Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 15
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Capítulo 15

Jerónimo vio la llamada perdida de Christian justo al salir del bar. Ni siquiera tuvo tiempo de devolverla porque el teléfono volvió a vibrar.

—¿Chris?

—Jovencito, ¿cómo va todo? —contestó la voz al otro lado con su habitual tono irónico, relajado y cercano.

—Acabo de hablar con Miguel Rivas —dijo—, un compañero de trabajo de mi padre.

—¿Y?

—Confirmó lo que sospechaba: Teodoro Montenegro le presionó. Iba a su oficina, lo buscaba y le pidió que tramitara pólizas falsas. Mi padre se negó, y cuando la policía estaba al acecho, se fue al pueblo para que pasara la tempestad.

—Un hombre inteligente.

—Y en medio de todo eso, alguien le mandó las fotos. No puede ser de otra manera. Alguien que sabía que yo era el hijo de Antonio y que me había metido en ese agujero. La frase del sobre no deja lugar a dudas: «¿Has visto lo que hace el cochino de tu hijo?».

Un coche pasó con música ochentera a todo volumen. Jerónimo bajó la cabeza y se frotó la nuca, como si el pasado pudiera desanudarse con los dedos.

—¿Crees que tiene algo que ver con tu misión aquí en Valencia?

—Jovencito, ¿me estás preguntando si tengo algo que ver con la muerte de tu padre?

—Me refiero a la misión.

—No —respondió Christian, rotundo—. Ni la misión ni yo teníamos nada que ver con tu padre. Hasta la pregunta me ofende.

—No he dicho que tú tuvieras algo que ver directamente —murmuró él—. Te he preguntado si podría haber alguna relación.

—Y te he respondido. No, que yo sepa.

—Entonces, ¿por qué estaban esos informes confidenciales de la misión junto con mis fotos?

—No lo sé.

Ambos guardaron silencio. Al otro lado de la calle, una pareja joven discutía en voz baja bajo la marquesina de un estanco cerrado.

Jerónimo quería mucho a su amigo Christian, pero desde que volvieron de Groenlandia se había distanciado de él.

Y aunque su amigo se sinceró con él, fue esa confesión la que, paradójicamente, aumentó la distancia entre ellos.

—¿Y tú? —preguntó Jerónimo—. ¿Has averiguado algo?

Christian carraspeó, como si necesitara acomodar su tono.

—Contacté a un conocido en la policía científica de aquí, en Londres. Mañana irá al trastero a revisar. También he pedido que intente acceder a las cámaras del edificio. Quizá haya alguna imagen útil.

—No había cámaras en los pasillos, solo en los accesos principales. La noche que estuve allí lo comprobé. ¿Y eso cuánto tardará?

—¿Sin orden judicial y como favor personal? No sé… ¿Jero? ¿Estás ahí?

Fuera, el cielo de Valencia comenzaba a oscurecerse a mitad del día, como si alguien hubiese bajado una persiana invisible. Jerónimo se giró, apoyó la espalda contra la pared de un edificio y cerró los ojos un segundo.

—Dime que todo va a tener sentido.

—Quiero evitar que te metas en algo que no entiendes del todo.

—Claro. Porque tú sí lo entiendes todo, ¿no?

—Esto no se resuelve en dos días.

—No, claro que no. Llevamos ya dos décadas.

Christian bajó el tono, como si esa frase le hubiera cortado algo por dentro.

—Has dormido mal. Eso es lo que tiene viajar. A veces el sueño se rompe.

—He dormido mal los últimos veinte años.

—Jero… No hagas nada sin hablar conmigo antes. Por favor.

Él apretó los labios antes de responder.

—Luis me está esperando. Te llamo luego.

Y colgó.