Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 18
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Capítulo 18

Ese mismo día pasó la tarde con su cuñada y su sobrino. Cruzó el salón de Eva con una bandeja de galletas recién horneadas, cuidando de no pisar un xilófono de plástico, un libro de tela o el coche rojo que parecía estar en el centro del universo del bebé.

—Has venido a sabotear mi dieta y hundir mi autoestima. No voy a caber en el traje de dama de honor —dijo Eva desde el sofá, con el niño en brazos y los pies descalzos sobre la mesita de café.

Llevaba una camiseta de algodón con un unicornio desdibujado y su cabello recogido en una coleta improvisada, con mechones sueltos que enmarcaban su rostro en forma de corazón.

—Pasarán unos meses hasta la boda —dijo Jerónimo—. Solo intento mantener mi puesto en la familia. Me han dicho que a este señor —observó al niño, que lo miraba con baba en la barbilla— le gustan más las de chocolate que las de avena.

—Mmm... tiene buen gusto, salió a su tío —respondió Eva, estirando la mano para coger una galleta.

Él la observó con esa energía desbordante que ni la maternidad ni las ojeras parecían apagar.

Siempre había envidiado eso de Eva. Esa capacidad para seguir adelante sin necesitar todas las respuestas.

Su forma de vivir sin diseccionar cada recuerdo, cada gesto o cada herida.

Al principio, cuando Gabriel empezó a salir con ella, a él le costaba entender qué veía su hermano en aquella chica bajita y risueña que hacía preguntas con respuestas obvias.

Pero con el tiempo, aprendió a quererla.

O quizás a agradecer su presencia. Había algo en su manera de estar tan cálida, tan desbordante y tan presente.

Incluso en los momentos más tensos. Ahora le parecía admirable, sobre todo por su forma de estar en el mundo sin entenderlo todo.

Eva venía de una casa grande, con ambiciones grandes, y aun así había elegido una vida pequeña. Y no se quejaba. Todo lo contrario. A veces, él le tenía envidia, no por lo que tenía, sino por lo claro que lo tenía. Ella quería ser madre y ser feliz. Punto.

Jerónimo se sentó en el sofá opuesto y dejó la bandeja sobre la mesa. Eva ya tenía una galleta entre los dedos.

—¿Has dormido algo? —preguntó él, notando las suaves ojeras bajo sus ojos color canela.

—He dormido a ratos. Este enano decidió que a las cuatro era un buen momento para que todos nos pusiéramos en pie —dijo, y el niño soltó un gritito, como si entendiera la broma—. Pero bueno, el café hace milagros.

Él sonrió, pero el gesto se le apagó. Eva lo notó de inmediato.

—¿Qué pasa? ¿No te hace ilusión la boda?

Jerónimo se sonrojó.

—No, no es eso.

El timbre sonó. Los dos se miraron.

—¿Esperas a alguien? —preguntó él y Eva negó con la cabeza.

Se acercó a la puerta y, al mirar por la mirilla, reconoció una silueta inesperada. Miguel.

—¿Puedo pasar?

—Claro. —Se hizo a un lado—. ¿Cómo sabías que estaba aquí?

—Sé dónde vive tu hermano.

Eva asomó desde el pasillo con el niño en brazos.

—¿Todo bien?

—Sí, no se preocupe —respondió Miguel—. Solo será un momento.

—Dame cinco minutos, Eva —le dijo Jerónimo al pasar junto a ella y luego guió a Miguel al comedor, donde él no se quitó la chaqueta ni se acomodó.

Se quedaron solos. Miguel fue directo:

—Tu padre no estaba en el pueblo cuando tuvo el infarto.

A Jerónimo se le encogió el corazón como una esponja y una corriente eléctrica le recorrió la espalda al escuchar aquella noticia.

—¿Perdona?

—No estaba allí cuando tuvo el infarto.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó mientras se sentaba despacio.

Miguel permaneció de pie.

—He estado preguntando.

—¿A quién?

—A un par de compañeros que ya están jubilados, pero que recuerdan cosas.

—¿Y qué te contaron?

—Después de hablar con ellos, deduje que tu padre no pudo estar en la casa del pueblo.

Al menos no en el momento del infarto. Yo no lo sabía.

Después de su muerte, fui a recoger sus cosas.

Todo estaba allí, como siempre. No parecía haber salido…

Pero después de hablar ahora con uno de los compañeros de aquella época, recordé algo.

—Hizo una pausa breve—. Me llamó esa misma tarde.

Dijo que había hablado contigo y que estabas encaprichado con una Vespa y que…

Jerónimo sintió una punzada en el estómago al recordar aquella llamada.

La última vez que hablaron fue ese sábado por la tarde.

Fue su última conversación y empezó por una Vespa.

Solo quería comprarla. Su padre solo quería que madurara.

Discutieron. Gritaron. Él, con rabia. Su padre, con decepción.

Pero su padre no dijo nada. Solo colgó. «Ahí lo dejamos». Y lo dejaron ahí. Para siempre.

—¿Y qué más te dijo? —Notó que la voz le arañaba la garganta.

—Me soltó que si alguien preguntaba por él en la oficina, dijera que estaba en Madrid por trabajo y no volvería hasta la semana siguiente.

—Entonces, ¿dónde estaba mi padre?

—Yo estaba en el hospital. Otros compañeros se encargaron de cerrar la oficina y fueron a recoger el coche, pero el coche no estaba en el pueblo.

—¿Dónde estaba?

—Aparcado cerca de la calle La Paz. Lo encontraron gracias a una multa que llevaba días en el parabrisas. Un agente avisó a la sucursal.

—¿Y no te pareció raro?

—A nadie le pareció raro. Era Valencia. Aparcar en el centro es una pesadilla. Además, nadie sabía que tu padre estaba en el pueblo y yo tenía la cabeza en mil cosas que organizar.

—¿Pero si tenía el coche en Valencia…?

—Entonces no estaba en el pueblo —concluyó Miguel por él.

Jerónimo miró al suelo, procesando la información.

—¿A cuánto está del Barrio del Carmen andando?

—¿Desde la calle La Paz? Unos quince minutos. Quizá menos con paso ligero.

—Y si iba con prisa, ¿diez?

—Es posible. ¿Por qué iría con prisa?

Jerónimo tardó en responder.

—Por nada —murmuró, aunque su voz sonaba distinta. Acababa de entender por qué su padre había regresado a Valencia aquella noche.

Acompañó a Miguel hasta la puerta y le agradeció que se hubiera pasado. Cuando volvió al salón, Eva lo estaba esperando con el bebé dormido sobre el pecho.

—¿Todo bien? —preguntó ella en voz baja.

Él no respondió de inmediato. Fue hasta la mesa y cogió una galleta, pero no se la llevó a la boca.

—Ese hombre te ha contado algo —dijo Eva—. Algo que te ha cambiado la cara.

—Quizás para bien —respondió él, sin saber del todo si lo creía.

Ella lo observó.

—O quizás no.

Entonces, el sonido de la cerradura rompió la pausa. Era Gabriel, que acababa de entrar en casa.

—Gabi —dijo Jerónimo, sin rodeos—. ¿Cuál es el hospital más cercano al pueblo?

Gabriel dejó las llaves sobre la cómoda.

—El Hospital La Fe. ¿Por qué?

—Exacto —dijo, como si necesitara confirmarlo en voz alta—. ¿Y entonces por qué llevaron a papá al Hospital Clínico Universitario?

Su hermano parpadeó confundido.

—No sé. Nunca lo he pensado. Supuse que sería lo más apropiado.

—No lo era —dijo Jerónimo—. No si estaba en el pueblo. La Fe está en la parte sur de Valencia.

Su hermano se apoyó en el marco de la puerta y cruzó los brazos.

—¿Y qué insinúas?

—Que papá no estaba en el pueblo cuando le dio el infarto.

Gabriel miró a Eva, pero ella ya se había levantado y se alejaba hacia el pasillo con el bebé en brazos.

—Voy a dar de comer al pequeño —dijo, evitando entrar en aquella batalla—. Acaba de despertarse y le toca el biberón de la tarde.

Gabriel escudriñó a su hermano.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Miguel.

—¿Miguel? Por favor. Si quieres montar una teoría conspiranoica, hazlo sin arrastrar a papá.

—¿Eso crees que estoy haciendo? ¿Montando una teoría conspiranoica?

—Estás desenterrando cosas que ya no cambian nada. Está muerto. ¿Qué más da si murió en Valencia o en Marte?

—A mí me da —espetó Jerónimo, alzando la voz más de lo que pretendía—. Me da porque yo hablé con él esa noche. Porque discutimos. Porque me colgó el teléfono y nunca más volví a oír su voz. Y ahora resulta que ni siquiera sé dónde estaba cuando murió.

Gabriel apretó la mandíbula.

—Siempre lo haces, ¿sabes? Siempre conviertes todo en una especie de ajuste de cuentas personal. Como si el mundo te debiera explicaciones.

—No quiero explicaciones del mundo. Quiero saber si papá murió huyendo de algo. Si estaba en Valencia por culpa de Teodoro Montenegro.

—¿Y qué vas a hacer con esa información, eh? No estás aquí para arreglar nada —dijo bajando la voz—. Estás aquí porque te remuerde la conciencia. Y eso no te da derecho a revolver la vida de los demás.

—¿La vida de quién estoy revolviendo? ¿La tuya? ¿La de Eva? ¿La del niño? ¿O la del fantasma de papá?

Gabriel respiró hondo. Se oyeron los balbuceos del bebé y a Eva jugando con él.

—Haz lo que quieras —dijo al final—. Pero no conviertas esta casa en tu sala de interrogatorios. Aquí no hay sospechosos.

—No busco culpables. Solo quiero entender qué pasó de verdad.

—Pues empieza por entender que no todos quieren remover ese pasado.

Y se alejó por el pasillo hacia la habitación de su hijo, dejando el eco de su molestia flotando en el salón.

Jerónimo se quedó solo. Escuchó de nuevo la voz de Eva hablándole al bebé. Y por un instante envidió esa risa. Esa manera de seguir viviendo sin tenerlo todo claro.