Capítulo 9
Después de dormir unas horas y organizar su mochila de viaje, Jerónimo se dirigió al apartamento de Philip, ubicado en el barrio de Greenwich a media mañana.
Greenwich no era exactamente Londres o al menos, no el Londres que uno se imagina.
No tenía el caos de Camden ni la prisa de Oxford Street.
Era otra cosa. Más parecido a una postal viva: casas georgianas de ladrillo rojo, calles amplias bordeadas de árboles y una quietud que parecía un acuerdo tácito entre vecinos adinerados y de buen gusto.
Jerónimo no quería regresar a Valencia sin hablar primero con Christian y darle la noticia de su compromiso con Erik.
Hay cosas que no se dicen por teléfono, y mucho menos por mensaje.
Así que fue, para ver a Philip, sí, para asegurarse de que estaba bien después de todo lo que había pasado.
Pero también—y sobre todo—para decirle a Christian que le había pedido matrimonio a Erik.
Que lo había hecho. Que había dado ese paso que a él le costaba tanto siquiera nombrarlo.
Sentía el final de algo, pero no sabía qué.
El apartamento de Philip se encontraba en un edificio moderno con fachada de ladrillo oscuro y balcones de acero y cristal que miraban hacia el río.
—Mi querido Jerónimo. ¿A qué se debe la visita? —preguntó Christian, haciendo un gesto para que entrara.
—Mi vuelo sale esta tarde. No quería irme sin pasar a ver a Philip. ¿Cómo está?
El piso se encontraba en lo alto de un edificio con ventanas de suelo a techo y cortinas de lino natural recogidas, como si la luz fuera una necesidad más que una opción. El orden impecable y el aroma tenue a té de hierbas le dieron la bienvenida.
Jerónimo se sintió como en un museo, temiendo romper algo con solo respirar.
—¿Quieres tomar algo? —ofreció Christian.
—No me quedaré mucho.
—¿Pero al menos te quitarás la chaqueta?
Jerónimo reaccionó y dejó sus cosas en la entrada.
—Estoy preparando un té para mí y te puedo preparar un café —sugirió Christian.
—El té está bien.
—¿Pastas? No sé por qué pregunto. Philip tiene unas traídas de Holanda que seguro que no les harás ascos.
Jerónimo sonrió.
—Me conoces muy bien.
—Demasiado bien, jovencito.
—¿Y Philip?
—Está durmiendo. ¿Quieres pasar a verlo?
—No hace falta que lo despiertes. Dile que he estado aquí. ¿Cómo está?
—Tuvo una recaída al poco de volver. Su cuerpo todavía lidia con las secuelas de la hipotermia severa: fatiga extrema, desorientación intermitente, rigidez muscular y entumecimiento en las extremidades.
Jerónimo asintió con gravedad. Después de despertar del coma en el hospital de Ilulissat, Philip fue estabilizado y evacuado en un vuelo médico hacia Londres.
—¿Cuándo…?
—La movilidad ha mejorado. Se viste solo, aunque necesita ayuda para caminar y trabaja unas horas antes de caer rendido. En unos días, podremos salir a pasear y cuento con que vuelva a la oficina la semana que viene.
Christian dejó las tazas y las pastas sobre la mesa y se sentó.
—Le he pedido matrimonio a Erik —anunció Jerónimo.
—Oh…
—¿Eso es lo único que me vas a decir?
—Por fin.
—¿Por fin?
Christian ladeó la cabeza y su sonrisa era una mezcla de ternura, paz y orgullo.
—Por fin, el jovencito ha decidido marcar el principio de un presente.
—No entiendo.
Christian cogió una de las tazas.
—Me alegro mucho. Muchísimo.
Se acercó a Jerónimo y le dio un beso en la frente.
—¿Esa es tu forma de darme la bendición?
—¿Entonces te dijo que sí?
—¿Tú qué crees? Aunque preguntó dónde estaba el anillo.
—¿Y tú?
—Le dije que no sabía que se necesitaba uno para decir «sí».
Christian soltó una risa seca.
—Tú y tu talento para lo casi romántico.
Christian se dirigió a la cocina.
—Champán.
—¿Cava?
—También tenemos cava.
Le dio una copa a Jerónimo y otra para él.
—Habrá flores, supongo. Aunque sea un ramo. Pero no rosas, ¿vale? Que ya sabes que me parecen un cliché.
—¿Entonces?
—Narcisos. Os pegan mejor los narcisos. Tienen ese aire elegante y un poco trágico, como tú. —Dio un trago a la copa—. Quiero que me prometas una cosa.
—¿Qué cosa?
—El día que os caséis… quiero ser yo quien elija la canción. La que suene cuando entres.
—¿En serio?
—Sí, y no puede ser cualquier cosa. Nada de ñoñerías. Algo clásico: una Aretha Franklin o Nina Simone.
Jerónimo rió.
—Te lo prometo.
Jerónimo era un hombre de palabra y cumplía lo que prometía, pero en ese momento no sabía que esa promesa, inocente en apariencia, se convertiría en una de las más importantes de su vida.
—No me van a dejar embarcar si llego borracho.
—¿Y si no vas? ¿Y si te quedas aquí… y preparamos juntos la boda? Te olvidas de Valencia. De esas fotos. Del pasado. De lo que fue. Y piensas en el ahora. En Erik. En ti. En todo lo que, por fin, está bien.
Jerónimo dejó la copa en la mesa, con la mirada baja.
—Podríamos buscar iglesias —continuó Christian—.
Bueno, no iglesias… pero ya me entiendes.
Un sitio bonito. Tal vez un jardín, o en el campo.
Podríamos celebrarlo en primavera. Tú odias el calor, ¿no?
Así que nada de julio. Mayo, tal vez. Sería bonito.
Muy bonito. —Se giró hacia Jerónimo—. Podríamos hacer una lista de canciones.
Invitar solo a quienes realmente importan.
Nada de compromisos sociales. Solo los que han estado contigo de verdad.
Y yo podría... no sé... encargarme del vino. Tú siempre eliges mal el vino.
—Chris… —Jerónimo puso su mano sobre la de su amigo—.
Para. Necesito saber quién tomó esas fotos.
Alguien las robó y necesito saber por qué hacen referencia a mi padre y por qué cayeron en manos de Natalia.
Tal vez así entienda todo lo demás. Tú me prometiste quedarte aquí en Londres e investigar el trastero. ¿Recuerdas?
Christian abrió la boca como si estuviera a punto de decir algo importante, pero se quedó callado durante unos segundos.
—¿A qué hora sale tu vuelo?
Jerónimo miró el reloj.
—Debería ponerme en camino.
—Vete tranquilo. Deja que yo mueva hilos. Estoy contigo. ¿Lo sabes? ¿Verdad?
Hubo un silencio de varios segundos.
—Eso es lo que busco. La verdad.
Acto seguido, Jerónimo salió por la puerta del apartamento de Philip con una extraña sensación. Juraría que había visto una lágrima en los ojos de su amigo Christian.