Capítulo 14
Jerónimo salió de la casa de su abuelo y se dirigió hacia la Gran Vía. Cruzó una calle tranquila, con el cuello del abrigo levantado contra el viento húmedo de octubre y entró en la aseguradora.
—¿Puedo hablar con Miguel Rivas? —preguntó a la joven detrás del mostrador.
Ella dejó de teclear, se quitó un auricular y paró de mascar chicle.
—¿Cómo?
—Busco a Miguel Rivas.
—¿De parte de quién?
—Dile que soy Jerónimo. Se acordará de mí, soy el hijo de un compañero suyo.
—¿Compañero de aquí?
—Antonio...
Ella negó con la cabeza.
—No me suena.
Posiblemente le cambiaban los pañales cuando su padre rellenaba informes en esa oficina.
—¿Pero está aquí?
—Creo que Miguel ha salido a almorzar.
—¿Sabes dónde?
—No es mi trabajo saber dónde almuerzan mis compañeros.
—Entonces me quedaré esperando.
Se apartó del mostrador en busca de un lugar donde sentarse.
La última vez que estuvo allí, las paredes olían a pintura fresca.
Ahora, en cambio, desprendían un olor a humedad y recuerdos mal ventilados.
Hacía lo mismo que entonces: buscar respuestas.
Pero esta vez no buscaba a su padre; buscaba a un fantasma.
—¿Tan urgente es? —preguntó la joven.
—Estoy en Valencia solo unos días —respondió él— y creo que se alegrará de verme.
Ella levantó la mano.
—A la izquierda, al llegar a la avenida Reino de Valencia. Estará el bar La Pichurrina.
Jerónimo agradeció con un gesto y se dio la vuelta.
—Oye —añadió ella—, si lo ves, dile que Francisco ha llamado y que llega en media hora. Que se dé prisa, que al nuevo jefe no le gustan los almuerzos largos.
—Se lo diré.
Aunque no estaba seguro de que Miguel se alegrara de verlo después de veinte años desaparecido.
Aquel lugar rebosaba de empleados de oficina, funcionarios apurando el almuerzo antes de volver a fichar y un grupo de obreros con monos iguales devorando bocadillos.
El olor a ajo frito, pimientos de Padrón y tortilla de patatas le abrió el apetito.
Se acercó a la barra y entonces lo vio. Miguel ya estaba sentado en una mesa, tomando un café con un plato lleno de migajas de un cruasán delante.
Había engordado. Su cabello era casi blanco y su piel estaba curtida por el sol.
Sin embargo, su expresión tranquila seguía siendo la misma.
—Miguel. —Se quedó parado, esperando a que lo reconociera. El hombre levantó la vista, confundido—. Soy Jerónimo, el hijo de Antonio. ¿Se acuerda de mí?
—¿Jerónimo?
—¿Puedo hablar con usted?
—¿Cómo supiste que estaba aquí?
—Pregunté en la oficina.
—¿Por qué me buscas?
Jerónimo continuaba de pie.
—Quería hablar con usted —insistió.
Miguel dejó la taza de café. Su expresión era una mezcla de curiosidad y sorpresa.
—¿Por qué me hablas de usted si la última vez que hablamos me hablaste de tú?
La última vez que lo vio, Jerónimo era poco más que un crío que entraba en la oficina de su padre con un nudo en el estómago. «Seguro que está bien, chaval», le había dicho, refiriéndose a la extraña desaparición de su padre.
—Siéntate, anda —le dijo Miguel—. ¿Cómo te ha tratado la vida?
—Bien, ¿y a usted… a ti? —se corrigió.
—No me puedo quejar. Tengo dos nietos y dentro de seis meses me jubilo. ¿Qué puedo hacer por ti?
Jerónimo se acomodó en la silla y se acercó más a Miguel para evitar el ruido del bar.
—Quiero saber cómo murió mi padre.
Miguel entrecerró los ojos.
—¿Para eso quieres hablar conmigo?
—Quiero saber qué pasó.
—¿Y por qué ese interés ahora?
—Sé que estaba pasando por un mal momento… tomaba medicación para el corazón.
Pensó en las pastillas que había encontrado por casualidad en su casa, pero sobre todo, en Teodoro Montenegro.
Miguel asintió.
—Así es.
—¿Te encargaste de todo?
—Eso ya pasó. —La voz de Miguel se tensó, al igual que su espalda.
—Pero el pasado está muy presente.
—¿Y en qué te serviría saberlo?
—Siempre me pareció todo muy repentino.
—Hijo, vienes aquí después de veinte años para preguntar por la muerte de tu difunto padre y ni siquiera asististe al entierro.
Jerónimo sintió cómo las palabras le golpeaban con la fuerza de un puñetazo.
—No pude.
—Eso no es excusa.
—No pretendo que lo sea. Es la verdad.
—Ni siquiera tu madre asistió.
Jerónimo cambió de postura.
—¿Cómo te enteraste?
—Llamaron del hospital al ver una tarjeta del trabajo. La sucursal me avisó y yo me puse en contacto con tu hermano pequeño. ¿Cuántos años tenía aquel muchacho?
—Catorce. Yo tenía diecinueve —respondió Jerónimo despacio.
—¿Tienes contacto con él?
—Claro.
—Tu padre nunca le dijo a Gabriel que tenía problemas de corazón. Así que cuando murió, preferí no decirle nada a tu hermano. El coche, un Renault 25 rojo, se lo quedó como regalo póstumo de tu padre. Lo guardé hasta que cumplió dieciocho años. Sé que estuvo solo en el entierro.
Jerónimo sintió como si una mano invisible le clavara un recuerdo en el pecho. Tenía razón.
—Sé que vives en el extranjero —continuó Miguel—, y que nunca volviste a Valencia. ¿Qué buscas ahora exactamente?
Jerónimo soltó el aire con lentitud.
—Quiero saber en qué estaba metido mi padre cuando murió y si Teodoro Montenegro tiene alguna relación con su muerte. ¿Qué sabes de ese hombre?
Miguel no ocultó su sorpresa ante aquella pregunta.
—Solo lo que salió en los periódicos, que murió por un ajuste de cuentas. —Hizo una pausa. Dio un sorbo al café ya frío y bajó la voz—. Pero había cosas que no contaban.
—Teodoro tuvo tratos con mi padre antes de morir, ¿verdad?
Miguel asintió despacio.
—Ese Teodoro Montenegro venía a la oficina preguntando por tu padre y él me pedía que le dijera que estaba fuera.
En ese momento no sabía qué estaba pasando.
Sabía que la policía había estado en contacto con él, pero no comprendía su relación con Teodoro hasta que tu padre pidió unos días para quedarse en casa por un catarro y luego solicitó unas vacaciones.
Entonces entendí que debía haber alguna conexión, pero cuando tú llamaste no quise alarmarte.
Si tu padre no te había dicho nada, sería mejor así.
—Pero ¿no sabes si hubo algún tipo de amenaza por parte de Teodoro?
—Es posible que hubiese alguna presión.
—¿Y chantaje?
—Eso, si existió, tu padre no me lo contó.
—Estoy pensando en alguna amenaza que implicara revelar información que podría afectarlo de forma negativa si no cumplía con lo que Teo decía.
Miguel se rascó la barbilla.
—No se me ocurre nada.
—¿Quizás fotos?
—¿Fotos? ¿Fotos de qué?
—Busco alguna razón que explique la muerte de mi padre.
—Pero eso no tiene relación con su fallecimiento.
—Me gustaría que me dijeras lo que recuerdas.
—Sabes cómo era de reservado tu padre. —Miguel tocaba una uña con otra como si quisiera limarla—. Se encargaba de pólizas de alto nivel. Gente con dinero y empresas importantes. Pero también había tiburones y uno de ellos era Teodoro Montenegro.
—Mi padre nunca me habló de él.
—Y con razón —replicó Miguel—. Teodoro no era alguien con quien quisieras cruzarte.
Llevaba años metido en negocios turbios, pero siempre sabía cómo esquivar a la policía.
Estoy seguro de que en algún momento intentó involucrar a tu padre en uno de sus fraudes, y por eso no volvió a la oficina durante esos días.
Jerónimo sintió que la sangre le zumbaba en los oídos.
—¿Qué tipo de fraudes?
—Seguros. Robos simulados, bienes sobrevalorados…
Básicamente, hacer desaparecer cosas para cobrar indemnizaciones infladas.
La típica trampa que hacen los mafiosos con contactos en los bancos y en las aseguradoras.
Ahora con los años, yo creo que quizás Teodoro quería que Antonio firmara unas pólizas falsas y que avalara documentos fraudulentos. O algo así.
—Pero mi padre no aceptó.
Miguel negó con la cabeza.
—Así lo creo yo. Por eso desapareció.
El camarero llegó con dos cafés y una botella de agua. Miguel esperó a que se alejara antes de continuar.
—Tu padre tuvo varias visitas de la policía. Estaban reuniendo pruebas y estaba claro que Teodoro Montenegro iba a caer tarde o temprano. Y cuando la policía se acerca a la mierda, la mierda salpica a todos.
—¿Estás diciendo que mi padre desapareció porque tenía miedo?
—No era miedo, era precaución. Sabía que, si se quedaba, tarde o temprano alguien lo señalaría. Si no era la policía, sería Teodoro. Si aceptaba, estaba en problemas. Si se negaba, también. Así que tomó la única decisión que pudo: alejarse antes de que estallara la tormenta.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Miguel tomó su taza y dio un sorbo.
—Porque eras un crío y, en el fondo, creo que se avergonzaba. No por haber hecho algo malo, sino por haberse sentido acorralado.
Jerónimo bajó la vista.
—Esa —dijo Miguel levantando un dedo—. Esa es la mirada de tu padre. Tenéis la misma forma de mirar. Tienes mucho de él. Lo noté cuando te acercaste a mí después de todos estos años.
—Pensé que me había abandonado cuando desapareció para esconderse en la casa de campo.
Miguel chasqueó la lengua.
—No. Tu padre nunca te abandonó. Solo intentó mantenerte alejado de todo eso.
La última vez que habló con su padre, bueno, no hablaron, discutieron por teléfono sobre una moto que Jerónimo nunca llegó a comprar.
Así terminó la conversación. Incluso, de forma simbólica, salió del armario cuando su padre colgó cabreado y Jerónimo lo estuvo aún más y dijo cosas que no se atrevía a decirle a la cara.
Miguel terminó su café y se limpió la boca con una servilleta.
—Ironías de la vida: cuando la policía finalmente atrapó a Teo…
—¿Sí?
—Tu padre murió ese mismo día.
Jerónimo sintió el estómago encogerse. Se puso de pie despacio y se despidió de Miguel.
—Si vuelves en veinte años, es probable que yo ya no esté aquí —le dijo.
—Espero que no tengan que pasar veinte años para darle sentido a mi vida —añadió Jerónimo.
Cuando ya se disponía a salir, se detuvo en seco.
—Ah, casi lo olvido. La chica de la oficina me pidió que te dijera que Francisco ha llamado. Que llega en media hora. Que te des prisa, que al nuevo jefe no le gustan los almuerzos largos.
Miguel soltó una carcajada.
—¿Y a mí qué me importa lo que le guste al nuevo jefe?
He almorzado en este lugar con tu padre más veces de las que puedo contar.
Hemos pasado la vida intentando cumplir con lo que se espera: fichar a tiempo, sonreír al jefe, callar lo que incomoda.
Pero hay un momento en que te tomas el café y decides que ya no.
Hay cosas que, al llegar a la jubilación, dejan de darte miedo o simplemente dejan de tener sentido.
Jerónimo salió del bar reflexionando sobre las palabras de Miguel.