Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 17
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Capítulo 17

El taxi dejó a Jerónimo frente a la entrada del centro penitenciario, en una carretera secundaria rodeada de campos. El edificio se alzaba a lo lejos, tras varios perímetros de seguridad. Un cartel anunciaba en letras sobrias: Centro Penitenciario de Valencia II - Picassent.

Si alguien podía dar con el paradero de Trini, ese era Alberto.

Avanzó a pie hasta la primera barrera, donde se encontraba la garita de control exterior, un módulo blanco con ventanales verdes y vigilancia continua.

Un guardia civil lo recibió con gesto serio y le pidió el DNI y el nombre completo del interno.

Luis había movido los hilos. No necesitó más que un par de llamadas: una al director adjunto del centro penitenciario, con quien había coincidido en una mesa redonda sobre reinserción, y otra al juez de vigilancia penitenciaria que supervisaba el módulo donde estaba Alberto.

No fue un favor personal, sino una gestión respaldada por su apellido y trayectoria.

En apenas veinticuatro horas, un permiso excepcional firmado por el juez de vigilancia penitenciaria le permitió entrar.

Luis había insistido en que se trataba de una «entrevista de carácter profesional», y con ese pretexto, los engranajes cedieron.

Tras verificar su inclusión en la lista de visitas programadas, le permitieron el paso al siguiente recinto y entró a través de un acceso peatonal controlado electrónicamente.

A su izquierda, una cámara seguía cada movimiento.

Cruzó un pasillo de aire opresivo hasta llegar al edificio de control de accesos, donde un funcionario uniformado le indicó:

—Por favor, guarde sus objetos personales en una taquilla.

Jerónimo colocó el móvil, las llaves y la cartera en una de las taquillas metálicas, pasó por el arco detector de metales y otro funcionario lo cacheó con un detector manual.

En una ventanilla acristalada, una funcionaria revisó de nuevo su documentación y le entregó una tarjeta identificativa con un código de visitante.

Firmó un registro, indicando que no era familiar, sino visita autorizada.

El funcionario no se molestó en mirarlo.

—Zona de comunicaciones, módulo seis. Espere a que lo llamen por megafonía.

Jerónimo se sentó en un banco metálico bajo una luz blanca que endurecía aún más el ambiente.

Pocos minutos después, la megafonía anunció su nombre.

Un funcionario lo guió por un pasillo largo y luminoso, cubierto por una bóveda acristalada, hasta el edificio de comunicaciones, donde el interno estaba siendo conducido desde su módulo por los funcionarios correspondientes.

Jerónimo fue escoltado a una sala especial de comunicaciones vis a vis, sin cristal, pero bajo vigilancia.

Esperó unos segundos. Entonces, el interno apareció, escoltado.

Vestía ropa deportiva sin cordones ni cinturón.

Tenía el cabello corto, más oscuro de lo que Jerónimo recordaba, y una barba rala que le daba un aspecto de hombre cansado.

Ambos se sentaron frente a frente. La conversación podía durar un máximo de cuarenta minutos.

Estaba prohibido tocarse, intercambiar objetos o levantar la voz.

—¿A qué debo la visita? —preguntó Alberto, dejando las gafas sin montura sobre la mesa.

—Yo tampoco tenía pensado llegar a Valencia así de repente, pero necesito tu ayuda.

Alberto sonrió con un deje de sorpresa, se recostó en la silla y cruzó los brazos.

—Soy todo oídos.

Jerónimo se fijó en que Alberto tenía la foto de su hija tatuada en el brazo.

—¿Cómo está Laura?

—Cumple seis años el mes que viene. Me han dado permiso para estar con ella ese día.

Laura era el reverso limpio de una historia sucia. El único gesto de inocencia que sobrevivía a aquella cadena de engaños, huidas y juicios. A veces, Jerónimo se preguntaba si Alberto habría sido diferente de haberla conocido antes. Pero ahora la veía cada mes, y quizá aún quedaba algo que salvar.

—Hace veinte años, Teodoro Montenegro, un empresario que llevaba varios negocios de hostelería, fue asesinado en un ajuste de cuentas. Busco a quienes trabajaron con él.

—¿Para qué?

—Teodoro era el dueño de un club que usaba como tapadera para la prostitución masculina.

Me enganchó para trabajar de camarero cuando tenía diecinueve años.

Yo no sabía nada. Solo quería dinero rápido para comprarme una Vespa.

—Respiró hondo. La garganta se le había secado—. Estuve allí la noche que lo mataron.

—Vaya, vaya… así que por eso desapareciste.

—No quería que me atraparan en algo que no entendía. Me fui. Dinamarca me pareció lo más lejos posible.

—Vaya —repitió, de nuevo digiriendo aquella historia.

—Días más tarde me puse en contacto con mi hermano pequeño, quien me dio la noticia de que mi padre había muerto.

—¿Teodoro mató a tu padre?

—No. Mi padre murió de un infarto. Tomaba medicación, así que no relacioné su muerte con lo que pasó en el club durante todos estos años.

Pero ahora sé que Teodoro era cliente suyo en la aseguradora y que lo presionó para que colaborara en fraudes con pólizas falsas.

Mi padre se negó. Y justo poco después murió.

—¿Y qué hago yo con todo esto?

—Hace poco encontré unas fotos de aquella época. Alguien se las mandó a mi padre la noche que murió, con un mensaje en el reverso del sobre: «¿Has visto lo que hace el cochino de tu hijo?».

—Hostia.

—Estoy seguro de que las fotos fueron el detonante de su muerte. Quiero saber quién las hizo. Quiero saber la verdad.

—¿Y a quién buscas?

—A Trini. Un travesti que controlaba el Club de La Habana. Nada se movía allí sin que él lo supiera.

—Trini, Trini… —Alberto golpeó la mesa con los dedos—. No me suena.

—¿Y Lucas? Un camarero.

—Aún menos.

—Alguien de su entorno tomó esas fotos. Necesito saber quién fue.

—¿Y cuándo lo sepas? ¿Qué vas a hacer si descubres que esa persona fue la causa de la muerte de tu padre?

Jerónimo tardó un segundo en responder.

—Ya te lo he dicho. Estoy buscando la verdad.

Alberto lo observó en silencio.

—¿Por qué me miras así? —preguntó Jerónimo.

—Porque no pareces alguien que solo busca la verdad. Pareces alguien que quiere venganza.

—¿Me vas a ayudar?

—¿Ayudarte a encontrar la «verdad»? —dijo con un deje sarcástico, inclinándose hacia él—. Déjame mover hilos y preguntar aquí y allá. Veré lo que puedo hacer. Pero si encuentras a Trini —hizo una pausa—, más te vale estar preparado para lo que pueda contarte.

—¿A qué te refieres?

—A veces creemos que buscamos respuestas. Pero lo que encontramos son problemas.

—Aun así, necesito saber.

—Bien. Pero si el pasado vuelve a morderte el culo, no digas que no te lo advertí.

Un timbre sonó. Se levantaron y Alberto salió primero, escoltado.

—Jerónimo —lo llamó antes de desaparecer—. Sé que no me lo estás contando todo.

Él se detuvo a medio paso, pero no se giró. No negó ni afirmó. Siguió caminando tras el funcionario. Mientras cruzaba el corredor de regreso, una idea lo asaltó con fuerza: ¿Y si lo que Trini tenía que contar no era sobre Teodoro… sino sobre Christian?

Al salir, mientras cruzaba el aparcamiento bajo un cielo gris, Jerónimo desbloqueó su móvil por inercia.

Un solo mensaje a las 09:47.

Erik

Buenos días a ti también… o lo que queda de ellos

Imagino que tu intensa vida te tiene demasiado ocupado para acordarte de que en Essex hay alguien que aún te quiere, incluso sin café ni mensajes.

PD: He invitado a un amigo del periódico a la boda. Luego no digas que no te consulto cosas importantes

PD2: Te echo de menos. Incluso así, sin respuesta.

Hasta ese momento, no había pensado en Erik y se sintió culpable:

Jerónimo

Voy a pasar por casa de Eva. Estarás trabajando ahora. Hablamos más tarde. Todo bien. Te quiero

Releyó lo que había escrito y supo que no era del todo cierto.

Tampoco había dormido bien aquella noche, pero no encontró nada mejor que decir.

Lo envió de todos modos. Luego apagó la pantalla y se quedó quieto unos segundos, con el móvil aún en la mano, como si esperara que Erik respondiera de inmediato.

Pero no ocurrió. Y entonces, lo echó de menos con una intensidad repentina y absurda, como si acabara de darse cuenta de que llevaba horas viviendo sin él.