Capítulo 20
El móvil de Jerónimo vibró con un número desconocido. Pulsó para descolgar.
—¿Sí?
Se escuchó un pitido, seguido de una voz robótica:
—Esta es una llamada desde el Centro Penitenciario de Picassent. Para aceptar la llamada, marque uno.
El corazón de Jerónimo se aceleró mientras marcaba el número.
—¿Jerónimo?
—¿Alberto?
—Tengo un máximo de diez minutos y creo que me sobran nueve. Te prometí que si averiguaba algo sobre Trini y Lucas, te llamaría. He tenido tiempo y he movido muchos hilos.
Jerónimo tensó las manos.
—¿Y?
—No los busques más. Los dos están muertos. Fin de la historia.
No dijo nada. El viento se llevó sus palabras antes de que pudieran formarse.
«Los dos están muertos», resonó en su mente.
De pronto, sintió como si Trini pasara a su lado, rozándole con su abrigo de visón, dejando tras de sí un rastro de perfume dulzón, la copa de vermut y un cigarrillo rubio colgando de sus dedos.
Y detrás, Lucas lo observaba de reojo mientras servía copas a los clientes.
El estómago se le encogió. Había pasado media vida huyendo, y ahora que estaba listo para mirar a sus enemigos a los ojos, estos ya eran solo fantasmas.
—¿Qué les pasó?
—A Lucas lo detuvieron esa misma noche. Colaboró con la policía y comprobaron que no tenía relación con los negocios de Teodoro, así que lo dejaron marchar, a la espera de declarar en juicio.
Pero dos días antes de testificar, apareció muerto en su piso.
Dijeron que fue una sobredosis. Tenía veintitrés años.
Pero quienes lo conocían sabían que no consumía nada.
—¿Y Trini?
—Lo acusaron de actividad delictiva en el club: obstrucción a la justicia, prostitución encubierta, posesión de sustancias ilegales...
Le quitaron la peluca y el maquillaje y lo trasladaron de prisión por motivos de seguridad.
Un año después de cumplir condena, su cuerpo apareció en un vertedero de Sagunto.
Pero tú sabes bien que esa noche no solo murió Teo.
Hubo otra muerte. Todo cambió cuando apareció el cadáver de un cliente con pasaporte británico.
Thomas Brown. Lo encontraron en los contenedores del patio interior del club.
Hubo mucho interés en cerrar el caso rápido y en silencio.
Evitar una cobertura mediática entre dos países. Y así se hizo.
Jerónimo se tomó unos segundos para digerirlo todo.
—Hay más —añadió Alberto.
—¿Más todavía? —repitió, sorprendido de la cantidad de información que podía conseguir.
—Tú también estuviste allí esa noche. ¿No tienes curiosidad por lo que contaba Trini? —Esa pregunta estalló como una bomba—. ¿Jero? Jerónimo, ¿estás ahí?
Él abrió la boca, pero no le salieron las palabras.
—Me quedan solo tres minutos —insistió.
—Está bien… —atinó a responder con un hilo de voz.
—Tú lo sabes. Y eso lo explica todo: por qué huiste.
—Yo…
—A mí no me debes nada. No te pillaron y tuviste suerte.
Mucha suerte. Hubo otros jóvenes que pasaron por el lugar.
El testimonio de Trini sobre un tal «Jerónimo» nunca fue tomado en serio.
La policía no tuvo constancia de tu identidad.
No había DNI ni contrato. Así que o se lo estaba inventando o era el apodo de algún joven y la policía no tenía manera de localizarlo.
Y yo creo que ni siquiera hubo interés. Lo irónico es que tu nombre, Jerónimo , les sonó tan raro que lo tomaron por un mote. Ese malentendido te salvó la vida.
—¿Esa fue la razón?
—La redada tenía otros objetivos: desarticular a Teo, no resolver un crimen. Como te dije al principio. Este es el fin de la historia.
Pero no era así como Jerónimo lo sentía.
—Aún no sé qué pasó con esas fotos.
Se escuchó un largo suspiro al otro lado de la línea.
—En un minuto voy a contarte lo que tú ya deberías saber. Lo que me contaste el día que quise quitarme la vida.
Jerónimo apretó el móvil. El recuerdo se le clavó como un cuchillo torcido.
La voz de Alberto bajó un tono:
—¿Recuerdas aquella tarde en la playa? Yo, con la pistola en la cabeza.
Laura llorando. Y tú, delante de los dos, como si tu cuerpo pudiera protegernos del daño que ya estaba hecho.
¿Recuerdas lo que me dijiste?. Me dijiste que había una razón para no apretar el gatillo.
Que lo hiciera por Laura. Que ella merecía tener un padre vivo.
No perfecto, pero vivo. Y no sé si lo sabes, Jero, pero esas palabras me salvaron.
Literalmente. Me salvaste tú. No la policía. No un abogado. No una condena. Tú.
Jerónimo notaba cómo se le formaba una bola en la garganta.
—Y ahora soy yo quien te lo dice: no sigas con esto. No necesitas hacerlo. No necesitas morir en vida para saldar cuentas con el pasado.
—No es lo mismo.
—Claro que lo es. Es justo lo mismo. Crees que hurgar en toda esa mierda te dará paz, pero no lo hará. Porque lo que buscas no es verdad, ni redención. Es venganza.
—Eso es absurdo.
—¿De verdad?
—Tú me diste una razón para seguir y mi única intención es devolverte el favor y…
La llamada se cortó.
Jerónimo aún podía oír el grito de Trini aquella noche, justo cuando saltaba por la ventana al patio, escapando de su pasado:
«¡Lo mataste!».
Sintió un pinchazo en la garganta como agujas. Se pasó la mano por la boca. La saliva le dejó un regusto a sangre y entonces se dio cuenta de que no era solo el recuerdo de Trini. Acababa de gritar con todas sus fuerzas.
—¡LO MATASTE!