró en el espejo.

Intentó convencerse de que era hora de volver a Londres, de que lo que Alberto le había dicho era suficiente para cerrar la historia.

Pero no lo era. ¿Y si tenía razón? ¿Y si no buscaba justicia, sino castigo?

Daba igual; no podía detenerse.

Aún no.

El pasado ya le había robado demasiado: la inocencia, la voz y a su padre. No iba a permitir que también le robara la verdad.

Eran casi las siete de la mañana cuando llamó a Christian.

Este respondió al segundo tono.

—Han pasado solo veinticuatro horas, Jero —dijo sin saludar, como si el tiempo justificara su silencio.

—¿Solo? —replicó Jerónimo, con la voz seca.

—Sí.

—Hablé con Alberto.

—¿Y?

—Y que no los busque más. Trini y Lucas están muertos. Trini apareció en un vertedero de Sagunto, después de salir de prisión. Lucas, sobredosis… justo antes de declarar en juicio.

—Lo siento —dijo Christian—. Entonces, ¿cuándo vuelves?

—¿Volver? No puedo. No ahora.

—Pero…

—¿Pero qué, Christian? ¿Sabes por qué sigo aquí?

¿Sabes por qué no puedo volver todavía? —Su amigo no respondió—.

Porque alguien me hizo fotos aquella noche.

Fotos que acabaron en manos de Natalia. ¿Sabes lo que significa ver tu propia cara, con diecinueve años, saliendo de un puticlub, en manos de alguien que ya está muerto?

¿Tienes idea de lo que se siente pensar que esas fotos pudieron ser lo último que vio mi padre antes de morir?

Christian guardó silencio.

Jerónimo continuó:

—Estabas allí conmigo en el trastero. Me dijiste que ibas a ayudarme, que ibas a averiguar algo.

—Y también había fotos mías, un carrete y unos documentos con mi identidad. Lo sé, Jero. Yo también estoy metido en esto, pero el tiempo nos dará una respuesta.

—El tiempo solo ha hecho que sufra más. Necesito respuestas.

—Necesitas un poco de paz.

—¿Y si no quiero paz? ¿Y si lo único que quiero es entender qué demonios pasó de verdad? Lo único que haces es pedirme que vuelva, que me calme, que me olvide. Como si nada de esto hubiera pasado.

—Yo no… —empezó.

—No sabes. Ya lo sé. Esa es tu respuesta favorita últimamente. No sabes. No puedes. No encuentras nada.

—He estado ahí para ti siempre. Incluso cuando no sabías que lo necesitabas.

—Lo que necesitas es decidir si vas a seguir tratándome como a un niño.

—¿Qué quieres que te diga? ¿Que yo también quiero entender lo que está pasando?

—Claro que estoy esperando a que me digas eso. No podía esperar menos de ti.

Hubo un silencio cargado. Cuando Christian habló de nuevo, su voz era más ronca, como si se hubiera sentado en el suelo con la cabeza entre las manos.

—No sé qué hacer, Jero. No sabes lo que me cuesta no coger un avión, ir a buscarte y traerte de vuelta. Que dejes esto. Que te quedes con Erik. Que prepares la boda.

Jerónimo sintió la garganta cerrarse, como si una palabra se le hubiera quedado atrapada.

—Volver a casa es volver a un presente sin entender el pasado. ¿Cómo me pides que viva en el presente cuando he vivido entre mentiras durante tantos años? Y no metas a Erik en esto.

Se había irritado muchas veces con Christian, pero esta vez era algo más. Era sentir que lo estaba manipulando deliberadamente, usando a Erik como escudo emocional.

—No fue mi intención.

—Sí. Sí que era tu intención. Y no entiendo por qué.

—Si te soy sincero, yo tampoco. Quizá Philip tiene razón.

—¿Razón en qué?

—En que todo esto iba a terminar mal desde el principio.

—¿Qué significa eso?

—Nada —respondió rápido—. Olvídalo. Estoy cansado. No pienso bien cuando estoy cansado.

Pero Jerónimo ya no le creía. Porque su voz, incluso rota, seguía ocultando algo.

—No puedo volver sin respuestas. Y tú... tú no me estás ayudando. Me estás deteniendo.

—Jero, no te conozco.

—Y yo a ti tampoco.

Y colgó.

Dejó el móvil sobre la mesa con cuidado, como si fuera algo que pudiera estallar.

Entonces se dio cuenta de dos cosas: la primera, que las manos no le obedecían, sacudidas por un fino temblor; y la segunda, que acababa de decir una gran estupidez.

Marcó de nuevo para pedirle perdón, pero el móvil de Christian estaba apagado.

Volvió a dejar el teléfono sobre la mesa.

No se movió. Lo miraba como si aún pudiera arreglar algo.

Al cabo de un rato, lo cogió de nuevo y buscó el número de Erik.

No quería decirle nada. Solo oír su voz.

Un ancla. Algo que le recordara que aún tenía un hogar.

Pero no lo hizo. No podía. Se quedó escuchando el silencio de su propio pulso.

En su lugar, le escribió un mensaje:

He estado todo el día liado. Mañana te llamo con calma, ¿vale? Todo bien, pero agotador. Te echo de menos. Un beso.

Releyó el texto. No mencionaba la pelea ni la ansiedad que lo estaba carcomiendo. No decía nada, pero al menos confirmaba que seguía vivo.

Lo envió.

Y luego, al ver que la pantalla quedaba en silencio, comprendió que estaba solo. No porque lo hubieran dejado, sino porque él mismo se estaba alejando de todos.