Capítulo 8
Christian aparcó su Porsche frente a la casa de Jerónimo y Erik. El cielo empezaba a desteñirse en un azul grisáceo, como si alguien lo hubiera lavado demasiado. No había luces encendidas en la casa.
—Erik sigue durmiendo.
Christian observó la bolsa de dónuts y levantó una ceja.
—¿Y con unos dónuts piensas convencer a Erik de que te vas a Valencia detrás de unas viejas fotos?
Jerónimo acarició el cuero negro de su asiento mientras pensaba en qué responder.
—No tiene que saber que voy en busca de unas viejas fotos. No espero encontrarlas. Quiero averiguar quién las hizo y por qué.
Se quedó contemplando la fachada como si fuera la de una casa ajena. Solo llevaban un par de meses viviendo allí, y había ocurrido mucho en su vida ese año.
Christian abrió la bolsa de dónuts con un gesto cómico, sacó uno y le dio un mordisco.
—¿Esta es tu estrategia? ¿Así vas a convencerlo… manipulando?
—No quiero manipularlo. Solo quiero evitar un drama a las seis de la mañana.
—¿Y crees que unos dónuts evitarán eso?
—Quizás le endulcen la noticia. Necesito volver a Valencia. Solo por unos días.
—¿Y vas a desaparecer así, sin más?
—Él lo entenderá.
—No lo entenderá. Lo aceptará porque te quiere, pero no lo entenderá —dijo Christian con tono serio—. No deberías ir solo.
Jerónimo bajó la vista y se frotó la palma con el pulgar, incómodo.
—No tengo elección.
—La tienes. Me tienes a mí.
—Están mis hermanos y tú debes cuidar de Philip. Si descubro de dónde provienen esas fotos, tal vez entienda todo lo demás.
Christian apretó la mandíbula.
—¿Y no puedo detenerte?
—No.
—Recuerda que a veces no buscamos la verdad, buscamos una forma de vivir con nosotros mismos.
—¿No entras?
—No, no me gusta ser testigo de desencuentros maritales.
—Christian, no estoy de humor.
—Ni yo. Vamos, ve. Ahora tengo que volver con Philip. A ver qué me invento.
Jerónimo se bajó del coche, subió los escalones de la entrada y abrió la puerta, tratando de hacer el menor ruido posible. Fue directo a la cocina y preparó café. Sherlock, el cocker spaniel, se desperezó desde su rincón junto al radiador, siguiendo con la mirada los movimientos de Jerónimo.
Erik entró en la cocina descalzo, aún con cara de sueño.
—Dios, necesito café —murmuró en danés con voz ronca, acercándose a la encimera para servirse una taza.
—Buenos días a ti también —dijo Jerónimo con ironía.
Erik le dio un beso en la mejilla antes de hundir la nariz en el borde de la taza y tomar un largo sorbo. Cerró los ojos con placer y exhaló despacio.
—¿Qué haría yo sin ti?
—Probablemente morir de inanición en una casa desordenada —respondió Jerónimo mientras sacaba las tostadas y las dejaba en dos platos sobre la mesa.
Sherlock movió la cola al escuchar el tintineo de los cubiertos y se acercó, olfateando la comida.
Jerónimo negó con la cabeza.
—No, pequeña. El desayuno no es para ti.
Erik la acarició con ternura antes de coger un trozo de pan y pasárselo con disimulo por debajo de la mesa.
—Te he visto. No deberías darle pan. Luego me mira como si yo fuera el malo.
—¿Y no lo eres? —respondió Erik, masticando—. Es parte de la familia.
—Sí, pero no quiero que se acostumbre a comer en la mesa.
—Eres demasiado estricto.
Jerónimo cortaba un plátano en rodajas para su tostada.
—Alguien tiene que mantener el orden en esta casa.
—Has vuelto muy pronto.
—Quería desayunar contigo antes de que te fueras a trabajar.
—Christian te ha traído a casa.
—¿Cómo lo sabes? ¿Has visto el coche fuera?
—No, pero puedo oler su perfume… si no fuerais amigos desde hace tanto, me pondría celoso. ¿Por qué no le has dicho que pase?
—Volvía al apartamento de Philip. Lo está cuidando. Ha tenido una recaída en el viaje de vuelta. Y yo…
—¿Y tú?
—Yo estaré fuera unos días.
—¿Adónde te vas?
Jerónimo puso su mano encima de la de Erik.
—A Valencia.
—Oh, ¿la familia está bien?
—Sí, supongo. No es eso.
—¿Entonces?
—No es nada.
—Jero, contigo nunca es un «no es nada».
—Es otra cosa.
—¿Estamos jugando a las adivinanzas?
—¿Confías en mí?
Erik apartó la mano.
—¿Y tú? —Se puso de pie y llevó su plato al fregadero.
—Más de lo que habría imaginado cuando te conocí aquella noche en ese bar del Soho.
—¿Pero?
Jerónimo suspiró.
—Dúchate y te lo cuento con calma. ¿Vale?
Ahora era Erik quien suspiraba. No insistió. Se dio la vuelta y se dirigió al baño.
Hablar de su pasado nunca les resultó fácil; siempre estuvo marcado por el secreto y la huída.
Jerónimo temía herir a Erik. Pero cada silencio no hacía más que agrandar la distancia entre ellos, como una bola de nieve rodando ladera abajo.
Sabía que Erik sentía frustración por su silencio, y ese silencio le dolía porque para él significaba que Jerónimo no confiaba en él.
Pero la verdad era que temía perderlo si le confesaba lo que había ocurrido.
Erik volvió a la cocina con el pelo aún húmedo de la ducha, que le caía sobre la frente en un flequillo desordenado que le daba un aire de estudiante aplicado, listo para irse a trabajar en Londres.
Jerónimo se comía un dónut con el segundo café.
—¿Vas a irte así, sin decirme nada?
—No es eso. No me molesta que viajes. Me molesta que no me cuentes por qué.
Jerónimo se quedó en silencio. Hizo un gesto para que Erik se sentara frente a él y le tomó las manos. Había llegado el momento de la verdad.
—Nunca te conté por qué me fui de Valencia.
Por qué desaparecí de un día para otro, como si me hubiera tragado la tierra.
Siempre evité el tema. Lo adorné con excusas: que necesitaba un cambio, que no me sentía bien en casa, que quería empezar de cero.
—Hizo una pausa, bajó la vista un instante y luego volvió a alzarla—.
Pero la verdad es otra. Me fui porque tenía miedo.
Porque vi algo. Hice algo. Algo que no podía entender.
Algo que no podía borrar. Algo que no podía permitir que afectara a mi familia.
Trabajé en un club para hombres —dijo, casi en un susurro—.
Solo quería una moto. Una estúpida moto.
Era dinero fácil. Sonreía a los clientes.
Al principio no entendía lo que ocurría.
Pero al final de la noche, sí. —Se inclinó un poco más hacia Erik.
No lo tocó, pero estuvo cerca—. La segunda noche me drogaron. El dueño me ató a una cama. Y…
No pudo continuar. Su respiración se volvió entrecortada.
Erik soltó una de sus manos y le puso los dedos sobre los labios.
—Está bien —susurró.
Jerónimo cerró los ojos y tragó saliva.
—Lo maté —dijo.
Las manos de Jerónimo comenzaron a sudar.
Erik se dio cuenta, pero en lugar de soltarlas, las sostuvo con más firmeza. Y se hizo un silencio.
Jerónimo buscó en el rostro de Erik algo: desprecio, decepción, rabia. Pero no encontró nada de eso. Solo calma. Y un amor silencioso que no se rompía.
—A veces pienso que nunca me fui del todo —continuó—.
Que una parte de mí se quedó allí, congelada en esa última noche.
Cada vez que cierro los ojos, la veo. Veo la cara de un hombre muerto.
La sangre en mis manos… Y ahora tengo que volver.
Lo que enterré no se quedó quieto. Alguien abrió la caja y los fantasmas están sueltos.
Tengo que entender qué pasó exactamente aquella noche.
No quiero seguir huyendo. No contigo a mi lado.
—Sus ojos brillaron un instante y una lágrima se quedó colgada en el borde del párpado.
Erik lo atrajo hacia sí con un gesto lento y firme. Besó una lágrima que corría por la mejilla de Jerónimo y luego posó sus labios sobre los suyos. Un beso sin urgencia. Un refugio.
Jerónimo no sabía si llorar, reír o salir corriendo. Pero, incluso si hubiera querido, Erik no lo habría soltado.
—Haz lo que tengas que hacer, pero cuídate. Yo estaré aquí, esperándote. —Rozó su cabeza con la suya y olfateó—. Me gusta cómo hueles. Tienes un olor natural.
—Erik…
—Shh… no digas nada —le susurró mientras lo olía con más intensidad y comenzaba a besarle el cuello—. A veces te siento tan lejos.
Se puso de pie y tiró de Jerónimo para que se levantara.
Eran dos hombres altos, de la misma estatura. Una armonía perfecta entre los cuerpos que se rozaban con deseo. A Jerónimo se le escapó un gemido que marcó el inicio de un deseo que aumentaba y se hacía más intenso.
—¿Quieres que lo formalicemos?
—¿El qué?
Jerónimo paró.
—Esto —dijo, haciendo un pequeño giro con la mano.
Erik observó el gesto y luego paseó la mirada por el comedor.
—La casa está a nombre de los dos.
—Sí, claro. Es «eso».
La confusión se transformó en comprensión y sus ojos y boca se abrieron ligeramente.
—Jero… ¿me estás pidiendo matrimonio?
—Solo si tú quieres —balbuceó.
—¿Así de repente?
—Bueno, si lo prefieres, lo dejamos. No he dicho nada.
—No, no —respondió Erik, tomándole la mano—. Es decir… no sé… ¿ahora?
Jerónimo sintió el calor de su palma.
—Ahora, ahora no. Pronto, ¿o es una mala idea? ¿Erik…? No dices nada.
—A ver… sí. Claro. Claro que sí.
—Entonces… ¿«Sí»?
Erik apretó más la mano de Jerónimo.
—Sí, claro que quiero. Sí —repitió varias veces y luego se dibujó una sonrisa burlona en su rostro—. ¿Y el anillo?
Jerónimo dudó.
—No sabía que necesitaras un anillo para decir «sí».
Se fundieron en un beso. Sus pelvis se rozaron. Erik bajó los labios por el cuello. Jerónimo sintió un destello de Teo rozándole la mejilla con la lengua y el estómago se le encogió. Apartó a Erik.
—Creo que vas a llegar tarde al trabajo.
—Cinco minutos —respondió él, volviendo a acercarse a Jerónimo.
—Y me lo creo —dijo, fingiendo un tono irónico—. ¿No querías un anillo?
—Eso lo dejamos para cuando vuelvas —contestó Erik, empujándolo hacia el pasillo sin dejar de besarlo en dirección al dormitorio.
Los platos quedaron olvidados en el fregadero.
Todo quedó en cuatro minutos exactamente.