Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 11
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Capítulo 11

Eran casi las ocho de la tarde y Jerónimo se plantó frente a la casa de su abuelo materno, en el barrio del Cabanyal. No solo había regresado para descubrir el misterio de las fotos robadas, sino también para sincerarse con las personas que quería.

Pasó los dedos por el azul añil de la fachada, que ya había perdido su brillo.

Antes, los azulejos del zócalo brillaban con la marea de las visitas familiares: domingos de paellas, risas en la terraza, voces que se mezclaban con el eco de la radio y el aroma del mar.

Ahora, esos mismos azulejos estaban agrietados, como un mapa de viejas heridas.

Se quedó de pie frente a la puerta, sin atreverse a tocarla, aunque había luz en el interior.

Gabriel estaba allí, preparando la casa para su venta.

Tiempo atrás, los hermanos decidieron no venderla por apego y recuerdos compartidos, pero la realidad terminó por imponerse.

Aunque la decisión era lógica, no dejaba de dolerle a Jerónimo, quien sabía que debía aceptar la determinación de su hermano.

Eva, la mujer de Gabriel, fue la única que contestó el teléfono cuando Jerónimo llamó desde el aeropuerto.

Mantuvo su tono alegre de siempre, aunque con una irritación apenas disimulada: Gabriel llevaba más de dos semanas sin ayudar en casa, volcado en dejar la vieja casa en perfecto estado.

—Sácamelo de ahí de una vez y mándalo de vuelta —dijo ella sin rodeos—. Que haga de padre, que friegue un plato y que cene con su familia, que no es mucho pedir.

—¿No estabais de acuerdo en venderla?

—Sí, cariño, pero yo no firmé ningún contrato que lo eximiera de la vida doméstica. Lleva semanas obsesionado con cada rincón, como si fuera a instalarse allí de nuevo.

—Eso no es lo que hablamos.

—No tiene nada que ver contigo —añadió ella, con un suspiro que sonó más cansado que enfadado—. Tráetelo a casa. Y cenamos juntos, ¿sí? Tengo muchas ganas de verte.

Jerónimo permaneció inmóvil frente a la puerta. Lo entendía. Era lógico. Pero, mientras su hermano reparaba desperfectos, él solo pensaba en las fotos, en su padre, en lo que aún no sabía.

Abrió la puerta y se encontró con Gabriel agachado junto a la pared del pasillo, tratando de nivelar una estantería antigua que el abuelo se había negado a tirar, incluso cuando ya no servía para nada.

Tenía la camiseta sudada pegada a la espalda y el ceño fruncido, con esa concentración hosca que lo acompañaba desde la adolescencia.

Cuando se giró y vio a Jerónimo en la puerta, no sonrió. Simplemente asintió con la cabeza.

—No esperaba que llegaras hoy —dijo sin mirarlo y volvió a ajustar la estantería.

Su voz era la de siempre: seca, grave, sin adornos.

Jerónimo no sabía si esa indiferencia era un castigo, una tregua o simplemente la única forma que tenía Gabriel de no romperse.

—Sorpresa —dijo, levantando las manos, que cayeron con la misma rapidez con la que su sonrisa boba desapareció.

Gabriel se veía más robusto que la última vez. No solo en los hombros, que seguían siendo firmes, sino también en el torso, más sólido, con esa redondez que llega con la paternidad y las cenas rápidas. El cabello escaseaba en las sienes, y sus cejas gruesas lo hacían parecer mayor de lo que era.

Jerónimo se acercó y le dio un par de besos.

—Tu mujer te echa de menos —dijo, rompiendo el silencio.

Dejó la mochila en el suelo y se apoyó en el marco de la puerta. Sobre la mesa del comedor, cubierta con un hule cuarteado de cerezas, había una caja de herramientas, dos bombillas y una lista escrita a mano. Aquel lugar olía a infancia.

—¿Has hablado con Eva? —preguntó Gabriel.

—Es la única que ha contestado cuando he llamado.

—Tienes la manía de presentarte así, sin avisar.

—Te comenté que volvería para ayudarte con la venta.

—Eso fue antes de tu viaje a Groenlandia.

Jerónimo cruzó los brazos.

—Sí, han pasado muchas cosas.

—No me gusta esa mirada —dijo Gabriel con recelo.

Se levantó, estiró la espalda con un leve gesto de cansancio y se secó las manos con un trapo que llevaba colgado del hombro. Dio un par de pasos hacia la cocina y añadió:

—He cambiado la goma de la cisterna. Perdía agua. —Abrió el grifo, comprobó el caudal como si necesitara hacer algo con las manos, y continuó—. También he llamado a un electricista para que revise el cuadro de luces. La instalación es antigua y no quiero sustos si viene alguien a verla.

Jerónimo se limitó a asentir con un gesto leve, sin saber si agradecer el esfuerzo o preguntarle por qué tanta prisa.

—¿Y el calentador?

—Está muerto. He solicitado un presupuesto para uno nuevo. Si lo traen antes del viernes, mejor. Así queda todo resuelto.

Jerónimo se preguntó para qué comprar un calentador nuevo si iban a venderla de todos modos.

Gabriel volvió a hablar, señalando hacia el pasillo.

—También he pintado la habitación del fondo. Le di dos capas. Usé el mismo blanco que en la casa de Eva. Queda más limpia y amplia.

La expresión de Jerónimo reflejó más sorpresa que aceptación, pero no se atrevió a decir nada para no ofender a su hermano.

El silencio que siguió fue más largo de lo necesario.

Se quedó quieto en el umbral del salón, observando a su hermano que hojeaba una carpeta con papeles que había sobre la nevera.

—¿Y bien? —le preguntó.

—He solicitado una valoración a una inmobiliaria. Solo para tener una idea —respondió, sin levantar la vista—. Cuando venga el comprador, intentaré que no se fije demasiado en la cocina. Está vieja.

—Han pasado muchos años.

No estaba seguro si lo había dicho en voz alta o solo lo había pensado.

De repente, sintió que regresaba a esa cabina telefónica, pocos días después de llegar a Copenhague, escuchando la voz de un Gabriel adolescente al otro lado de la línea diciéndole: «Papá murió, Jero. Murió».

Habían pasado ya dos décadas. Un infarto, dijeron. En la casa del pueblo. Lo llevaron al hospital, pero no hubo nada que hacer. Su madre, en cambio, se quedó en Castellón. Llevaban un par de años divorciados. Ni siquiera fue al hospital. Ni entonces ni después.

—¿Cómo murió papá?

Gabriel se detuvo, pero no se dio la vuelta.

—¿A qué viene esa pregunta?

—No estaba.

—No, no estabas.

—¿Cómo fue? Nunca lo hemos hablado.

Gabriel se giró.

—Tú —marcó— no lo has hablado. Además, no hay nada de lo que hablar.

Volvió a agacharse para revisar otro enchufe. Durante un instante, ninguno de los dos dijo nada más.

—Estaba con medicación —dijo Jerónimo, rompiendo el silencio.

Gabriel se secaba las manos con un trapo sucio, pero se detuvo de repente.

—No lo sabía.

—Encontré pastillas en su casa. Me dijo que eran para el colesterol, pero mentía…

—¿Él también mentía?

—… porque en la farmacia me dijeron que lo que tomaba era para controlar problemas cardiovasculares. —Hizo una pausa—. ¿Por qué dices lo de que «él también mentía»?

Su hermano no respondió.

Jerónimo respiró hondo y continuó:

—Papá llevaba un tiempo mal. La última vez que hablé con él, discutimos por una estúpida Vespa.

—Jero, nunca volviste para despedirte de papá. ¿Fue por la discusión que tuviste?

—No. Claro que no. Ojalá hubiera sido por la discusión de la Vespa. Ven. Deja lo que estás haciendo y siéntate aquí conmigo. Necesitamos hablar de lo que ocurrió hace veinte años. Por favor, necesito saber cómo murió papá.

Gabriel se quedó quieto al principio. Luego, se acercó despacio y se sentó frente a él, aferrando con fuerza el trapo en su mano y hablando en voz baja:

—Fue rápido —dijo—. O eso me explicó el médico.

Un infarto agudo de miocardio. Así lo llamó.

Estaba en el pueblo. Alguien lo vio y llamó al 112.

—Hizo una pausa, frotándose las manos con fuerza, como si aún llevara polvo de la obra—.

Jero, era muy pequeño, no me acuerdo de los detalles.

Lo llevaron al Hospital Clínico Universitario.

Intentaron reanimarlo en el camino, pero su corazón no respondió.

Fue fulminante. Una arritmia grave. Fibrilación ventricular, creo que dijo el médico.

También me dijo que, si servía de algo, no sufrió.

No llegó a estar consciente. Fue como… como si se apagara de golpe.

Se puso de pie de nuevo.

Jerónimo asintió levemente.

—Eso no lo sabía. ¿Por qué lo llevaron al Hospital Clínico Universitario? ¿No está más cerca el Hospital La Fe de la casa de campo?

—No lo sé. ¿Qué más da el hospital? Tú ni siquiera apareciste en el entierro. Tenías que haber vuelto.

—Pero no pude.

—Por una de tus tonterías no quisiste volver.

Jerónimo bajó la cabeza, avergonzado.

—No olvides que yo también era un crío. Un crío que creía que si volvía a Valencia, lo matarían.

El rostro de Gabriel mostró sorpresa.

—¿De qué hablas?

—Gabi —dijo levantando una mano—, siéntate y te lo cuento. Por favor, siéntate. Te voy a contar lo que nunca te conté en veinte años.

Su hermano volvió a sentarse.

—No me fui sin razón. Esa semana entré a trabajar de camarero en un club del Carmen.

Un bar de copas cualquiera, pensé… al menos al principio.

—Hizo una pausa y llenó los pulmones como quien se prepara para sumergirse en el agua—.

La segunda noche ocurrió algo grave. Me metí en un lío tan grande que pensé que si no salía corriendo esa misma noche, no saldría vivo de allí.

Así que huí sin pensármelo dos veces. Me subí a un avión y no miré atrás.

Las palabras quedaron en el aire como una herida abierta. Gabriel no dijo nada al principio. Como si no lograra comprender lo que acababa de escuchar. Como si su mente intentara recomponer una imagen con piezas que no encajaban.

—Joder, Jero… —murmuró al fin—. ¿Y por qué me cuentas esto ahora?

Jerónimo pensó en las fotos, en el sobre, en la nota: «¿Has visto lo que hace el cochino de tu hijo?».

—Porque nunca llegué a entender qué pasó aquella noche, y porque… porque no quiero que sigas pensando que no me importa la familia.

Gabriel desvió la mirada.

—¿Sabes cuántas veces he intentado entender por qué te fuiste así?

Pensaba que era por mamá, por papá, que te agobiabas.

Lo que no imaginé es que… —Se detuvo—. Yo me comí el entierro.

Me tragué las preguntas de todos: «¿Dónde está tu hermano?

», «¿Por qué no vino?». Y me inventé excusas.

Te protegí, joder, incluso sin saber de qué.

Finalmente, lo miró y en esa mirada había algo roto. No era rabia. Era algo más difícil de gestionar: decepción y compasión a la vez.

—¿Y no podías haberme dicho nada en todos estos años?

Jerónimo abrió la boca, pero no salió nada.

Gabriel suspiró.

—No sé qué pensar.

—Te pediría que no le dijeras nada a nadie. No por ahora.

Se quedó sentado, con los codos apoyados en la mesa y las manos entrelazadas.

Ninguno de los dos dijo nada mientras se escuchaba el goteo del grifo del fregadero. Un sonido suave y cíclico, como un corazón que aún no decide si seguir… o detenerse.

—Yo solo tenía catorce años —dijo Gabriel de repente, con la voz más baja—. Todo me quedó borroso. A mamá le dio igual, o eso es lo que pretendió.

—No sabía qué hacer. Tenía miedo de volver.

Gabriel asintió. No era un perdón, pero era algo.

—¿Y todo bien ahora?

—Sí, claro. No tienes que preocuparte. Ya todo pasó.

Solo quería saber más sobre la muerte de papá y que tú supieras la verdad.

Porque también he encontrado algo que no encaja —añadió Jerónimo, bajando un poco la voz—.

Hace poco han aparecido unas fotos. De mí.

A la salida de aquel club. Alguien se las envió a papá antes de que muriera.

—¿Qué tipo de fotos? —preguntó Gabriel, extrañado.

—Escandalosas. Y lo peor es que creo que no fue casual. Que alguien quiso hacer daño. Por eso volví. Para entender qué pasó en realidad. Y porque ya no puedo cargar con esto solo.

Gabriel observó a su hermano con esa seriedad característica en su rostro y al final dijo:

—El que lo organizó todo fue Miguel. Fue él quien estuvo con papá en el hospital, quien llamó a la funeraria, quien firmó los papeles. Todo.

—¿Miguel?

—Sí. El compañero de papá en la aseguradora. ¿Te acuerdas? Venía a casa a veces y se quedaban hablando en la terraza hasta tarde. Si alguien sabe algo más de esa semana, es él. Por cierto, ¿vas a venir a cenar?

—Claro, Eva nos está esperando. Tengo que darte una noticia.

—¿Más noticias?

—Esta es buena. —Sonrió—. Me caso con Erik.

Su hermano también sonrió, una expresión que Jerónimo no estaba acostumbrado a ver y que esperaba que se repitiera más a menudo.

Pasaría la noche con él, su cuñada y su sobrino, y al día siguiente buscaría a Miguel.

Pero, mientras tanto, Eva les contó al llegar a casa que Luisito, el hijo de Luis, había sido ingresado de nuevo en el hospital.