Capítulo 12
Todas las habitaciones de hospital eran iguales: mismas paredes beige, lavadas mil veces.
Mismo mobiliario funcional que no invitaba al descanso.
Un sillón para los acompañantes, un perchero de tubo metálico, una televisión clavada en alto que nadie encendía, y ese olor entre lejía y plástico que intentaba disimular el miedo.
Afuera, la vida seguía. Dentro, se suspendía.
Lo único que hacía particular esa habitación era que el paciente era un niño que luchaba por su vida.
Luis, el hermano mayor de Jerónimo, se removió en el sillón. Su pelo, antes negro, ahora se entreveraba de canas, aunque todavía estaba domado con gomina. Era un abogado de prestigio, sarcástico, brillante, con una ironía que usaba como coraza.
—¿Jero? —preguntó, frotándose los ojos a medio despertar—. ¿Eres tú o una pesadilla?
Jerónimo bufó con una media sonrisa.
—He llegado esta tarde. He estado cenando con Gabi y Eva. Ella nos ha dicho lo de Luisito y que estarías aquí.
—Claro —añadió su hermano con una sonrisa torcida—, porque sería más fácil que nos hubieras llamado para anunciar tu llegada. Pero a ti te gustan las sorpresas.
—Sabíais que pasaría unos días por lo de la venta de la casa del abuelo, pero no sabía qué día exactamente.
—Eso lo justifica todo —murmuró con su sarcasmo habitual mientras rebuscaba en su chaqueta el estuche de chicles de nicotina—. ¿No te han enseñado a llamar como la gente civilizada?
Jerónimo apretó los labios. El sarcasmo era parte del léxico habitual de Luis.
Conocía bien a su hermano y sabía que había aprendido a hacerlo desde niño, cuando su madre le informó de que su padre había muerto; en realidad, los había abandonado para formar otra familia.
La que formó con Jerónimo, Gabriel y su madre.
—¿Cómo está tu hijo?
Luisito dormía con la boca entreabierta, las mejillas hundidas y los párpados agitados por un sueño ligero.
Tenía un brazo apoyado sobre el pecho y el otro estirado hacia el borde de la cama, con la mano abierta, como si esperara que alguien se la tomara.
Una vía conectada a su muñeca descendía hasta una bolsa de suero.
Sobre su regazo, su inseparable tableta, con la funda de dibujos, yacía en silencio.
Era el rostro de su padre, pero en versión de niño, aún más pálido y frágil bajo la penumbra.
Luis se levantó, buscando algo en los bolsillos. Su camisa olía a perfume caro y a tabaco rubio.
—Ahora duerme. Nos llamaron del cole. Tuvo fiebre y vómitos, lo trajimos de vuelta por precaución. Sigue con los riñones jodidos. Le hicieron una eco y parece que uno de los quistes ha crecido más de lo normal. Hace un par de semanas también se quedó ingresado unos días.
—¿Pero está mejor?
—Ahora sí. Ya sabes cómo va esto. Un día bien, otro regular.
Hay que estar encima. —Empezó a mascar el chicle con ansiedad—.
La madre se fue hace un rato. Vendrá más tarde.
Necesitaba no sé qué... espacio, ducha, aire.
Qué sé yo. Me quedo con él esta noche y pasaré por mi oficina sin falta mañana. ¿Tú qué haces aquí realmente?
Jerónimo respiró hondo.
—Ver a mi sobrino que está mal. Y bueno, hablar contigo un rato.
Luis levantó una ceja.
—Sea lo que sea, no es el mejor momento, Jero.
—Lo entiendo —dijo levantando las manos.
Hubo un largo silencio incómodo.
—¿Quieres que me quede con Luisito?
—Su madre pasará más tarde, pero le he insistido en que esta noche me quedo yo.
—Puedo quedarme yo —insistió Jerónimo.
Luis lo observó de nuevo.
—Podías haber llamado antes, capullo.
—No sabía qué decir.
—Pues eso te ha salido bien siempre: no decir nada. ¿De qué quieres hablar conmigo?
—Tienes razón. No es el mejor momento. Deja que me quede esta noche con él. Vete a casa y descansa. Así estarás fresco para mañana. Ya hablaremos.
Su hermano se puso de pie.
—¿Seguro? Su madre pasará de todas maneras dentro de un rato.
—Claro.
Luis asintió en agradecimiento.
—Necesito una ducha y recordar cómo se duerme en un colchón. Venga, dispara. ¿Qué te trae por aquí aparte de ver a tu sobrino?
Jerónimo carraspeó.
—Es algo que pasó hace mucho tiempo. Hace veinte años. Lo hablamos mañana.
La sonrisa sarcástica de Luis desapareció.
—Ah, claro. Ahora que estás aquí un par de días, hay que abrir el baúl de los recuerdos… «buscando en el baúl de los recuerdos… cualquier tiempo pasado nos parece mejor… echar la vista atrás es bueno a veces…».
Escuchar a su hermano tararear aquella canción de Karina le arrancó una sonrisa. Luisito se removió entre las sábanas, como si el murmullo lo alcanzara en sueños, pero no llegó a despertarse del todo.
—¿Qué sabes de Teodoro Montenegro?
Luis abrió los ojos como si acabaran de despertarlo a bofetadas.
—¿De quién?
—Era un empresario…
—Sé quién era —le cortó—. ¿En serio vienes hasta aquí para preguntar por un mafioso que murió hace veinte años? ¿Tú te oyes? ¿No te habías ido ya de Valencia?
—Por esa época me fui, sí —respondió él con fingido tono vago.
Luis bufó.
—Claro que sí. Te largaste.
—No estoy aquí para discutir.
—Pues tienes un don para hacerlo igual —replicó.
Jerónimo respiró hondo.
—Necesito entender algo, Luis —dijo bajando la voz—. Creo que papá fue chantajeado antes de morir.
Su hermano se quedó quieto, pero su rostro se tensó a cámara lenta.
—¿Pero de qué coño estás hablando?
—He encontrado unas fotos.
Luis agarró la pelota antiestrés que llevaba siempre consigo, pero esta vez no la apretó: la hizo girar entre los dedos, como si necesitara pensar. Jerónimo le narró los detalles de aquellas fotos encontradas por casualidad en un trastero en Londres y su posterior desaparición.
—Joder, Jero… ¿Qué mierda estás removiendo ahora? No entiendo nada. ¿Qué tienes que ver tú con ese mafioso?
Él clavó los ojos en un punto invisible entre él y la cama de hospital.
—Teodoro Montenegro. Nunca te hablé de él.
Ni a ti ni a nadie. Lo conocí en la cafetería de la plaza del Ayuntamiento donde trabajaba.
Me ofreció un trabajo mejor. Y yo, con diecinueve años, sin un duro y sin llevarme bien con papá…
me las di de listo. Me lo tragué todo. —Apretó los dientes, como si intentara contener algo más que las palabras—.
Era un club. En el Barrio del Carmen. Un sitio solo para hombres.
Bueno, eso no lo sabía. No al principio.
O no quise verlo. Me dejé llevar. Por el dinero que quería para comprarme una Vespa.
Pero era mentira. Todo era mentira. —Se inclinó un poco hacia adelante, la voz más tensa—.
Cuando entendí lo que pasaba de verdad ya estaba demasiado metido.
Teo sabía cosas. Sobre papá. Sobre mí. Y aquella noche en la que murió y hubo la redada policial, yo me escapé.
—Guardó silencio un segundo. Luis no dijo nada—.
Pero ahora han aparecido unas fotos. Fotos que alguien le mandó a papá.
De mí. A la salida del club. Y me he dado cuenta de que tal vez todo esto fue una trampa.
Que alguien quería que papá viera esas fotos.
Que se sintiera humillado. —Miró por fin a su hermano, sin rastro de dramatismo, solo cansancio—.
No estoy buscando compasión, Luis. Ni redención.
Solo quiero saber la verdad. Si papá estaba siendo chantajeado.
Si Teo no cayó solo. Y si todo esto… este puto agujero negro tuvo algo que ver con lo que nos destruyó.
Y si me fui… —añadió Jerónimo, bajando la voz—. Fue porque aquella noche pasó algo.
Luis lo observó en silencio.
—¿Qué pasó?
—Estaba trabajando en ese club y ocurrió algo muy jodido. Grave. Me metí en algo que no entendía del todo. Me asusté. Pensé que si me quedaba, acabaría muerto. Así que huí. No fue por capricho. Fue supervivencia.
Luis negó con la cabeza, sin hablar.
—No te lo conté antes porque no sabía cómo. Y tampoco estoy seguro de poder contarte todo ahora. Solo sé que encontré esas fotos. Que alguien se las mandó a papá. Y que después, él murió.
Luis resopló, pasándose la mano por el pelo.
—¿Y han tenido que pasar veinte años para que me lo contaras?
—Gabi también lo sabe.
—¿Y qué te ha dicho?
Jerónimo se encogió de hombros.
—No mucho.
—Ya… típico Gabi.
Hubo un silencio.
—¿Y tú qué dices?
—¿Eso importa?
—A mí sí.
—Pues que te importe poco. Sobreviviste y con eso me basta. —Hizo girar la pelota antiestrés entre los dedos una vez más, pensativo—. Déjame ver qué puedo encontrar. Quizás alguien recuerde algo. Pero no te prometo nada. El tiempo borra muchas cosas. Y otras, mejor que se queden donde están.
—Gracias. Vete a casa y descansa esta noche. Yo me quedo con Luisito.
Se acercó a la silla para recoger sus cosas. Cuando se quedó en el marco de la puerta, le dijo a Jerónimo:
—Oye, y si no te importa, pásate por casa mañana por la mañana.
Tengo la mudanza a medio hacer, y con el niño así no me da la vida.
A lo mejor vienen los de la empresa de embalaje y tienen que entrar a recoger.
Te dejo las llaves en el buzón. No hay problema.
Y de paso, si quieres, date una ducha. Que esa casa del abuelo sigue sin agua caliente, ¿no?
—Traer un calentador nuevo el viernes.
—Pero no me vacíes el termo, cabrón. —Carraspeó—.
¿Sabes? Me hubiera gustado mucho conocer a papá.
Mucho. No sabes bien lo que sentí por no haber podido conocer a papá como lo conocisteis tú y Gabriel.
Tuvisteis mucha suerte. No lo olvides. Bueno —carraspeó de nuevo—, vamos a dejarnos de mariconadas.
Jerónimo sonrió.
—Eso no te lo puedo prometer.
—Claro que no reina. Me llamas con lo que sea —le dijo, echando un último vistazo a su hijo.
—Vete tranquilo.
—Contigo, uno no puede estar nunca tranquilo.
La puerta se cerró detrás de él. Jerónimo se sentó junto a la cama, en silencio.
Observó el rostro dormido del niño: la misma curva en la mandíbula, la misma expresión terca que había visto mil veces en su hermano, ahora dulcificada por la fiebre.
Entonces, sin abrir los ojos, Luisito extendió la mano tanteando el vacío.
Jerónimo la tomó con cuidado. Su sobrino seguía dormido, con los labios entreabiertos y las pestañas largas temblando como las alas de una mariposa atrapada en un sueño.
La tableta descansaba sobre su regazo, sin moverse, como si esperara a ser retomada en otro mundo.
Los dedos pequeños se cerraron alrededor de los suyos con la firmeza instintiva de quien confía, incluso dormido.
Y en ese gesto silencioso, Jerónimo sintió algo que no se atrevía a nombrar: una promesa, una tregua o tal vez una oportunidad de hacer algo bien. Aunque llegara veinte años tarde.