Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 16
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Capítulo 16

La calle de San Vicente Mártir se extendía recta y amplia, siendo una de las vías más antiguas y emblemáticas de Valencia.

Jerónimo se detuvo frente a un edificio con balcones corridos, frisos sobrios y un portal en chaflán con verja de hierro fundido.

El despacho de Luis estaba en un séptimo piso y, en ese momento, el ascensor se encontraba en reparación.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó, levantando una ceja desde su sillón de cuero—. ¿Has subido corriendo una maratón?

Jerónimo se limpió la frente con la manga.

—El ascensor no funcionaba.

—Ah, sí, lo van a arreglar. La compañía viene una vez al mes a pasar la mano para cobrar por cada reparación —hizo una pausa—. Creo que estás más gordo.

—Y tú más sincero. ¿Tienes agua?

—También whisky escocés, del bueno. Chivas 12 años.

—Agua me bastará.

—Como quieras.

Se levantó, le sirvió un vaso y se lo tendió.

Sobre la mesa, tan impecable como su peinado, había una foto de Luisito y un dispensador de chicles de nicotina, como si ambos sostuvieran su día a día.

—¿Cómo está tu hijo?

Luis se distrajo un momento contemplando la foto.

—Ya está en casa. Vuelve al cole mañana. —A continuación, deslizó unos papeles impresos por la mesa—. Esto es lo que he encontrado.

—Gracias.

—No te molestes en leerlos. Te lo resumo: ese Teodoro Montenegro era un hijo de la gran puta. Fin de la historia.

Jerónimo pasó las hojas.

Luis suspiró dramáticamente y empezó a hablar.

—Teodoro Montenegro. Chileno de nacimiento, aunque decía que eso no importaba porque «ya tenía alma valenciana».

Todo el mundo lo llamaba Teo. Él mismo se reía con lo de «Teo el Feo…

pero con encanto». Terminó en clubes nocturnos donde se movía de todo: alcohol, drogas y sexo.

Tenía contactos en notarías, gestorías y aseguradoras.

Si no hacías lo que quería, las cosas se complicaban.

Chantajes, fraudes, pólizas falsas… —Sacó un chicle de nicotina y continuó—.

Sabía cómo cubrirse las espaldas. Y cuando la policía se acercaba, desaparecía o tenía una coartada perfecta.

Hasta que un día, boom —dijo clavando la mirada en Jerónimo—: apareció muerto.

Decían que fue un ajuste de cuentas. Nadie lloró mucho.

—Mascó el chicle con más fuerza—. ¿Contento con la información?

—¿Y puedes confirmar que fue él quien hizo las fotos?

—No. Pero si alguien tenía motivos, era él.

—¿Crees que amenazó a papá?

Luis giró la pelota antiestrés entre los dedos.

—No tengo pruebas. Pero si me preguntas si ese Teodoro sería capaz, sí. Y más si papá se negó a jugar su juego.

Jerónimo guardó silencio un momento. Luego, bajó la vista al vaso de agua.

—Quizá no fue él. Quizá alguien cercano. Trini o Lucas.

—¿Quiénes?

—Gente del club.

Luis dejó de mascar el chicle.

—Jero, hay cosas que es mejor dejar enterradas. Teodoro Montenegro era escoria. Todos lo sabían. Si alguien lo quitó de en medio, no fue por dinero ni por venganza. Fue porque se lo merecía.

—No es tan simple. Si lo fuera, no estaría aquí.

—A veces es mejor que ciertas verdades mueran con quienes se equivocaron.

—No estoy de acuerdo.

—Mira, Jero. Hay algo que no entiendo. Si ese Teo está muerto, ¿qué verdad buscas?

—Los detalles. Cómo lo orquestaron. Christian está buscando pistas en Londres para entender cómo acabaron las fotos en el trastero de una mujer. Yo quiero saber lo que pasó aquí.

Su hermano suspiró, resignado.

—Estás cazando fantasmas.

Jerónimo apretó el vaso de agua con más fuerza de la necesaria. Estaba cansado de que todos le dijeran lo mismo. Mientras Luis estudiaba la expresión de su hermano pequeño, Jerónimo sintió que una idea tocaba a la puerta.

—¿Puedes pedirme un pase para visitar a Alberto?

Los ojos de su hermano se abrieron más.

—¡¿Alberto?!

Alberto había sido condenado por cohecho tras destaparse una red de amaño de contratos públicos en el Levante.

Pasó más de cinco años en prisión antes de recibir la condicional, solo para terminar de nuevo entre rejas por la muerte de una madre danesa afincada en Valencia y el rapto de la hija que tenían en común.

Su hermano representó a Alberto en el juicio.

Sabían que no había matado a Connie y lo demostró presentando pruebas clave, aunque no pudo escapar de ser acusado del rapto de su hija biológica, Laura.

Su hermano podía ser muchas cosas —cínico, sarcástico, impenetrable—, pero Jerónimo sabía que, cuando se comprometía, era leal hasta el final. Sabía que, si alguien podía dar con Trini o Lucas, era Alberto.

Luis cruzó los brazos.

—Ni hablar.

—Luis —dijo Jerónimo, sin apartar la vista de la foto de Luisito—. ¿Y si fuera tu hijo? ¿Si alguien tuviera una pista sobre él y nadie se atreviera a levantar el teléfono?

Su hermano se quedó en silencio. Luego mascó el chicle con fuerza.

—Haré lo que pueda. Pero no prometo nada. Y si acabas metido en líos, no vengas a llorar.

—No pienso hacerlo —respondió con tono seco.

Luis lo observó con una mezcla de desconfianza y resignación.

—¿Y tú qué piensas hacer mientras tanto?

—No lo sé. Leer los papeles. Pasear. Ir a ver a Eva. Ducharme, si el agua caliente sigue sin aparecer por casa del abuelo.

Luis esbozó una media sonrisa torcida.

—Pásate por la mía cuando quieras. Pero no me vacíes el termo, ¿eh?

—Ya me lo has dicho. Me pasaré. Gracias.

—Y si te quieres entretener… puedes echarme una mano con las cajas. Todavía no he terminado la mudanza y no tengo tiempo ni cabeza. Me están matando en el despacho y con el niño recién salido del hospital…

—Lo haré encantado. Me vendrá bien tener las manos ocupadas.

Luis asintió en silencio y, por un instante, pareció que no eran solo hermanos intentando resolver un caso imposible, sino dos hombres agotados intentando reconstruir algo de lo que alguna vez compartieron.