Capítulo 19
Jerónimo contempló el techo desconchado del pasillo de la casa de su abuelo, donde aún quedaban rastros de humedad en las esquinas a pesar de la reciente capa de pintura.
Gabriel había hecho reparaciones: había pintado las paredes, cambiado las bombillas y arreglado los enchufes, pero el calentador seguía sin funcionar y lo último que le apetecía en octubre era darse una ducha fría.
Las palabras de Miguel creaban un nuevo misterio y lo alejaban aún más de la verdad. Su padre no estaba en el pueblo aquella noche. Estaba en el centro, apenas a diez minutos a pie del Barrio del Carmen. Eso lo cambiaba todo.
Sentía rabia, una rabia absurda, tonta, dirigida contra nadie y contra todos.
Contra él mismo. Contra su padre. Contra Gabriel por minimizarlo.
Contra el tiempo, que ya no podía devolverle esa conversación.
La última. Aquella sobre la Vespa, donde se dijeron las cosas equivocadas, con el tono equivocado, en el momento equivocado.
El móvil vibró sobre la mesa de madera carcomida.
—¿Jero? —la voz de Christian sonaba más suave de lo habitual—. ¿Todo bien por allí?
—Estoy en la casa del abuelo. Necesitaba un momento de soledad. Han sido demasiados encuentros.
Le contó sobre la visita de Alberto a la cárcel, para que le ayudara a encontrar el paradero de Trini y Lucas, y sobre la posterior visita de Miguel, un antiguo compañero de trabajo de su padre.
—¿Has podido averiguar algo?
—Fui al trastero esta mañana. Llevé a un conocido de la científica. Reinspeccionamos todo con más calma.
—¿Y?
—Nada. Aparte de esas fotos artísticas con mi cara —añadió con ironía—, el resto parecía la guarida de alguien que quiso hacer camping entre cajas.
—¿Te parece gracioso?
—¿Cómo?
—Que si te parece graciosa la situación.
—Por el tono de tu pregunta, te noto irritado. Y no, no me parece graciosa la situación.
—No estoy irritado. Creo que es algo más que eso.
—¿Rabia?
—Supongo.
—Jero, te conozco desde hace muchos años. No vas a volver a Londres hasta que no des con la verdad, pero a lo mejor esa verdad no te gusta.
—Chris, últimamente das muchos rodeos. ¿A qué te refieres?
—Estás buscando a dos fantasmas del pasado.
—Alberto me va a ayudar.
—Sí, ya me lo has dicho.
—Y la única teoría que se me ocurre es que alguien conocía el paradero de mi padre y le llevó las fotos esa misma noche. Tomó el coche y, cuando llegó a Valencia, no pudo más por su estado y murió.
Hubo un largo silencio al otro lado de la línea.
—¿Chris?
—Estoy aquí.
—¿No tienes nada que decir?
—Y si hubiera pasado así y ahora sabes la verdad, ¿te hace sentir mejor?
—No lo sé. ¿Y qué sabemos de Natalia? ¿No se llamaba Natalia la hija de Adrian? ¿Chris?
—Estoy aquí. —Pero su voz parecía más apagada. Triste, tal vez.
—¿Estás bien?
—Claro. Solo que…
—¿No será porque mencioné el nombre de Adrian?
—Oh. Eso ya pasó hace mucho.
—¿Estás diciendo que Natalia no existía?
—Sí existía. —Carraspeó y moduló la voz—. Mantuvo su nombre, pero no sus apellidos. Philip está siguiendo la trazabilidad digital, pero es una maraña. Identidades duplicadas, direcciones fantasma, IPs trianguladas desde Suiza, Holanda, incluso Rabat.
Jerónimo se frotó los ojos como si intentara borrar el cansancio acumulado.
—¿Y? No te entiendo, Chris.
—Ahí quiero ir a parar. Por eso te pido que confíes. Yo también quiero saber la verdad —respondió, bajando el tono, casi como si acariciara las palabras—. Cuando sepa más te lo diré. ¿Vale?
Pero Jerónimo no respondió a la pregunta.
—Dile a Philip que se mejore.
Colgó. Y ahí, solo, rodeado de polvo, silencio y verdades que empezaban a no encajar, se dejó llevar por el vértigo.
¿Y si su padre estaba yendo a buscarlo? ¿A protegerlo?
¿Y si murió por eso? Se inclinó hacia adelante con las manos entrelazadas y la espalda encorvada, como si esperara un castigo.
¿Se sentiría mejor saber la verdad? Claro que sí.
Todo aquello era un lastre para seguir adelante.
Pero también valoró la idea de dejarlo todo.
Volver a Essex. Preparar la boda con Erik.
Hacer como si nada de esto hubiese pasado.
Cerrar el trastero. Olvidar. Pero no podía.
Porque no se trataba solo de su padre. Se trataba de él mismo, de lo que le hicieron creer, de cómo construyó su vida sobre una culpa que, tal vez, ni siquiera le pertenecía.
Inspiró hondo. El aire entró helado y le dolió la garganta.
Se levantó despacio. Iba a coger la llamada de Alberto.
Iba a escuchar todo lo que tuviera que decirle.
Y luego, iba a encontrar a quien hizo esas malditas fotos.
Iba a saber por qué su padre murió esa noche. Iba a llegar hasta el final.
Fuera lo que fuera lo que encontrara, no volvería a huir. Aunque aún no sabía que había entrado en un callejón sin salida.