Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 6
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Capítulo 6

Jerónimo encendió la luz y se quedó en el marco de la puerta para que Christian pudiera pasar.

Christian hizo una mueca de asco.

—¡Qué mal huele aquí! —Barrió el lugar con la mirada—. Bonito sitio. Acogedor. Solo te falta un ambientador de pino y un cadáver en el rincón.

Se acercó al panel y contempló las fotos. La mayoría eran recientes. Todas robadas. Y en cada una, los ojos estaban tachados con tinta negra y una palabra escrita debajo:

KILLER .

ASESINO.

Jerónimo permanecía en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

—¿Y?

—Hm… debería sentirme halagado ante tanta atención. Esa mujer estaba traumatizada —dijo su amigo sin apartar la vista del panel de corcho.

—Esa mujer era la hija de un tal Adrian.

Christian apretó los labios como si le hubieran clavado un alfiler en la piel, pero no dijo nada.

—Quiero que veas esto —dijo Jerónimo acercándose a la mesa, pero su expresión cambió.

—¿Qué pasa? —preguntó Christian.

—Los documentos… —balbuceó—. No están.

—¿Estás seguro de que los dejaste aquí?

Jerónimo se inclinó sobre la mesa, pasando la mano por la superficie como si, de repente, los papeles fueran a materializarse.

—¡Sí! ¡Los dejé justo aquí! —Se giró y miró el suelo, las estanterías y las cajas abiertas—. No puede ser. Estaban ahí. Estaban ahí hace quince minutos. Los documentos, el carrete… mis fotos.

—Tranquilo —dijo Christian—. ¿Estás seguro de que no los moviste antes de salir?

Una presión fría le trepó por el vientre, como si una garra invisible le atenazara las entrañas. Él los había dejado ahí. Pero la duda se deslizó en su mente. La forma en que Christian lo observaba, como si intentara calmarlo en lugar de alarmarse. El corazón le latía con fuerza.

—Si alguien ha entrado aquí, Christian…

La camiseta se le pegó a la espalda, húmeda. Alguien había estado allí. Quizá aún estaba cerca. Su estómago se contrajo.

Si ese alguien había entrado sin dejar rastro, sin forzar la cerradura, si había podido moverse entre sus cosas y llevarse justo lo que él necesitaba...

¿qué más podría hacerle? La idea le golpeó con la fuerza de un tren: no era él quien estaba desenterrando el pasado. El pasado lo estaba cazando a él.

Christian lo buscó con la mirada.

—Lo resolveremos. Respira.

Jerónimo cerró los ojos un segundo. Respira. Dio un paso atrás, concentrado en la mesa vacía.

No podía ser. Había dejado los documentos ahí. Lo sabía. Pero… ¿y si no?

Su mente intentó reconstruir lo que había pasado. El momento en que decidió salir, la rapidez con la que cerró la puerta, el cansancio. No podía haberse equivocado. Se giró con brusquedad hacia Christian.

—Alguien entró aquí.

Había sorpresa en la expresión de Christian, pero no dijo nada.

Alguien los había robado o se estaba volviendo loco. Los documentos, el carrete y las fotos del joven Jerónimo habían desaparecido. Solo quedaban las fotos del panel de corcho como un presagio de un final fatal.

Los ojos le escocían como si tuviera una arenilla que se le quedara en el borde al parpadear. ¿Cómo habían desaparecido los documentos? ¿Los había movido sin darse cuenta? No. Él los había dejado sobre la mesa. Pero entonces, ¿qué explicación había?

Christian caminaba a su lado.

—Chris, ¿no lo entiendes? Esos documentos eran la clave de todo esto. «¿Has visto lo que hace el cochino de tu hijo?» —dijo Jerónimo en voz alta en español. Estaba escrito en español en la solapa del sobre —dijo Jerónimo volviendo al danés y tradujo el significado.

—Suena a película de horror. Venga, es hora de irnos.

Christian lo llevó hasta la salida con calma, como si estuviera sacando a un amigo borracho de un pub.

—Vamos a mi coche —propuso—. Nos sentamos, nos relajamos y revisamos todo lo que tienes.

Jerónimo respiró hondo, frustrado consigo mismo. Tal vez Christian tenía razón. Tal vez estaba tan jodidamente agotado que su mente le estaba jugando una mala pasada.

En la calle, el viento helado lo golpeó en la cara. Pero si los documentos no estaban… si alguien los había robado… entonces no estaba solo. En ese instante, Jerónimo comprendió que ya no bastaba con entender lo que había pasado veinte años atrás. Alguien más estaba jugando. Y lo hacía con ventaja.

Cuando llegaron al coche de Christian, Jerónimo sintió que algo dentro de él aún no encajaba del todo.

—Vamos, sube —dijo Christian, ya con el motor encendido—. Te llevo a casa.

Jerónimo se quedó quieto un instante esperando una respuesta que no llegaba. Finalmente, abrió la puerta del coche y entró. El coche arrancó y se perdió en la noche londinense de vuelta a Essex.

—Creo que es hora de que hablemos —le dijo Christian a Jerónimo con la mirada puesta en la carretera.