Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 10
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Capítulo 10

La puerta automática del aeropuerto de Manises exhaló un aliento de aire frío sobre Jerónimo. En ese instante, supo que cruzaba un punto sin retorno.

Eva, la mujer de su hermano pequeño, fue la única que cogió el teléfono para anunciarle su llegada, pero antes de reunirse con su familia, se dirigió a un lugar que había evitado durante veintiún años: el bar donde trabajaba Marcos, el sitio donde se refugió la noche que huyó del Club La Habana.

Entonces, como ahora, Valencia olía a invierno y humedad.

Tomó el metro, caminó diez minutos y llegó al Barrio del Carmen.

El local había cambiado tanto que, de no ser por los recuerdos, habría pasado de largo.

El cartel ya no estaba, ni tampoco el toldo a rayas crema y rojo.

Un andamio cubría la fachada y las persianas metálicas estaban medio levantadas.

Por el hueco se colaban ruidos secos de martillazos, un taladro y voces roncas de obreros que se perdían entre el polvo.

Donde antes había azulejos rotos, ahora brillaban listones de madera recién instalados.

A través de una ventana abierta, alcanzó a ver el cemento sin pulir, los cables colgando y una barra nueva a punto de instalar.

Justo ahí, donde ahora colgaba una lámpara escandinava, Marcos le había lavado la sangre de las manos.

Lo arrastró al baño trasero, bajó las persianas y apagó las luces.

Sin hacer pregunta alguna, le dio ropa limpia, le metió un sobre lleno de billetes en el bolsillo y le dijo que huyera.

Si alguien podía ayudarle a aclarar algo de su oscuro pasado, ese sería Marcos.

Entró con la cabeza gacha, casi pidiendo permiso al pasado.

—Joder… —dijo Marcos desde lo alto de una escalera plegable, con un rodillo en la mano y salpicaduras de pintura seca en el mono de trabajo—. ¿Qué haces en Valencia?

Su pelo, rizado como siempre, estaba manchado de pintura y canas.

—Espero no molestar. No sabía que estabas de obras.

—¿Obras? Nah, intento darle una nueva cara al pasado. Pero se resiste. Igual que tú.

Jerónimo sonrió, sin entender del todo la broma. Se acercó, pero Marcos alzó la mano para detenerlo.

—No te acerques o acabarás manchado. Inauguramos en tres semanas y estamos a contrarreloj.

—¿Quieres que pase en otro momento?

—No, hombre. Estás de paso, ¿no? No sé cuándo te volveré a ver. Y necesito una excusa para dejar a estos cabrones tranquilos un rato.

—¿Y Valentina?

Valentina Rivas. Venezolana. Había sido amante de Marcos, amiga de su esposa Silvia y la mujer que aceptó gestar un hijo para ellos en un acuerdo secreto e ilegal.

Jerónimo recordó la belleza de Valentina y la brutal paliza que recibió, que casi la mató.

Perdió al bebé. Sobrevivió ella. Pero nadie salió ileso de aquella historia.

Marcos suspiró.

—Sigue viva… que no es poco, ¿no?

—¿Está bien?

—Define «bien». En primavera casi la mató ese hijo de puta. En verano aprendió a caminar de nuevo. Ahora... ahora vive conmigo. Y no tengo nada que esconder.

—Lo siento. Y me alegro también.

Marcos dejó la brocha en la cubeta y se frotó las manos.

—¿Qué puedo hacer por ti?

—¿Podemos hablar en privado?

—Vamos al patio.

Jerónimo sorteó sacos de escombros y cables colgantes.

Hacía veintiún años que no pisaba ese lugar.

Incluso lo recordaba más pequeño. La imagen de la Vespa PX150 le golpeó el recuerdo como un ladrillo en el pecho.

Aquí, Marcos había quemado su ropa manchada de sangre en un bidón azul.

Aquí tomó un taxi sin rumbo fijo. Aquí cruzó la frontera entre ser alguien y desaparecer.

—Está lleno de trastos —dijo Marcos—. Espero que se los lleven mañana. Te ofrecería algo, pero ves que está todo manga por hombro. —Se sentó en una silla de obra—. Tú dirás.

—Vengo a entender.

—¿Entender qué?

—Qué pasó.

Marcos sonrió nervioso.

—Suena a algo de lo que deberías hablar con un cura.

—No busco redención. Ni castigo. Solo respuestas.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

—Tú estabas ahí. Quiero saber qué pasó.

—Pero… ya lo sabes, ¿no?

Jerónimo negó con la cabeza.

—Hay algo que se me escapa. Quiero que prestes atención a lo que te voy a contar porque necesito que hagas memoria.

Le contó la razón por la que estaba en Valencia. Alguien le había hecho fotos la primera noche que trabajó en el club.

—Ahora sabes por qué estoy aquí. ¿No tienes curiosidad por saber qué pasó en el club la noche que me encontraste con la camiseta llena de sangre?

Marcos bajó la mirada.

—Lo que fuera que hicieras allí dentro, no era asunto mío. Yo solo sabía que tú no tenías la culpa de nada.

—¿Y si tuve algo que ver?

Ahora levantó la vista.

—¿Tuviste algo que ver?

—Quizá.

—Pues qué putada.

—Estoy buscando la verdad. ¿Alguien vino preguntando por mí?

—Nadie sabía que habías estado aquí. Jero, no sé nada de aquella noche.

—¿Y la policía?

—Estuvo por aquí. Pero conmigo no hablaron. Me enteré por las noticias.

Jerónimo lo observó en silencio con los hombros rígidos.

—Está bien —dijo al fin.

Marcos se puso de pie.

—¿Qué pasará cuando encuentres las respuestas que buscas?

—No lo sé. Quizá no las encuentre nunca.

—Pero, ¿y si las encuentras?

Jerónimo apretó la mandíbula. Si no hubiera sido por Marcos, lo hubieran pillado los secuaces de Teo o la propia policía.

—Mató a mi padre. Quiero saber la verdad. Quiero un poco de paz en mi cabeza. —Se detuvo y entrecerró los ojos—. ¿Por qué me miras así?

—Dices que buscas paz… pero hablas como si alguien te hubiera robado algo. Y eso no es buscar respuestas. Es ajustar cuentas.