Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 7
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Capítulo 7

—¿Te apetece un café? —preguntó mientras apagaba el motor.

Jerónimo asintió en silencio.

Un McDonald’s Drive Thru estaba abierto y desierto, con una única figura en la cocina fregando el suelo. A su lado, una gasolinera BP brillaba con sus colores verde y amarillo. El logo de Wild Bean Cafe parpadeaba en rojo, como guiñando el ojo a los insomnes.

Entraron sin hablar. Jerónimo pidió un café grande con leche y azúcar moreno.

Christian pidió un té al que añadió unas gotas de leche.

Se sentaron en una de las mesas altas junto a la ventana, con vistas a la nada: un aparcamiento vacío, una farola temblando bajo el viento y la carretera extendiéndose como una promesa rota.

Jerónimo sostuvo la taza con ambas manos para calentar las palmas y esperó a que Christian hablara. Su amigo apretó los párpados.

—Algunas historias no se cuentan porque no se puede vivir dos veces el mismo dolor.

Pero sí... tienes derecho a saberlo. Solo que en esta historia no hay héroes, Jero.

Solo errores y cadáveres. —Giró la taza entre los dedos antes de añadir, en voz baja—: La vida que tienes ahora es un regalo.

No la desperdicies persiguiendo fantasmas.

Jerónimo alzó la vista, sin soltar la taza.

—¿Y si los fantasmas no te dejan en paz?

Su amigo sonrió con tristeza.

—Entonces intenta que no te arrastren con ellos. ¿Qué quieres saber?

—Supongo que todo.

Christian sonrió con amargura, con la mirada perdida en el aparcamiento vacío.

—Érase una vez un joven que pasaba su juventud dando tumbos de bar en bar en el Soho.

Mamá estaba enferma. Papá estaba... bueno, ausente.

Y yo buscaba darle un poco de sentido a mi vida.

Un día, alguien tocó a la puerta con una oferta de trabajo: tripulante de cabina para British Airways.

El trabajo era simple: servir copas en un avión y, de vez en cuando—hizo una pausa— observar a alguien en particular.

Lo seguía. Lo escuchaba. Luego escribía un informe y se lo mandaba a mi jefe.

—¿El americano que conocí en Groenlandia?

Christian asintió.

—El mismo. John McCabe. Nos veíamos de forma puntual en algún lugar de Londres. Yo no hacía preguntas y tampoco me contaba nada. Me pagaba bien. Cubría los caprichos de una vida desahogada. Fin de la historia.

—¿Tiene que ver con el MI6?

—No. Has visto muchas películas, Jero. Mi trabajo era observar, informar y no hacer preguntas.

—¿Entonces?

—Te lo repito: no hacía preguntas y tampoco me contaba nada.

—¿Y Valencia?

Christian cogió su té y dio un largo trago.

—Valencia fue diferente. Esta vez observaba desde el exterior y no iba solo. Todo se complicó.

—¿De qué forma?

—Todo empezó con Pinochet. No sé si recuerdas que por aquella época estaba retenido en Londres.

El juez Garzón, un juez español muy mediático, pidió su extradición por crímenes contra la humanidad.

Aquello levantó una tormenta diplomática entre Reino Unido, Chile, España y, cómo no, Estados Unidos, que tenía sus propios intereses en que las aguas no se agitaran demasiado.

—¿Y qué tienes que ver tú con todo eso?

Su amigo puso una mano sobre la pierna de Jerónimo.

—La paciencia no es una de tus virtudes, jovencito —Y continuó narrando su pasado—.

Me enviaron a Valencia para vigilar los movimientos de un empresario chileno afincado allí, Teodoro Montenegro.

Tenía varios locales nocturnos, algunos bastante turbios, y se sospechaba que estaba moviendo dinero negro que podía estar conectado con redes de influencia que querían proteger a Pinochet o, al menos, desestabilizar la causa judicial.

Esto son solo suposiciones mías. John nunca me contó la razón en concreto.

Me tocó a mí, junto a un compañero llamado Adrian.

Nuestro objetivo era sencillo: recopilar información de un club en concreto, un club de caballeros: el Club de La Habana.

Sentí que por fin hacía algo importante.

Algo que marcaría la diferencia, pero nos descubrieron.

Adrian murió y yo escapé. —Hizo una pausa, giró su taza entre los dedos, pensativo—.

No pude hacer nada por él. —Había dolor en sus palabras—.

Una de esas noches que marcan un antes y un después.

Unas horas que, si las rebobinas una y otra vez, siempre acaban en el mismo punto, por mucho que intentes entenderlas de otro modo.

Yo sobreviví. Él no. Han pasado veinte años y hay noches en las que aún me despierto pensando en Adrian.

No es real, claro. Es solo un fantasma, un recuerdo que se aferra a mi lengua como un residuo de metal oxidado.

Pero sigue ahí. Siempre está ahí. La noche en que murió nunca me dejó, y dudo que alguna vez lo haga.

A veces me pregunto si no debí haber hecho más.

O haber hecho menos. No lo sé. Jamás pensé que ese trabajo me llevaría hasta Valencia.

Hasta Adrian. Hasta ti. —Christian le sostuvo la mirada un segundo más—. Pero así fue.

Jerónimo digería aquella información entre sorbos de café.

—¿Adrian?

—Murió esa noche.

Jerónimo no preguntó cómo. Sabía lo que pasaba en aquel club.

—La policía —continuó Christian—, encontró a Adrian en un contenedor de basura en el patio interior.

Su pasaporte decía que se llamaba Thomas Brown.

Un turista británico que llegó a Valencia en busca de diversión.

Era mentira, claro. Todo lo era. Adrian había venido a Valencia a morir y lo hizo.

La historia oficial dice que fue un ajuste de cuentas…

—Christian volvió a sonreír con amargura—. Y en cierta manera lo fue.

—¿Querías a Adrian?

—Más que a nada en este mundo. Yo escapé. Pero él no. De regreso al hotel para volver a Londres, vi a un joven huyendo del club. Estaba en la calle. Desorientado, perdido. Desesperado.

—Y ese joven era yo…

—Ese joven eras tú. La policía estaba haciendo una redada esa noche. No podía arriesgarme a que me atraparan.

Jerónimo recordó las sirenas, el caos y la sensación de que todo se derrumbaba a su alrededor.

—Pero quise ayudarte —continuó Christian—. No podía soportar la idea de que hubiera más muertes. No podía decirte quién era, ni por qué estaba allí, pero sí podía hacer algo por ti.

Jerónimo se pasó la mano por la barba.

—¿El bar?

—El bar —asintió Christian—. Vi que corriste sin rumbo. Supuse que no tenías dinero, ni a dónde ir. Así que encontré una forma.

Los detalles volvieron en ráfagas: la pistola en la barra, el sobre con billetes, su amigo Marcos que se quedó helado al ver a Christian entrar.

—Le escribí tu nombre al camarero para que te ayudara.

Jerónimo notó el vello del antebrazo erizarse bajo la manga.

—¿Por qué hiciste todo eso por mí?

—Porque era lo único que podía hacer. —Hubo un largo silencio—.

Cuando visitaba Copenhague, tenía curiosidad por saber cómo te iba.

Eso fue al principio, luego la vida da muchas vueltas y años más tarde te encontré sentado en un banco de la única iglesia danesa en Londres. No sabía que te habías mudado.

Todo en el interior de Jerónimo se sentía removido, pero una cosa estaba clara: su vida, su miedo, su huida… todo había comenzado aquella noche. Y Christian había estado allí desde el principio.

—¿Por qué no me lo contaste nunca?

—Porque no sabía si estabas preparado para escuchar ciertas cosas. Y porque no quería empujarte más al pasado de lo que tú ya te empujas solo.

—Así que… todo ese tiempo, toda mi vida… ¿Tú sabías? ¿Sabías quién era yo, lo que había pasado, y nunca me dijiste nada?

—Habían pasado muchos años. Tú ya no eras ese muchacho indefenso. Era otra época, otro lugar: Londres.

—Me sentía muy solo cuando llegué aquí y no quería perder mis raíces danesas.

Christian rió.

—Un español danés.

—Un danés inglés —replicó Jerónimo, haciendo referencia a su amigo.

—Supongo que somos hijos de nuestras circunstancias.

—Y sin embargo, aquí estamos. ¿Por qué me lo dices ahora?

—No pensaba decirte nada. Si no se habla del problema, el problema no existe. Pero ese viaje a Groenlandia… Natalia, John McCabe, Adrian… Parece que el pasado nos persigue.

— Konfliktsky

Christian soltó una risa seca.

—Conoces demasiado bien a los daneses y nuestro konfliktsky o nube de conflicto.

—Eso también se me ha pegado de la cultura danesa. Si no se habla del problema, el problema no existe. Creo que soy muy danés también.

—Los errores que uno comete en la vida son lecciones que nos hacen más fuertes.

—Es verdad.

Christian pasó una mano por el pelo de Jerónimo.

—Siempre y cuando podamos perdonar los errores.

—¿Entonces los documentos que encontré en el trastero pertenecen a esa misión?

—No sé cómo Natalia ha dado con ellos. Esos documentos fueron caldo de cultivo para fermentar su odio hacia mí por la muerte de su padre.

—¿Y esas fotos que encontré de mí?

—Te juro que no sé nada de quién hizo esas fotos y por qué.

—Si Natalia está muerta, ¿quién entró al trastero para robar los documentos?

—La pregunta es si es suficiente lo que te he contado para aceptar tu pasado y vivir el presente.

—No, claro que no —dijo Jerónimo rotundo—. Quiero encontrar quién tomó las fotos y por qué acabaron en manos de Natalia.

Christian cruzó los brazos.

—Me da miedo preguntarte qué quieres hacer.

—¿Puedes ayudarme?

—¿Cuándo no lo he hecho? ¿Quieres que averigüe cómo llegaron las fotos a manos de Natalia?

—Y quién las robó.

—Está bien.

—Yo iré a Valencia. Alguien me estaba vigilando aquella noche. ¿Quién? ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver mi padre en todo esto?

—Jovencito, te conozco demasiado bien como para saber que no te mueve simplemente la curiosidad. No hay peor forma de vivir que viviendo fustigándose por un pasado que no puedes cambiar. ¿De verdad que quieres volver a Valencia?

Jerónimo asintió varias veces.

—Ahora más que nunca.